sábado, 9 de abril de 2011

LIHUÉ CALEL ES UN OASIS EN EL DESIERTO DE LA PAMPA SECA

 Unas elevaciones azuladas, como una pincelada apenas más oscura que el cielo, se destacan en el lejano horizonte de la pampa seca, cubierta de bajos pajonales hasta el fin del mundo visual. Tras un largo viaje por la ruta solitaria pueden parecer otro espejismo de los que la mitología urbana adjudica a todos los desiertos, pero son reales: las sierras de Lihué Calel.




En el centro sur de La Pampa, una de las zonas más yermas del país, estas serranías lindantes con un salitral mantienen un microclima especial, una bocanada de humedad con una biósfera tan compleja como sensible que motivó la creación del Parque Nacional Lihué Calel para protegerla. Con pequeños bosques y dos arroyos que no siempre tienen agua, sus 20 mil hectáreas son hábitat de una variedad faunística insólita para la región: 173 tipos de aves, 42 de mamíferos, 25 de reptiles y cuatro de anfibios, además del 50 por ciento de las 850 especies que componen la flora de la provincia.
También hay restos arqueológicos de los primeros habitantes de esas tierras, como enterratorios y pinturas rupestres, y los que quedaron de la historia posterior, que incluye la dinastía de los Curá, las rastrilladas indígenas, la Campaña al Desierto y la estancia Santa María, expropiada en 1964 por la provincia y luego traspasada a Parques Nacionales.
Las sierras no son un espejismo, pero su imagen no está exenta de las ilusiones ópticas con que juegan todos los desiertos, porque no son tan altas como parecen desde la ruta al contrastar con la hasta entonces infinita llanura, ya que la más elevada no llega a los 600 metros. Luego, de cerca, se comprobará que tampoco son azules.

LA RUTA DE LA MUERTE
En un recorrido que para el centralismo capitalino podría ser un “viaje al revés”, esta aproximación a Lihué Calel no es la típica desde Buenos Aires, con parada en Santa Rosa -como sugiere la mayoría de las guías- sino desde el sur, entrando desde Río Negro y rodando los últimos 120 kilómetros hacia el este por una recta interminable de la ruta nacional 152.
Durante horas, el camino es una línea gris que avanza por suaves lomas entre dos llanuras simétricas de matorrales opacos, a veces cubierta por espesas nubes de polvo amarillento generadas por lo que queda del viento patagónico, que aún en esas latitudes se hace sentir con fuerza con el gentilicio de El Pampero. A la 152 todavía la llaman “la ruta de la muerte” -como a otras en varias provincias- debido a su historia de accidentes fatales  causados por la monotonía y soledad del trayecto, que derivan en sueño o entumecimiento de reflejos en los conductores, aunque también por el viento.
Tras esa recta aparece Puelches, que a pesar de su aspecto de pueblo fantasma es una parada obligada debido a su estación de servicio y su cafetería, que garantizan la continuidad del viaje hasta una próxima urbe. Los siguientes 35 kilómetros pasan rápido y luego de una seguidilla de curvas y contracurvas aparece a la izquierda una construcción semejante a una tranquera, que es la entrada al parque, al que varias cartografías y la Dirección Nacional de Vialidad Nacional se empeñan en llamar Lihuel Calel.

EL OASIS
Dentro de la reserva, un camino de ripio en suave pendiente baja hasta el pedemonte, donde junto al arroyo Namuncurá -un agonizante hilo de agua entre rocas y pastos- se encuentra el camping, con sus mesas, sanitarios y duchas, en medio de un bosque de caldenes y sombras de toro, bajo los cuales la retama y la hierba lucen un verde fresco y zumban numerosos insectos que se guarecen del calor. Sobre un promontorio cercano está la oficina de los guardaparques.
Ya en el camping las sierras pierden su tono azulado y en sus numerosas rocas de origen volcánico fragmentadas predomina el rojo oscuro, con espacios verdosos, blancos y amarillos, según los líquenes, residuos salitrosos y minerales de su superficie.
Con un poco de audacia y bastante agua de reserva, en las tardes es posible recorrer los seis kilómetros de la senda peatonal que bordea el Namuncurá, al final de la cual, siguiendo el curso del Arroyo de las Sierras hacia la izquierda, se caminará por el sendero de interpretación Valle de las Pinturas. A la derecha de éste se verán los restos del casco de la estancia Santa María.
Ese recorrido conduce a las pinturas rupestres y cuenta con carteles indicadores y explicativos sobre estas obras, que están al final de sus 600 metros, bajo un alero natural de piedra. En los petroglifos, de más de mil años de antigüedad, predominan las líneas negras sobre ocres y rojo ladrillo intenso, con figuras a veces geométricas, similares a guardas, y círculos concéntricos. 
El ascenso al cerro De la Sociedad Científica es uno de los paseos más interesantes y culmina en el mirador natural de la cima, a 590 metros de altitud, desde donde se domina con la vista todo el parque y sus alrededores. El cielo está siempre dominado por los rapaces de la región, como águilas, jotes, caranchos y halcones, que sobrevuelan en círculos en busca de alimento o simplemente flotan aprovechando las corrientes de aire cálido.
Si bien la subida demanda una caminata de mediana dificultad de unos mil metros de extensión total, es recomendable hacerlo muy temprano, porque en las horas más tórridas el visitante corre riesgo de una insolación o deshidratación, ya que difícilmente pueda portar toda el agua necesaria.
Otra opción es el recorrido circular del Valle de los Angelitos, que parte de las oficinas de los guardaparques, en el cual se pueden avistar desde muy cerca, bajo caldenes y sombras de toros, familias de guanacos, jabalíes y hasta algún ciervo colorado descansando en la quietud de la siesta, semioculto entre espinales y alpatacos. Como todos los recorridos, se puede realizar a pie, pero sus aproximadamente 15 kilómetros hacen aconsejable utilizar algún vehículo
El parque alberga otras especies que sólo se pueden ver con más paciencia o suerte, entre ellos el zorro gris, el ñandú, la mara y la iguana colorada. Otras, nunca se acercan a la zona de uso público, en especial felinos, como el puma, el gato del pajonal y el gato moro, aunque su presencia está comprobada dentro de las 20 mil hectáreas de la reserva, que con la  anexión del vecino Salitral de Levalle  serán más de 32 mil. 
A diferencia de otros parques nacionales, nadie va a Lihué Calel de vacaciones. La mayoría de las visitas son gente de paso, que ha aumentado desde que la ruta fue arreglada y muchos la utilizan para ir a San Carlos de Bariloche, o quienes lo hacen por un motivo puntual, como los fanáticos de la observación de fauna y estudiosos de la biodiversidad.
También llegan contingentes de alumnos de colegios y universidades de La Pampa, en salidas de esparcimiento y contacto con la naturaleza o como parte de su formación. 
Como el acceso y uso del camping son gratuitos, a veces paran viajeros a quienes la noche los alcanza en la Ruta de la Muerte y, aunque ahora está asfaltada, bien señalizada y más concurrida, el mote no deja de inquietarlos y prefieren no conducir y pernoctar en ese pequeño oasis.



Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la revista Rumbos y en la Agencia Télam

lunes, 7 de marzo de 2011

LA CAVERNA DE LAS BRUJAS


 Un punto oscuro resalta sobre el gris de la ladera este del cerro Moncol, en el sur de Mendoza,  y a la distancia semeja  una pequeña hendija, pero tras un ascenso de baja dificultad se llega a él y es una entrada de unos ocho metros de ancho por casi dos de alto. Se trata de la Caverna de Las Brujas, que debe su nombre a una leyenda indígena de la época de los malones y cuya red de túneles, galerías y salas lleva a sorprendentes paisajes en la profundidad de la montaña por más de cinco kilómetros.
  
Estalactitas, estalagmitas, columnas, mantos, chorreos, salas y oscuras grietas de profundidad imprecisa son allí el resultado de movimientos sísmicos, acomodamientos y otros procesos, en especial la circulación de agua y lodo, en los que la terminación fina la dan los goteos de millones de años.
Algunos hablan de “Las entrañas de la montaña”, otros de "el corazón del cerro", entre otros lugares comunes para referirse a este recorrido. En esa tendencia a antropizar la naturaleza, esos conductos naturales bien podrían compararse a las ramificaciones de un sistema capilar o a un aparato digestivo en escala gigante.
La entrada está a 1.930 metros de altitud y tras pasar ese umbral se entra en una penumbra absoluta, en especial por el contraste con la claridad de esa zona de Malargüe, con típico cielo diáfano de altura. Tras caminar pocos metros se llega a la primera sala, la de la Virgen, donde los guías hacen una parada y piden silencio para que el visitante perciba con todos los sentidos el interior de la montaña: negrura total, inmensidad, frío y lejanos sonidos del viento en el exterior o de goteos en las profundidades.
La Sala de la Virgen, que recibió es nombre por  contar con una piedra similar una imagen de la Virgen,  mide unos 30 metros por 20 y seis de alto, pero esta amplitud se acaba pronto, porque de allí, con las luces de los cascos encendidas, hay que internarse por estrechos pasadizos y hasta arrastrarse por túneles en zigzag, con pendientes ascendentes y en declive.
Tal es el caso de La Gatera, llamada así porque la única manera de atravesarla es gatear su decena de metros, en una experiencia no apta para claustrofóbicos ni gente demasiado robusta.
En la Sala de las Columnas, las estalagmitas se unieron con la estalactitas y ya no hay goteo sino un incesante y casi imperceptible correr de agua que continúa con su lento depósito de minerales que ensancha las columnas.
Cada centímetro de estas agujas que cuelgan de los techos o surgen del piso tarda en formarse unos 1.300 años, lo que habla de la millonaria antigüedad de las columnas y explica por qué está prohibido tocarlas o interrumpir el proceso de goteo.
Otras formas también llevan el nombre que su imagen sugiere, como El Chancho, La Boca del Tiburón, La Calavera y la Estalagmita Gigante, que mide 1,58 metro de alto y 1,26 de diámetro.
Afuera, el sol y la sequedad del ambiente tornan ardiente cualquier superficie de piedra, pero adentro la temperatura baja y la humedad es alta, por lo que es conveniente un abrigo liviano aún en verano.
El piso es sólido, suave y resbaloso, casi siempre húmedo, por lo que es necesario calzado con suela labrada o antideslizante. Pocos sectores tienen pedregullos sueltos y hay numerosos escalones naturales, a los que los guardaparques agregaron sogas para sostenerse, a modo de pasamanos, además de redes de contención en zonas de grietas, y un par de escaleras de metal armadas en el lugar.
Las paredes son frías, muy húmedas, algunas oscuras y otras con prevalencia de tonos amarillos y rojizos, en tanto los techos de las salas están abovedados y tienen cristales que brillan y reflectan los haces de las linternas.
Los guías acostumbran asombrar a los turistas con un experimento, que consiste en apagar todas las luces y en la oscuridad disparar un flash contra una pequeña piedra, la que luego retiene la luz, en un color naranja, durante varios segundos y se asemeja a un velador. Esta prueba, que también la hacen, con igual resultado, sobre ciertas paredes es sólo posible en los lugares donde la roca es caliza y cristalizada -carbonato de calcio-, y genera reflejos encadenados aún después que se apagó la fuente de luz.
Otras salas, vinculadas entre sí por numerosos pasadizos, galerías y túneles, son la de La Flores, donde abundan coloridos corales, y la de Los Derrumbes, sembrada de grandes bloques caídos, sobre los cuales se formaron varias estalagmitas.
Algunos espacios donde se puede descansar y relajarse después de pasar por los ajustados pasillos, son las salas de la Madre y de las Arenas, la Cámara de los Dioses y el Jardín de las Brujas.
El nombre de la caverna se remonta a una leyenda de la época de los malones, cuando los indios capturaron a varias mujeres "blancas", dos de las cuales fugaron y entraron al túnel de este cerro. Sus perseguidores esperaron en la entrada varios días, hasta que vieron salir volando dos lechuzas y creyeron que eran las cautivas que se habían convertido en pájaro  para escapar, gracias a brujerías.
Al margen de las lechuzas y algunos murciélagos que se ven en las primeras salas, la fauna de la caverna es escasa y se limita a especies que pueden vivir sin radiación solar, como los colémbolos y los opiliones (pequeños arácnidos).
La Caverna de Las Brujas se encuentra a 71 kilómetros al sur de la ciudad de Malargüe –cabecera del departamento del mismo nombre-  por la ruta 40 y caminos de montaña y está abierta todo el año, aunque en invierno con un horario reducido. Los recorridos -que no se extienden por toda su longitud sino sólo varios centenares de metros- duran aproximadamente dos horas.
Esta Reserva Natural Provincial fue declarada Área Protegida por ley en 1990 y sólo se la puede visitar en compañía de un guía autorizado, tras gestionar la visita en agencias de viajes o la Secretaría de Turismo de Malargüe.


Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado por la Agencia de Noticias Télam - Argentina

jueves, 3 de marzo de 2011

CAFAYATE: EN LA QUEBRADA DE LAS CONCHAS, EL DESTINO ES EL CAMINO


Las numerosas y curiosas figuras rojizas de la Quebrada de las Conchas, en Salta, no requieren de un viaje extra del visitante para disfrutarlas, ya que lo acompañan como en una exposición a lo largo de unos 50 kilómetros junto a la ruta desde Cafayate, aunque siempre es bueno apearse y recorrerla a fondo.



La ruta 68, que conecta esta ciudad con la capital provincial, parte de Cafayate hacia el oeste como una recta impecable que atraviesa el verde cinturón de los viñedos que generan sus famosos vinos torrontés.

Después de unos letreros que indican las distancias hasta Salta capital y una localidad con el llamativo nombre de Alemania, en pocos minutos se llega a un paisaje opaco, con arbustos bajos y al frente sólo cerros azulados y algunas delgadas nubes posadas sobre sus crestas, que a la distancia semejan un manto níveo.
Se trata del Valle de Guachiras, donde la soledad de la siesta -si el viaje es después del mediodía- sólo es alterada por algunos burros que cruzan dubitativos la cinta asfáltica y rapaces que giran buscando carroña junto a la ruta. 
El  sol pega fuerte aún en el declinante verano salteño y el buen estado de la ruta y su desolación llaman a darle gas al motor.
Tras pasar el puente sobre río de las Conchas, una serie de curvas, badenes y toboganes obligan a aminorar la velocidad, pero el principal motivo para circular lentamente es poder admirar las extrañas formas de las rojas rocas arenosas a ambos lados, porque allí comienza la Quebrada de las Conchas, o de Cafayate.
Unos carteles en la banquina indican sus nombres -algunos obvios y otros rebuscados-, como El Sapo, El Fraile, La Yesera o El Obelisco -apodo generoso éste para una roca baja y cónica, casi piramidal.
Hay que avanzar a paso de hombre y detenerse continuamente a observar también una infinidad de figuras anónimas, pero cuya morfología es tan curiosa y atractiva como las que fueron bautizadas.  
En un badén, el cauce seco de un río tienta a salir de la ruta y remontarlo por la arena blanda, salpicando piedras y ayudándose con los pies. El asfalto se pierde a lo lejos, en los  espejos, e incontables figuras conforman un paisaje que recuerda a “Planeta Rojo” –la película ambientada en Marte-, aunque aquí ese color se alterna con amarillos, violetas, blancos y azules, en variada gama, en contraste con el cielo y algunas rápidas y blancas nubes.
Es momento de apearse y trepar hasta donde se pueda, al menos hasta la famosa Ventana Grande, y desde su marco contemplar el panorama a ambos lados; una vista superior a la del mirador de Tres Cruces -a pocos kilómetros-, destinado a quienes nunca abandonan el camino.
El descenso es más difícil y al llegar a la moto unas nubes azules, casi negras, impulsados por fuertes vientos en la altura, cubren de pronto el cielo y descargan pequeñas gotas muy frías. No hay dónde guarecerse y sólo cabe ponerse el equipo de lluvia y volver lentamente a la ruta. 
Pero los mismos vientos hacen que el aguacero pase tan rápido como llegó y entonces el sol, ya en declive, ilumina de lleno las imponentes paredes naranjas de Los Castillos, bajo los últimos nubarrones oscuros.
Más adelante, la Quebrada se estrecha, sus paredones son más altos y pronto aparece la Garganta del Diablo: un embudo de decenas de metros, semejante a una faringe gigante, con estratos que forman escalones en los que todos se sienten montañistas.
Dos kilómetros más adelante, también erosionado por el agua de cataratas que existieron hace millones de años, cuando el mar comenzó a retirarse del valle, está El Anfiteatro.
Se trata de un inmenso patio interno descubierto, con paredes de un centenar de metros de altura, al que se entra por una estrecha abertura y que tiene una acústica increíble que le dio el nombre.
Al caer la noche, la temperatura baja repentinamente como en todo lugar seco y de altura, pero no es aconsejable irse sino sólo abrigarse, para retornar lentamente y disfrutar por segunda vez del paisaje, esta vez de sombras bajo la magia de la luz de la Luna.
Para quienes realicen un paseo nocturno, un lugar recomendable es la zona de Los Médanos o Dunas, pequeños arenales blancos con composición de mica calcárea, ideales para ser recorridos bajo la claridad lunar, cuyo reflejo parece iluminar desde el suelo.

Por Gustavo Espeche Ortiz
(Síntesis de  dos notas publicadas en el Suplemento Internacional de Turismo del diario La Razón y en la Agencia de Noticias Télam)



martes, 22 de febrero de 2011

EL CRUCE DE LA CORDILLERA EN MULA POR LA RIOJA


Durante enero y febrero de 1817 varias columnas de patriotas cruzaron los Andes, como parte de la estrategia del General San Martín para derrotar a los españoles en ese país, lo que finalmente concretó en la Batalla de Chacabuco. Varios cruces cordilleranos conmemoran la gesta en estos meses, como el que se hace por San Juan, del que participé hace un par de años, y el de La Rioja, que integré en enero y tras el cual escribí esta crónica.

Argentinos y chilenos se abrazaron nuevamente en el hito fronterizo de Come Caballos, a unos 5.200 metros de altitud en la cordillera, a donde llegaron en mula para homenajear a los milicianos riojanos que hace 194 años cruzaron los Andes para arrebatarle las ciudades Copiapó y Huasco a los españoles, durante la gesta libertadora sanmartiniana.          
 El encuentro, del que participaron más de 200 argentinos y un grupo menor de chilenos, se realizó bajo un caliente sol andino, atravesado por esporádicas neviscas, en una jornada que comenzó con temperaturas bajo cero y en la que también hubo fuerte viento con aguanieve. 
La marcha empezó el sábado en el refugio Barrancas Blancas, a unos 4.000 metros de altitud en la cordillera riojana, en el que no existen comunicaciones electrónicas salvo por conexión satelital. 
  Desde ese punto, ubicado sobre la ruta que lleva al paso internacional de Pircas Negras, la caravana de unas 120 mulas y algunos caballos tomó hacia el sur y recorrió el lecho del río Salado hasta el refugio Come Caballos, acompañada por algunas camionetas cuatro por cuatro desde caminos de montaña cercanos.  Este segundo cruce cordillerano que organizó el gobierno de La Rioja se realizó en memoria de los 350 milicianos que, al mando de Nicolás Zelada y Francisco Dávila, partieron el 22 de enero de 1817 de Guandacol, en La Rioja, para tomar Copiapó y Huasco, lo que concretaron en febrero siguiente. 
La denominada Expedición Auxiliar Zelada-Dávila se realizó a pedido del General San Martín, con la intención de debilitar a las fuerzas realistas y asegurar su triunfo en la Batalla de Chacabuco al mes próximo, cuando cruzó por San Juan con el Ejército Libertador. 
El cruce, que comenzó este viernes, fue encabezado por el gobernador riojano, Luis Beder Herrera, en tanto al frente de los expedicionarios chilenos estuvo el alcalde de Copiapó, Maglio Ciacardini. 
La travesía fue en gran medida simbólica, ya que la expedición histórica partió de Guandacol, varios cientos de kilómetros antes que ésta, y porque ahora los expedicionarios chilenos no fueron directamente desde su país hasta el hito, sino que entraron por Pircas Negras hasta el refugio anterior, y de allí marcharon junto a los argentinos. 
De todos modos, las dos duras jornadas de marcha, siempre cuesta arriba y soportando las polvaredas en el lecho del río casi seco, lluvias heladas, repentinas nevadas y un sol que cuando despejaba subía la temperatura a más de 40 grados, fueron una buena forma de expresar el patriotismo y el homenaje a esos héroes. 
La dureza del empredimiento también se manifestó en los numerosos cuadros de "soroche", o mal de altura, que sufrieron quienes llegaban de zonas bajas, y la cantidad de analgésicos que entregó el equipo médico que acompañó a la caravana.
El refugio de Barrancas Blancas está en un espacio protegido de los fuertes vientos, pero en una zona de muy baja presión que genera un apunamiento mayor a otras zonas más altas, lo que frustró a algunos jinetes, quienes permanecieron todo el tiempo en la enfermería con oxígeno o fueron trasladados a un refugio unos mil metros más abajo.
El jefe del equipo médico, Mario Ramón Herrera, director del hospital de la localidad de Vichina, aclaró que fueron casos leves, muchas veces por descuido de la gente, que hacía esfuerzos indebidos, por una inadecuada ingesta de alcohol o por exceso de tabaco. 
Pero la dureza del trayecto comienza mucho antes, ya en la Quebrada del Troya, un camino de cornisa sinuoso, que corre en ascenso entre cerro marrones y junto al lecho de ese río, aunque muchas veces desde muchos metros más arriba.
Una muestra de su peligrosidad fue el accidente de un camión que transportaba mulas y volcó poco antes del refugio Barrancas Blancas. Si bien el conductor salió ileso, debieron sacrificar tres animales, en tanto otros seis sufrieron lesiones y tampoco seguirán en la expedición.
Tras partir de ese refugio sobre las mulas que avanzaban con su tranco corto y duro -mucho más seguro que el de los caballos- el trayecto fue oportuno para disfrutar de un desconocido paisaje de montaña, caracterizado por cerros mayormente monocromos en tonos marrón rojizo, que contrastan con el verde y amarillo de las vegas del Salado, que corre como un delta de finos hilos de agua transparente, con pequeños saltos hacia el este. 
El cielo despejado era de un azul profundo y las sombras de las nubes que llevaba el fuerte viento dibujaban numerosas figuras en las laderas, salvo cuando un manto gris lo cubría todo y anunciaba prontas precipitaciones pluviales o níveas. 
Los expedicionarios le agregaban color al paisaje, con los oscuros trajes de los gauchos argentinos, con sus adornos plateados y bordados en tonos rojos, y los atuendos celestes de sus pares chilenos, enarbolando ambos las banderas de sus países, y las de La Rioja y Copiapó. 
También se veían los relucientes uniformes de una guardia de Granaderos a Caballo llegada desde Buenos Aires que acompañaba a Beder Herrera, algunos uniformes verdes de personal del Ejército y de Gendarmería, y a numerosos particulares que lucían los ponchos riojanos y los rojos pañuelos federales que les regalaron los organizadores. 
Además de las autoridades, participaron de la expedición numerosos invitados, organizaciones tradicionalistas, gente vinculada a la historia y el turismo y un grupo de senderistas que hizo "trekking" desde el refugio Come Caballo hasta el hito del mismo nombre. 
El acto de homenaje se realizó en ese punto fronterizo, desde el cual se ven la quebrada del Salado bordeada de las rojizas faldas en Argentina y numerosos cerros más bajos, con mayor variedad de colores, del lado chileno. 
Luego de izar ambas banderas nacionales se entonaron los himnos de los dos países, se intercambiaron ofrendas y, para el cierre, hubo una invocación religiosa a cargo de un sacerdote riojano y otro de Copiapó.

Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la Agencia de Noticias Télam - Argentina

martes, 15 de febrero de 2011

MARRAKESH: LA CIUDAD ROSA Y LA PLAZA MAS FAMOSA DEL NORTE DE AFRICA (No es una crónica desde el sur, sino con mirada sureña)



Todo es sinuoso: Las calles estrechas, el laberinto de sus manzanas irregulares, sus frentes e interiores, los utensilios y los antiguos cuchillos de guerra, las alfombras que cuelgan de balcones, las serpientes encantadas por falsos flautistas,  los cuerpos que duermen en las calles y el baile al ritmo de las darbukas. 


En Marrakesh, también son ondulantes las dunas que la rodean y las filas de sulkis verdes con sus caballos ornamentados con vivos colores, que compiten con los taxis entre la estación de trenes y la plaza central, y es ondulante la multitud que se mueve lentamente por las angostas callejuelas y pasajes del zoco de esta milenaria urbe que le dio al país su nombre, que traducido al castellano se dice Marruecos. 

En una calle atestada, un hombre aparece de pronto frente a dos europeas y les ofrece, con gesto entusiasmado e inocente, una serpiente viva extendida entre sus manos, pero las mujeres se espantan y se alejan. Su dueño no quería vender el ofidio sino "prestarlo" para una foto a cambio de unas monedas. 
El centro neurálgico de Marrakesh es la Plaza de los Ajusticiados (Yamáh Il Naf), el paseo más famoso del norte de África, una mezcla de mercado multirubro y actividades circenses, cubierto por el también sinuoso humo de sus cocinas al aire libre que se eleva desde avanzada la tarde y esparce su aroma a especias. 
Un pequeño mono con un fez en la cabeza resulta más simpático que la serpiente y algunos extranjeros, en especial niños, posan junto al simio y su dueño recibe las propinas. Al instante se acerca una mujer envuelta en un manto negro, con velo y chador del mismo color, a ofrecer una pulseras artesanales de plata o alpaca. 
El aguatero, que vestido a la usanza antigua reparte agua con un cucharón y vasos de bronce, obtiene más monedas por las fotos que se deja sacar que por el líquido vendido, ya que la mayoría de los turistas prefiere agua mineral envasada. 
En la plaza hay pirámides humanas, encantadores de serpientes, equilibristas, lanzallamas y diversos artistas callejeros que repiten constantemente sus destrezas para que el público los premie con dinero. Siempre algún niño o socio local está próximo a los artistas para "recordar" a los distraídos que el espectáculo es "a la gorra". 
En medio del barullo del gentío y el olor picante de las comidas en preparación también hay prestidigitadores, ilusionistas y jugadores de cartas, damas, ajedrez y backgamon, que compiten con jugadores locales o visitantes y hacen apuestas que generalmente ganan. 
En el centro de algunos círculos conformados en su mayoría por adolescentes y niños, los ancianos contadores de historias relatan sucesos ancestrales como una forma de transmitir las tradiciones y cultura a las nuevas generaciones. 
 PROPINAS, LIMOSNAS Y COIMAS
Quienes no tienen nada que exponer a cambio de dinero se ofrecen como guías para los extranjeros y aunque éstos los rechacen se mantienen junto a ellos y los presentan a los dueños de los comercios, a quienes luego exigen una comisión por haberles llevado clientes. A veces, éstos los echan si el comprador prefiere tratar en forma directa, para ahorrarse la comisión y poder hacer una rebaja tentadora, en el siempre presente y casi obligatorio juego del regateo
Pero lo guías no abandonan, esperarán al turista  en la puerta y al final del paseo también piden una propina, y casi todos, ya sea por agradecimiento o saturados de la compañía, les dan unos "dirhan" para sacárselos de encima. 
Por último, aunque menos numerosos que los anteriores, están los mendigos, de todas las edades y sexo, que esperan en sus puestos fijos o recorren las calles pidiendo. Muchos permanecen junto a las puertas de mezquitas, ya que en el Islam es muy valorada la caridad de sus fieles. 
Sobre el murmullo general se oyen unos gritos más fuertes y se ve correr a la mujer de velo y chador negros. Un policía le corta el paso y le hace soltar una decena de pulseras que ofrecía, que ella asegura le pertenecen, pero con sigilo se pierde nuevamente entre la multitud, sin mucho interés por las piezas incautadas. 
El agente devuelve las pulseras a un comerciante, que le da unos billetes arrugados que el policía estira y guarda en su bolsillo con gesto de quien recibe una justa recompensa por el deber cumplido. Las "propinas" en público a funcionarios son algo habitual en Marruecos. 
Un ejemplo: en el aeropuerto de Casablanca, personal de aduanas descubrió que un pasajero llevaba en su maletín objetos por los que no había pagado impuestos, y el hombre, sin disimulo, sacó su billetera y extendió varios billetes al jefe del equipo, quien con un gesto de su cabeza le permitió cerrar su valija y 
seguir hacia el avión.

EL REGATEO Y LOS GUIAS
En Marrakesh, como en cualquier otra ciudad marroquí, no hay precios fijos. Todo depende de la negociación de partes o de la cara del comprador, tanto para un viaje en taxi -ningún taxímetro funciona-, la compra de una alfombra, una excursión o el servicio de un guía para no perderse en el laberinto de la ciudad vieja. Quien llegue en tren, más de una hora antes de arribar a destino será abordado en su compartimiento por hombres que le ofrecerán hoteles, paseos, comedores, artesanías o alfombras, entre otros productos, y al llegar a la estación, aunque no lo haya pedido, le habrán reservado un sulky para ir al centro. 
Luego, la misma persona o algún pariente lo seguirá todo el día, espantando a los guías ocasionales que se le ofrezcan, y sólo la habilidad del viajero para perderse por propia voluntad podrán separarlo de él, ya que es imposible convencerlos de no son necesarios y que uno desea recorrer la ciudad por cuenta propia. Ellos siempre se entrometerán en cualquier transacción que el turista quiera realizar -lo harán en árabe con el comerciante- o en los diálogos entre los visitantes, ya que la mayoría puede hablar varios idiomas, en especial inglés, castellano y francés. 
Si bien es necesario cuidar la cartera y esquivar timadores, charlatanes, jugadores y prestidigitadores que intentarán quedarse con el dinero del extranjero, también hay gente dispuesta a compartir su comida sin cobrarle. 
A la hora de la cena, cuando la gente se aglomera en los tablones que hacen de mesa frente a los puestos callejeros, basta con arrimarse a oler con placer e interés el vapor de la comida de un lugareño para que éste le ofrezca un pan y arrime el plato al visitante para compartir la comida. 
 Toda esta actividad de Marrakesh, que parece una gran producción "hollywoodense" armada para el turista, es en un alto porcentaje su vida cotidiana. También hay espectáculos en hoteles o explanadas especiales, como bailes bereberes que incorporan la danza del vientre, con odaliscas vestidas como ninguna mujer lo haría en este país, y carga de jinetes que dispararán salvas de sus mosquetones al aire. Pero eso sí es fantasía para turistas. 
   Marrakesh El Hamra (Marruecos la Rosa, tal su nombre completo), la puerta al desierto, fue fundada en 1062 y mantiene el ritmo de vida surgido de la mezcla de filosofías y culturas almorávide, bereber y árabe, y siempre puede asimilar la huella que cualquier visitante sea capaz de dejar, ya que aún hoy es un punto de transición entre civilizaciones. 
La "Perla del Sur" de Marruecos conserva también sus suntuosos monumentos, como la mezquita Kutubía, desde cuya torre se domina toda la ciudad y la planicie hasta las montañas del Atlas; el Palacio de Al Abadí y las tumbas Saadíes, todo dentro de la muralla rojiza de seis metros de alto y 13 kilómetros que la rodea desde sus orígenes. 
   
Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado por la Agencia de Noticias Télam - Argentina

lunes, 31 de enero de 2011

LA PAYUNIA: EL MAYOR PARQUE VOLCANICO DEL MUNDO

 El parque de volcanes de La Payunia, en Mendoza, es el de mayor concentración de conos en el mundo. Sus arenales negros, las colinas de origen ferroso, los ríos de lava y el viento como única fuente de sonido lo asemejan a un mundo en extinción o en nacimiento, pero sin presencia humana.


Un pequeño puente llamado La Pasarela, que surge de un desvío de la Ruta Nacional 40, cruza la parte más angosta y correntosa del río Grande. Tras recorrer sus quince metros entre dos altos paredones de lava basáltica, uno siente que atravesó un umbral en el tiempo hacia un mundo perdido, que podría ser de antes de la existencia de los humanos o –como en las películas futuristas post hecatombe- de cuando ya nada queda de ellos. Es como trasladarse a cualquiera de esas dos eternidades, previa o posterior a un chispazo de vida humana en la Tierra, y hallarse en un extenso desierto de arena y piedras, en el que conos volcánicos afloran hasta el horizonte de sus valles y colinas, donde predominan el ocre, el rojo y el negro.
Al margen de la imaginación, La Pasarela es un portal, pero sólo en el espacio, que a unos 180 kilómetros al sur de Malargüe conduce a la reserva provincial de La Payunia, la mayor concentración de volcanes del planeta.
 En sus 450 mil hectáreas hay unos 800 conos, arenales negros, colinas de origen ferroso, inmensos cráteres y extensos ríos de lava y escoriales, lo que con el viento como única fuente de sonido puede semejar el génesis o un mundo en extinción. Este parque -candidato a ser declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por Naciones Unidas-, tiene una densidad de 10,6 volcanes cada 100 kilómetros cuadrados, que lo convierten en el de mayor concentración en el mundo.
 Aunque algunos guías tremendistas o poco informados alertan a los turistas sobre “volcanes en erupción”, los de la Payunia están todos apagados desde hace milenios y a lo sumo existe alguna actividad mínima muy por debajo de la superficie, sólo detectable con equipos sumamente sensibles, sin posibilidades de erupción. La fumarola sobre los conos, que completaría el paisaje prehistórico, ya no es posible.
Al ingreso hay varios volcanes menores, en un relieve de baja dificultad para las caminatas; después el suelo se torna áspero y dificultoso y se llega a las Pampas Negras, un arenal oscuro, de lava erosionada y desparramada por el fuerte viento, formadas por la erupción de los dos Morados. La negritud de ese manto de finos granos llamados “lapilli” brilla hasta encandilar bajo el sol, pero cuando el cielo se nubla genera una noche diurna en la que todo es umbrío y opaco.
Todo en la Payunia es resultado de una intensa actividad volcánica que inundó de lava los amplios y sinuosos valles y de la que quedan sus cráteres, los farallones que bordean al río Grande, las Pampas Negras y los escoriales y coladas de las erupciones.
Sus dos volcanes más altos son el Payén Liso y el Payún Matru, de los que deriva el nombre del lugar, con 3.838 metros y 3.715, respectivamente. La forma cónica del Liso, con su pico cortado por el cráter, hacen que parezca mucho más alto que el Matru, y es visible desde cualquier punto del parque y aun desde afuera.
Una de las típicas postales es el Payún Liso visto desde los cerros Pintura, unas elevaciones menores con laderas cruzadas por franjas de minerales rojos, ocres y negros como grandes pinceladas, a las que se suma el amarillo de los coirones.
El Payún Matru está rodeado de unos pintorescos volcanes más bajos llamados “Adventicios” y su caldera tiene unos nueve kilómetros de diámetro, ya que al erupcionar colapsó sobre sí mismo y en su interior se formó una laguna de aguas quietas y transparentes, de fondo negro y profundidad imprecisa.
En el norte está el "campo de las bombas", unas grandes esferas que fueron magma disparado en las erupciones, que se apagó y endureció antes de estrellarse o durante su rodada, algunas de las cuales tienen un "peinado", un lampazo generado por la fricción durante su efímero vuelo de bolas de fuego.
El Escorial de la Media Luna o La Herradura del volcán Santa María es el mayor de La Payunia y se formó cuando este volcán vertió todo su magma sobre el valle y formó una colada semicircular de casi 18 kilómetros de longitud, que se puede admirar en toda su extensión desde la cima del Payún Matru.
  Más al norte, tras vencer una pendiente muy pronunciada de ripio rojo a fuerza de motor y muñeca del conductor, se llega al cráter de uno de los Morado, cuyos bordes perdieron filo con la erosión y semeja una abrupta depresión sobre la cima. Durante la erupción, una de las paredes del cráter se abrió y por allí fluyó el magma que ahora, convertido en lava y visto desde la cúspide, parece un negro y meandroso río de piedra.
Este desierto –como cualquier otro- también encierra vida y en ese mar negro y rojizo se ven franjas amarillentas que parecen lenguas de arena común, pero son bajísimos matorrales de colimaliles (o leñas amarillas) y coirones que crecen en las suaves hendiduras de las fallas del suelo que concentran la escasa humedad del lugar y avanzan sobre las piedras lentamente, con el tesón de la flora del desierto.
También hay pastizales de montaña y de la estepa patagónica, como melosas, solupes negros, retamillos, pichanillos y algarrobos, que crecen gracias a la arena eólica acumulada en las grietas de la escoria, entre los 500 y 1.300 metros de altura, mientras de los 1.800 hacia arriba sólo se ven pataguillas, molles y jarillas.
Según textos de las agencias de turismo, la fauna registrada en la zona incluye unas 70 especies, de las cuales 37 son de alta posibilidad de avistamiento, pero en este recorrido sólo se vieron numerosos guanacos y algunos armadillos, lagartijas, choiques e insectos como escarabajos del desierto, además de los restos de un zorro, que aunque muerto certificaba su existencia en la zona, y excrementos de puma descubiertos por la guía.
También cruzaban el cielo jotes y águilas, aunque en este caso eran ellos quienes observaban a los visitantes. Otras especies documentadas son vívoras como la yarará ñata, el lagarto cola de piche, la calandria patagónica, el chinchillón y la ranita de cuatro ojos, según los nombres populares.
La única forma autorizada para recorrer el parque, declarado Reserva Total provincial en 1988, es con un guía autorizado, tanto para preservar el ambiente como para seguridad de los visitantes, ya que no hay infraestructura vial en su interior sino una compleja telaraña de huellas que sólo los baqueanos saben transitar.
El tiempo mínimo requerido para conocerlo es unas 12 horas -son más de 400 kilómetros, incluido el tramo desde Malargüe- que pueden extenderse a un día o más si se incluyen trepadas a las bocas de los volcanes más altos y el ingreso a los cráteres. También se pueden contratar excursiones con campamento y cabalgatas nocturnas.
Ciertos atardeceres, unas nubes rojizas y oscuras se concentran sobre el cono del Payén Liso y toman formas circulares que, vistas desde muy lejos, semejan una fumarola volcánica, como un nostálgico capricho de la naturaleza por revivir imágenes de un pasado lejano.


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EN LA PAYUNIA AVANZA LA FLORA Y LA FAUNA ES HUIDIZA

La flora en el parque volcánico La Payunia es escasa, pero lentamente gana espacio entre las piedras, en tanto que la fauna presenta unas 70 especies registradas, aunque durante una excursión de una jornada es posible que no se aviste más de una docena, incluidos insectos.
A los tonos oscuros y rojizos del paisaje se han sumado unas franjas amarillentas que a lo lejos parecen lenguas de arena, pero son bajísimos matorrales de colimaliles (o leñas amarillas) y coirones, que aprovechan la escasa humedad del lugar para sobrevivir. 
También hay pastizales de montaña y de la estepa patagónica, como melosas, solupes negros, retamillos, pichanillos y algarrobos, que crecen entre la arena eólica acumulada en las grietas de la escoria, entre los 500 y 1.300 metros de altitud, mientras de los 1.800 hacia arriba sólo se ven pataguillas, molles y jarillas. El popularmente llamado “asiento de suegra” es un matorral compacto y bajo, compuesto de espinas amarillas, duras y filosas como agujas.

Según Miguel Espolsin, uno de los mayores baqueanos en la zona y vicepresidente de la Asociación de Guías de Turismo de Malargüe, los amarillos coirones se expanden lentamente, pero con el tesón de la flora del desierto llegarán a cubrir las Pampas Negras y buena parte del parque. 
De las cerca de 70 especies de fauna registradas, 37 son de alta posibilidad de avistamiento, aunque en nuestra excursión vimos sólo guanacos -varias veces-, un par de armadillos, lagartijas, choiques e insectos, como el típico escarabajo del desierto.
También encontramos restos de un zorro, que aunque muerto certificaba su existencia en la zona, lo mismo que excrementos de puma descubiertos por el guía, en tanto cruzaban el cielo jotes y águilas, aunque eran ellos quienes observaban a los visitantes.
Otras especies documentadas son víboras como la yarará ñata, el lagarto cola de piche, la calandria patagónica, el chinchillón y la ranita de cuatro ojos, según los nombres populares.
Espolsin explicó que muchas especies son huidizas y realizó un truco para demostrar que aunque no se dejan ver, están ahí: Nos llevó hasta unos matorrales que ocultaban cuevas de lagartijas, a las que decidió exponer a nuestra vista, para lo que aprovechó la sequedad del desierto y la avidez de agua de los animales: derramó unas gotas junto a las cuevas y acumuló una cantidad mayor en la palma de su mano. 
Pronto, asomó una lagartija que lamió las piedras mojadas y, lentamente, se acercó a la mano del guía y comenzó a subir por sus dedos hasta llegar a la pequeña fuente, que Miguel seguía alimentando con gotas cuando disminuía. Otro ejemplar la imitó y hasta disputaron el líquido que de a gotas volcaba Espolsin en su palma, pero en cuanto otra persona se acercó huyeron velozmente hasta su refugio, aunque antes de irse una de ella en un movimiento casi imperceptible por la velocidad con que se movió, se engulló una mosca que se había posado en el brazo del hombre.


Por Gustavo Espeche Ortiz

Versión unificada de dos artículos publicados en la revista Rumbos y la agencia de noticias Télam, en 2007 y 2011, tras sendas visitas al lugar.