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viernes, 8 de julio de 2011

POBRE AGUSTÍN - Cuento


POBRE AGUSTÍN

Rocío parecía dormida cuando la deslicé por la ventana. Unos segundos después yo también me desmayaba sobre el césped, para despertar en la ambulancia poco más tarde, mucho antes que ella, que despertó en el hospital, donde alguien le contó sobre Agustín, pobre. Desde entonces nada pudimos reconstruir, ni siquiera el chalé o las pinturas, que hubiera sido lo más fácil. 

Ahora, el doctor Morales dice que por el momento lo mejor es decirle que sí y darle la razón en todo y esperar, que en algún momento el tratamiento puede empezar a dar resultados. Pero él no sabe lo que es estar de este lado y tener que fingir, como una rutina, que cada uno de nosotros es lo que ella supone. Para él es simple: Me pide que imagine qué sucedería en mi cabeza si la situación fuese a la inversa, qué sentiría yo si de repente me dijeran que yo no soy quien creo ser, que no soy quien yo sé que soy y que quienes me rodean tampoco son lo que yo pienso. "Si usted fuera el afectado, el confundido, el que sufrió el shock ¿eh? haga la prueba y entenderá por qué es mejor avanzar de a poco y por el momento contenerla. Haga como el resto de la familia, que lo hace muy bien". Muy fácil para ellos mantener estable la relación con Rocío. Mamá la trata como si fuera su hija, con total naturalidad, y a Alicia le es más fácil aún comportarse como si estuviera con su hermana menor y no su cuñada, pero yo no puedo seguir fingiendo que soy su hermano Agustín, pobre; yo soy el marido, yo la amo como mujer, no como hermana, yo necesito su mirada apasionada, sus brazos, su piel y su calor por las noches.

A mi cada vez me cuesta más contenerme cuando me dice "hasta mañana Agustín, que duermas bien", y sólo lo hago por la mirada preocupada y suplicante de mamá. Morales es licenciado y doctor y tiene muchos años de estudios y de carrera, pero a veces pienso que lo mejor sería seguirla al dormitorio, abrazarla con fuerza y suavidad otra vez hasta sentir crujir sus huesos y acariciarla nuevamente rodando entre las sábanas y mientras nos amamos hacerle recordar quiénes somos, y creo que quizás entonces ella sonreiría y me reconocería y le parecería increíble haberme confundido. Pero él siempre que no, que así empeorarían las cosas, que "imagínese si a usted alguien le revelara una verdad así; sería capaz de cualquier cosa ¿no? bueno, no juguemos con fuego, Mauro... oh, perdón, no quise decir...", agrega arrepentido cuando se le escapa esa muletilla.

Fuego es mala palabra en casa de mamá, donde vivimos todos desde hace más de un año, exactamente desde un día después que Agustín, pobre, no pudo salir de la casa, el chalé que siempre había querido Rocío y que habíamos elegido prácticamente entre los tres, tan amigos; tan amantes ella y yo y tan hermanos los tres; tanto, que casi lo teníamos de huésped permanente, durmiendo en el dormitorio contiguo varios días a la semana o quedándose hasta la madrugada en mi taller del altillo, ensayando mamarrachos sobre alguna tela que yo le dejaba en el atril para que practicara. Mis pinturas no eran tan buenas como para convertirme en un artista de renombre, pero sí para exponer de vez en cuando y además me habían servido para atraer a Rocío, deslumbrada por el arte cuando nos conocimos, todavía adolescentes los tres. Agustín, pobre, creo que la celaba al principio y por eso se acercó a mí, para protegerla, para espiarnos, para cuidarla. Y se acercó tanto que terminamos amigos, y luego cuñados.

Pero ahora Rocío está muy lejos de todo eso. Creo que terminaré por hacerle caso a Morales y aceptar que quizás no tiene cura, que quizás debo empezar a pensar que, como mamá y Alicia, me veré en la obligación, en la resignación, de cumplir el rol de hermano de Rocío con la misma entrega que ellas hacen de madre y de hermana, tanto que a veces hasta cuando están solas actúan sin necesidad, por simple inercia, como si realmente creyeran esta comedia, a tal punto que a veces hasta hablan de mí como si fuera Agustín, pobre. Pero a ellas poco les interesa que la realidad sea otra, si casi no les hace diferencia. Yo soy el único que se niega a sumarse a la farsa, a meterse la farsa en la piel como lo hicieron ellas. A lo sumo me limito a asentir ante las mentiras y a desearla, y aunque no se lo digo sé que mi mirada me delata, porque noto su preocupación, fastidio y hasta un poco de miedo. Claro, si para ella soy el hermano que se volvió loco; para ella su marido murió aquella noche. Aún recuerdo que cuando nos reencontramos en el hospital todos creían que era yo el shockeado, el confundido; yo, que había llegado consciente tras un breve desmayo, sólo golpeado tras la caída desde la ventana por la que salté al jardín después de descolgarla a ella envuelta en una sábana, ya sin sentido y al borde de la asfixia, sin poder hacer nada por Agustín, pobre, seguro que encerrado en el taller, sin otra salida que la escalera imposible de atravesar. Fue en el hospital donde alguien se lo contó y entonces algo se quebró dentro de ella y cambió los roles y cuando entré a su sala me miró confundida y sólo aceptó un abrazo fraternal, para de inmediato preguntar desesperada por Mauro, por mí, que estaba a su lado, confundiéndome para siempre con su hermano Agustín, pobre, antes de volver a desmayarse. La dejé en manos de los médicos y ya no pude verla hasta el día siguiente, en el funeral, al que fue con luto de viuda.

Luego vinieron los meses de letargo, de virtual autismo, en casa de mamá, sin querer hablar del tema, esquivando mis acercamientos, comportándose como si fuera mi hermana y después aceptando, a regañadientes, más enojada con mamá y con Alicia que conmigo, la presencia de Morales, con su terapia familiar, sus charlas grupales e individuales, diciendo una cosa a todo el grupo y luego algo distinto a ella y a cada uno de nosotros, pero sin resultados hasta ahora. Supongo que a mamá y a Alicia también les pedirá que se imaginen cada una en la situación de Rocío, como siempre me lo reitera. Pero para ellas es fácil, porque da casi lo mismo una nueva y repentina hermana que una cuñada, o que la nuera se transforme en una hija adoptiva, especialmente si no se ha perdido a nadie. Pero a mí no me da lo mismo una hermana que nunca había tenido a cambio de la mujer amada que me niego a perder.

Amaba a Rocío desde nuestra adolescencia, cuando Agustín se las arreglaba para estar siempre entre nosotros, para cuidarla, porque parecía no aceptar que su hermana se volviese mujer y deseara a un hombre como cualquier otra joven. El suponía que ella podía vivir al margen del deseo y trataba de conservarla, porque cuando ella amara a alguien lo dejaría, entregaría su cuerpo y sus sentimientos y entonces él se quedaría sólo; porque Agustín, pobre, parecía incapaz de vivir con otra mujer; pero ella, irremediablemente, gustaba de los hombres, y entonces él se veía obligado a estar siempre con ellos, a hacerse amigo de sus novios, para no perderla; hasta que ella terminó por acostumbrarse, hasta que ellos tuvieran que acostumbrarse, o irse, que era lo que siempre ocurría. Pero yo no me fui, acepté su compañía, compartí salidas con él, vacaciones con él, mi coche con él, mi cuarto de soltero, luego mi casa y mis pinturas con él, y Agustín, pobre, aceptaba todo gustoso, aunque sentía que a cambio compartía y perdía, inevitablemente, la mujer que había en su hermana. Sin embargo, en esa competencia implícita yo resulté perdedor mucho después, la noche de la tragedia, cuando él, pobre, no pudo salir de la casa y entonces ella me transformó en su hermano y empezó a llamarme Agustín y mamá y Alicia me convencieron que aceptara que ellas, delante de Rocío, hicieran lo mismo.

Desde entonces, nada pudimos reconstruir. El chalé, hubiera sido fácil, pero siento que no tiene sentido; con las pinturas lo intenté pero es como si el fuego que consumió el altillo hubiera quemado también parte de mi talento, y las nuevas pinturas no son comparables a las que se perdieron, algo que escuché comentar a mamá y Alicia las pocas veces que entran al nuevo taller, en su casa. Rocío nunca entró a verlas y creo que ya no se deslumbraría como con las anteriores.

Quizás aquella noche, en el taller del altillo, Agustín intentaba imitar mi técnica para impresionar a su hermana como lo había hecho yo; quizás esa noche que se quedó más tarde que nunca supuso que con lo que había aprendido era suficiente, que ya podía reemplazarme y entonces, al escucharme salir del dormitorio hacia el baño se asomó y me llamó en silencio para que Rocío no despertara, y Mauro subió la estrecha escalera alfombrada apoyando suavemente la planta de los pies, para no hacer ruidos, apenas un crujir de la madera, y con los ojos entrecerrados por el sueño preguntó qué quería, y cuando vio la pintura que acaba de terminar lo felicitó por compromiso, como para sacárselo de encima a esa hora de la madrugada, con el gesto soberbio y comprensivo del experto profesional ante el aprendiz, la hipocresía complaciente del que se siente superior, del que sabe que puede hacerlo mejor, del que ha desplazado al prójimo del único lugar que tenía en el mundo, de quien le quita la mujer amada a otro hombre y lo palmea para consolarlo. Entonces Agustín supo que tampoco así lo conseguiría, que de nada le serviría haber copiado su técnica en el lienzo, que de ninguna manera lo lograría, porque Rocío, dormida, esperaba a su hombre junto al espacio tibio que había dejado en la cama ese hombre que miraba con suficiencia y hasta con piedad sus pinturas; entonces se enfureció y tomó el único camino que le quedaba y lo golpeó desde atrás con la botella de aguarrás que se rompió derramando el líquido inflamable por la escalera mientras Mauro se desvanecía al pie del atril; y al verlo caído supe que ésa era la solución, que ya no competiría con él, que no sería necesario, porque ocuparía su lugar e iría al baño como él iba a hacerlo unos minutos antes, pero no subiría al altillo donde Agustín se entretenía con sus mamarrachos, sino que regresaría a acostarme junto a Rocío, que me esperaba para que ocupara ese espacio tibio, donde yo me deslizaría mientras ella, en medio de su sueño pesado apenas se movería para hacerme lugar y acomodarse a mi cuerpo, quizás con algún murmullo incomprensible, y yo la abrazaría hundiendo mi cara entre sus cabellos cálidos para continuar el sueño compartido, hasta despertarme sobresaltado por los golpes en el altillo, donde Agustín, pobre, se habría dormido, quizás con un cigarrillo encendido junto a los diluyentes, que son tan volátiles. Entonces sentí el ardor del humo en los ojos, el olor irritante y el ruido del incendio que consumía las maderas del chalé y lo intenté, por supuesto, pero la escalera era una sola llamarada que yo tampoco podía atravesar. Entonces lo único que pude hacer fue salvar a Rocío, ya desmayada por el humo, y saltar para salvarme yo también, para seguir cuidándola, porque nos quedábamos nuevamente solos, como en la adolescencia, cuando Mauro no existía y yo era todavía Agustín, pobre, que intentaba inútilmente escapar de las llamas en el altillo.-


Por Gustavo Espeche Ortiz
Tercer puesto en el X Premio Internacional Julio Cortázar
Santa Cruz de Tenerife - España
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lunes, 10 de mayo de 2010

SÁBADOS DE IDA Y VUELTA

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* CUENTO*



Entró al supermercado, como otros sábados, ya avanzada la tarde, y respiró con placer el fresco aire climatizado que la envolvió desde su ingreso al gigantesco edificio. Tomó un carrito de los más grandes y dudó si le alcanzaría para toda la mercadería, porque haría compras para toda una semana.
Los niños estaban con el padre en el club y no le causarían problemas, como aquella vez que Tomás rompió los frascos de dulce, o cuando se extravió Pamela, o el desparramo de frutas rodando por el piso que causo Facundo. Comenzó a recorrer las góndolas con tranquilidad, como si se tratara de un paseo y, como al descuido, colocaba los productos envasados en el carrito. “Tres de atún... dos de pulpos... paté de ganso... champiñones... los palmitos para Augusto... ¿dónde está la salsa golf?... algunas sopas instantáneas... las cajas de cereales importados para los chicos, los Müslix... ¡¿para qué carajo le pondrán diéresis a las palabras?!, murmuró irritada, y estrujó con fuerza una caja y la dejó en el estante. Siguió recorriendo. Tomaba los productos y los observaba haciendo girar la mano, como quien examina la superficie de una manzana antes de morderla y, si les daba el visto bueno, los colocaba en el canasto sin prestar atención al precio.
En la pescadería, mientras calculaba la capacidad del freezer para hacer el pedido de pejerreyes, surubíes y mariscos, ante la mirada expectante del vendedor, recordó los otros pescados, los que comía cuando vivía junto al río; allí sólo podía aspirar a bagres, sábalos o, en el mejor de los casos, alguna boga, que comían pese a las advertencias de las autoridades sobre la polución en esas aguas. Hizo la compra sin contemplar las cantidades, casi con apuro, como para tapar el recuerdo, y pidió que lo enviaran directamente a la caja en el momento de abonar, para que no perdiera frío. Pasó al sector lácteo y arrasó, casi indiscriminadamente, con distintos tipos de quesos, varios litros de yogur y leche vitaminizada, flanes, postres, manteca y margarina. Poco después, cuando colocó las cajas de dulces y las mermeladas, comenzó a preocuparse por acomodar bien la mercadería, porque ya había cargado más de la mitad del carrito y todavía le faltaba pasar por la panadería, elegir los vinos, carnes, pastas, fiambres, artículos de limpieza y perfumería y regalos para los niños y Augusto. Nada debía faltar en su hogar; nunca más privaciones, pensó, y esa vez no pudo evitar que regresara la imagen de El Tortuga, con sus veintidós años, más de una década atrás, y la suya, cuando pese a su apellido español era La Gringa -apodo típico para las rubias naturales de cualquier origen en los barrios suburbanos poblados de morochos criollos o inmigrantes de países vecinos-, besándose a la salida del colegio nocturno, poco antes de su inicio sexual, que se dio en un baldío durante el festejo del Año Nuevo; y el casamiento de apuro a fines de ese verano en que no se presentó a ninguno de los exámenes de las materias pendientes del cuarto año y que marcó el fin de los sueños de amor y grandeza que desde pequeña le habían alentado las telenovelas de la tarde y la pila de revistas de actualidad que dejó en su cuarto, al que nunca volvió tras el reproche y la dura pelea con sus padres, que no fueron al casamiento, y a quienes aseguró, al alejarse definitivamente del hogar, que triunfaría en la vida y nunca regresaría al humilde barrio. Y nunca lo hizo: Luego de convivir con sus suegros hasta poco después del inevitable aborto espontáneo, cuando ya la relación con éstos era insostenible, debieron ir a la incipiente villa miseria que se estaba formando junto al río. La municipalidad los obligó a dejar el puesto de venta de baratijas en la feria callejera porque no tenían habilitación, y El Tortuga se dedicó entonces al cirujeo por la costa. Sólo su orgullo y vergüenza le impidieron volver con sus padres y únicamente por eso permaneció en la casilla, junto a él, con su creciente resentimiento. En cada anochecer sentía una profunda repugnancia al ver la encorvada figura de su marido que regresaba tirando del carro de madera, que se tambaleaba sobre dos viejos y desparejos neumáticos, con desperdicios para seleccionar y vender; sensación que aumentaba más tarde, cuando esa figura se encorvaba sobre su cuerpo en medio de sus ruegos para que no la dejara nuevamente embarazada porque sería imposible mantener un hijo en medio de tanta pobreza, aunque en realidad la espantaba la sola idea de que El Tortuga pudiera ser el padre de un hijo suyo. Ella colaboraba con la economía hogareña lavando y planchando ropas de las familias adineradas de la zona alta, más allá del terraplén, cruzando la avenida; las que además les regalaban ropa vieja y algunos artículos domésticos usados. Apiló las bolsas de pan y galletitas cuidadosamente sobre otros envases y algunos pollos deshuesados que ya superaban el borde del carro, que se movía pesadamente pero con suavidad sobre los lubricados ejes, sin que ella tuviese que esforzarse para seguir recorriendo. Al pasar por la frutería hizo espacio para poner bananas, manzanas, cítricos, un ananá, higos... “¡No, higos no! -se dijo tras leer el cartel con el precio del fruto-, detesto las palabras con hache!”. Se dirigía a las cajas cuando hizo la última compra, en la góndola de artículos de tocador: su champú, con manzanilla, especial para cabellos rubios; el mismo con que se había lavado la cabeza en un balde la tarde que cambió su vida, cuando tras mirarse el espejo reflexionó que pese a todo era rubia, joven, y aún tenía buena figura, y tomó la trascendental decisión. Al día siguiente se puso un liviano vestido de verano y sandalias, se pintó con restos de cosméticos, todo -como el champú- regalado por sus clientes, y salió a buscar trabajo. Augusto, uno de los directores de la empresa que había publicado el aviso, le dijo, tras una fácil prueba de dactilografía, que el puesto era suyo; esa misma noche y las siguientes la llevó a cenar y a compartir su departamento y después la acercaba a su hogar en su moderno coche blanco, aunque sin entrar a la villa. Pocos días después, sin previo aviso, abandonó a El Tortuga para siempre y se instaló definitivamente en la casa de su ex efímero jefe y amante y se convirtió en su mujer, y desde entonces no usó más ropa regalada ni debió trabajar. Sonrió al recordar la felicidad de los nacimientos de Facundo, Pamela y Tomás, y las nuevas amistades, y los viajes, automóviles, embarcaciones y la vida lujosa con que había soñado de pequeña y que a partir de entonces era una realidad.
Se ubicó en una de las largas filas frente a las cajas y, un momento después, le pidió al joven que estaba detrás de ella que le cuidara el lugar mientras iba a buscar algo que olvidó comprar; él asintió y ella agradeció con una amable sonrisa sin separar los labios. Caminó entre varias góndolas y salió del supermercado por el otro extremo, exactamente a noventa y seis cajas de distancia. Afuera sintió que la noche, pesada y húmeda, se le pegaba al cuerpo y le preocupó, porque empezaría a transpirar. Al llegar al estacionamiento se descalzó y caminó sobre el césped que lo bordeaba; le gustaba sentir el suave verde bajo los pies, que se le mojaron al cruzar la calle; continuó varias cuadras por las veredas parquizadas aún húmedas y olientes a tierra mojada tras el riego vespertino hasta que atravesó la avenida, donde comenzaba el oscuro terraplén al final del cual se distinguían las tenues luces; allí se calzó nuevamente los zapatos blancos, porque ya no había césped sino pasto crecido, y basura, que aumentaban a medida que descendía hacia el caserío junto al río; eran preferibles los zapatos que le regaló la viuda de Estévez, que le apretaban, antes que alguna cortadura infecciosa; se olió las axilas y temió haber transpirado la blusa de la señora de Suárez, o la falda, que debía entregar al día siguiente, lavadas y planchadas, como lo venía haciendo desde hacía muchos años. Se apresuró porque Susana, la hija mayor, quizás habría salido como siempre, por ahí, y el más pequeño, Juancito, estaría mojado y sucio, llorando solo en la casilla, y si El Tortuga había regresado con los dos del medio, que los sábados lo acompañaban en la recorrida por los basurales, y no la encontraba en la casa se pondría furioso, como había ocurrido un mes antes, y le pegaría nuevamente, aunque nunca tanto como aquella vez cuando descubrió que varios días había salido a escondidas a buscar trabajo y sospechó algo sobre su relación con alguien que una noche, tarde, la acercó hasta la avenida en un moderno coche blanco, y entonces la golpeó por primera vez, la llamó puta y le escupió en la cara en medio de la paliza en la que ella perdió un diente que le borró para siempre su anterior sonrisa abierta. Afortunadamente no se enteró que después ella quiso irse con Augusto, quien la esquivó varias veces y luego ni siquiera accedió a incorporarla a la empresa, como se lo había prometido, porque "mentiste, nena, no terminaste el colegio secundario, como pusiste en la ficha, y además yo no puedo tener una secretaria que es mala dactilógrafa, se come las haches y no sabe qué son las diéresis".-

Por Gustavo Espeche Ortiz
(1r. Premio Concurso Literario Canal Literatura - España)

martes, 13 de abril de 2010

UN LARGO Y TRISTE BOSTEZO


* (minicuento)
* A las cinco de la tarde de cada viernes, minutos más, minutos menos, el fin de semana comienza a gotear su tristeza sobre mi vida.
Es en ese momento cuando todos cerramos los cajones presurosos y levantamos nuestros campamentos burocráticos de papeles, fórmica y ordenadores.
Mientras los otros se despiden de la oficina con las sonrisas más amplias de la semana, ansiosos por llegar hasta los suyos, nosotros nos quedamos sin los nuestros. Cada uno sin el otro durante esos interminables dos días. Porque tú vas a los brazos de tu marido y yo a los de mi mujer.
Por Gustavo Espeche Ortiz
(1ª Mención Concurso de Microrrelatos "Viernes de Papel" - España 2007
Finalista I Concurso de Microrrelatos "Obra Social Caja de Ávila" - Publicado en libro del mismo nombre - España 2008)

lunes, 29 de marzo de 2010

EL ÚLTIMO REINO DE PAUL BOWLES


*Reportaje a Paul Bowles*
Su vida transcurrió en islas, campos, transatlánticos y cerros, rodeado de artistas de las letras y la música, de la Generación Perdida primero y de la Beat después. En este reportaje, en su pequeño tres ambientes de Tánger, Paul Bowles hablaba como el último sobreviviente de una especie en extinción. En el oscuro y silencioso departamento, en permanente contacto con la música pero virtualmente retirado de la literatura, el autor de El Cielo Protector –o Un Refugio para el Amor, en su versión cinematográfica- hablaba poco, debido a la afección a la garganta que acabó con su vida, pero había desarrollado una increíble y contagiosa capacidad para comunicarse con gestos, sonrisas y miradas, tan bien como con las palabras. Éste fue su último reportaje:



Hace años que el timbre del departamento 20 del edificio Itesa, en el oeste de Tánger, no funciona y permanece tapado por una tela adhesiva reseca. El teléfono cortado desde antes, por voluntad de su solitario morador, impide concertar una cita con él, por lo que la única manera de entrevistar a Paul Frederik Bowles -para muchos el más grande escritor norteamericano vivo-, es apersonarse al cuarto piso y golpear la puerta. Su ama de llaves, Suet, una marroquí madura y joven aún, de tez blanca, rasgos delicados y abundante cabello negro, atiende en español y entra a consultar con Bowles, quien siempre recibe a las visitas, salvo escasas excepciones. Una de ellas, advierten los guías tangerinos, es si hay motivos políticos de por medio; otra, menos frecuente, puede ser la negativa de su enfermera personal, Nuria, quien en este caso concede sólo cinco minutos, porque su afección a la garganta no le permite conversar más que eso.
Bowles Nació el 30 de diciembre de 1911 en Nueva York y, como otros artistas norteamericanos, optó por autoexiliarse. El centro de su destierro fue, desde 1931 -en sus inicios como compositor musical- esa ciudad del norte de Marruecos, de la que luego sólo partió para viajar por diversas latitudes y siempre regresar.
Habla como si fuera el último sobreviviente de una especie en extinción. Recuerda que toda la generación de artistas a la que pertenece, como los amigos que conformaban su mundo personal, ha desaparecido. También habla con la nostalgia de ser el único escritor norteamericano que se afincó en el norte de Africa, en una aventura que no generó sucesores.
Llegó a Tánger a los diecinueve años, por consejo de Gertrude Stein, a quien conoció en París, junto a otras importantes figuras de las artes. Definía el calor de la ciudad como "el de un baño turco", frase común en muchos recién llegados, aunque a diferencia de éstos, para Bowles eso era algo "absolutamente delicioso".
- ¿Cuánto ha cambiado Tánger en estos 66 años?
Pide que repita la pregunta, hace pantalla con la mano en torno a su oreja para escuchar mejor y su expresión recupera años con una sonrisa nostálgica y juvenil que parece decir "¿y usted qué cree?".
- Completamente, ya no se la reconoce.
- ¿Cuál le gustaba más?
- Antes -responde con idéntica expresión- Todo era muy libre. Los precios era más bajos y la gente era más agradable. Todavía es agradable, pero todo ha cambiado, porque los que estaban aquí en el 31, cuando vine, están todos muertos. La de ahora es otra generación, más sofisticada, más europea y menos africana.
Era una respuesta de esperar, porque ya en 1947, al regresar a Tánger tras tres lustros de viajes por el mundo, comentaba en una carta a Charles Henry Ford que la ciudad estaba irreconocible. "Me ronda la sensación de no estar realmente en Tánger, está terriblemente cambiada y no puedo tratar de imaginar cómo era antes", decía a su amigo.
Su actual nostalgia por los muertos apuntaba entonces a quienes estaban vivos aunque ya no eran los mismos."La gente que conocía cuando estuve aquí antes ya son de mediana edad y padres de familia, y tengo tendencia a evitarlos", afirmaba ese año, poco antes de iniciar un viaje por el Sahara y comenzar a escribir "El Cielo Protector".
- ¿Es posible hoy, para extranjeros, americanos o europeos, vivir una aventura similar a la que usted describe en El Cielo Protector?
- ¿Por qué no? Uno puede escribir sobre lo que le da la gana. Es cuestión de imaginación.
La pregunta queda flotando tras su evasiva, ya habitual cuando le sugieren que su obra más trascendente es autobiográfica. Bowles siempre aclaró que sus personajes son ficticios, salvo los de la novela "Déjala que caiga".
- Sí, un producto de la imaginación pero absolutamente realista, con hechos y situaciones que usted vivió, vio o al menos eran factibles en el Magreb de aquellos años, y que quizás ya no existen. Déjeme preguntarle entonces si es posible que alguien tenga hoy iguales vivencias y, con imaginación, escriba algo tan creíble y real como aquello?
- No. La historia no se repite -sentencia-. Todo cambia y sigue la carretera de la historia. Aunque... -hace una pausa, reflexiona un momento y, con una nueva sonrisa contagiosa, agrega- quizás sí, ¿por qué no?
- ¿Puede entonces que en estos momentos un hombre esté besando a la mujer de un amigo en un tren que corre por el norte de Africa?
- Puede que sí -responde de inmediato, entusiasmado, como si hubiéramos iniciado un juego de posibilidades-. Y también puede que eso no ocurra, pero que alguien sí escriba una historia que contenga esa situación. Aunque ahora los trenes son eléctricos y no se llenan de humo como en la novela -añade divertido.
- Usted conoció a la Generación Perdida, cuando "París era una Fiesta", y mantuvo lazos con todas las generaciones posteriores de escritores. ¿Qué opinión tiene de la literatura actual?
- ¿De algún país o del mundo en general?
- En general.
- Siempre hay gente de gran talento. Todavía -afirma, pero no parece muy convencido.
- ¿Puede mencionNegritaar algunos?
Esta vez no responde, pero con sonrisa de disculpa y complicidad a la vez, Bowles mueve sus manos como diciendo "¿me entiende?". Se entiende.
- ¿Prefiere no hacer nombres?
- Sí. Además no leo mucho desde que estoy enfermo. Pero ocurre que los buenos escritores se han muerto. Por eso tampoco puedo hacer nombres.
- ¿Eso significa que no hay buenos escritores vivos?
- No. No digo eso. Pero si tengo que hablar, por ejemplo, de su país, como buenos escritores que yo conozco, debo empezar por Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Y los dos se han muerto últimamente. Pero no quiero descalificar a los nuevos, porque seguramente hay otros nuevos y buenos, aunque yo no he leído las obras recientes.
- ¿Y en cuanto a la literatura en el Magreb?
- Cuando yo llegué aquí no había literatura. No hacía parte de la cultura marroquí. Nadie escribía novelas o cuentos. Casi nadie sabía escribir. Era un país casi completamente analfabeto. Ahora ya no, pero todavía necesita mucho progreso para llegar al nivel de los países europeos.
- ¿Necesitan los marroquíes, en tanto africanos, parecerse a europeos?
- Creo que sería bueno por su propia cultura. No digo que se conviertan en una copia de Europa, porque a mí Marruecos me gustó siempre africano y no europeo. Me refiero a que puedan elaborar una literatura con el mismo nivel y trascendencia que la europea.
- ¿Es eso posible?
- Resulta muy difícil. Porque aquí hay una pobreza enorme, y para que un niño vaya a la escuela su familia tiene que tener dinero, y hay pocas familias que tienen suficiente dinero para mandar a sus hijos a la escuela. Tal vez muchos los puedan mandar un año o dos, pero no sirve, no vale. La educación toma doce o quince años, o más, y acá siempre se interrumpe o ni siquiera se inicia. Por eso se produce y se consume poca literatura en estos países.
- ¿Cuál es el motivo que lo lleva a permanecer en Marruecos?
- ¿Desde el punto de vista económico? Porque la vida es más barata.
Bowles parece disfrutar atribuyendo siempre su estadía en Marruecos a los bondadosos precios locales, pero no convence. Si bien tanto en 1931 como en su primer regreso tras una larga ausencia, en 1947, ya alababa el bajo costo de la vida, no es convincente porque en ambas oportunidades también definía a Tánger como un lugar perfecto para vivir, una ciudad demasiado bella para describirla con palabras e imposible de hallar aún en un sueño, y porque pese a su expulsión de Marruecos en febrero de 1958, por su postura política en su obra "La Casa de la Araña" (1955), en cuanto pudo volvió y se reinstaló en la ciudad.
- Me refería a lo afectivo.
- Bueno, eso es algo que depende estrictamente del individuo, como todo lo afectivo -ríe amablemente, como despreocupado de lo convincente que pueda resultar esta respuesta, que convence más que la de orden económico, especialmente porque alguna vez él dijo que nunca había pensado vivir en Tánger "pero por alguna razón he permanecido aquí, quizás porque aquí se puede obtener todo lo que uno quiere".
Un momento después amplía la respuesta:
- Me gustó Marruecos y estaba casado, y a mi esposa le gustaba vivir aquí, hasta que cuando enfermó dejó de gustarle, porque prácticamente no existían médicos aquí, y aún hoy hay pocos. Cuando ella estaba viva no había médicos, y ella murió hace 24 años- Recuerda con gesto agotado. 
Bowles se casó en 1938 con una escritora desconocida, Jane Auer, que a los 20 años escribió su primer libro, "Dos Damas Serias", publicado en 1943 con su apellido de casada. El segundo y último fue "Placeres Sencillos". Él en esa época sólo componía música y ella lo incentivó en la creatividad literaria y en 1947 Bowles publicó su primer cuento, "El Escorpión", y luego el libro "Episodio Distante". A partir de allí el escritor nació para el mundo.
El matrimonio albergó en sus distintas casas de Tánger a numerosos artistas, entre ellos William Burroughs, Francis Bacon, Patricia Highsmith, John Hopkins, Truman Capote y hasta los Rolling Stones, además de los mencionados Stein y Henry Ford. La relación entre Paul y Jane fue siempre abierta, llegaron a vivir en departamentos separados en un mismo edificio, o viajar en forma independiente y mantener otros vínculos, como el de ella con la marroquí Cherifa y el de Bowles con el joven camarero Smail Abdelkader.
En 1957, a los 39 años, Jane sufrió un derrame cerebral y se desató una prolongada angustia de tratamientos e internaciones que culminó en un instituto de Málaga, donde murió el 4 de mayo de 1973, una hora después que Paul la visitara por última vez.
Hace casi cincuenta años Bowles sostenía que Nueva York le resultaba "insoportable, quienquiera que fuese el anfitrión de las cenas". Más tarde aseguraba que cada vez que volvía a Estados Unidos le parecía que era el lugar donde menos le gustaría vivir.
- Usted estuvo recientemente en Estados Unidos. ¿No le gustaría quedarse a vivir allí ahora?
Su criterio parece no haber cambiado con el tiempo.
- Estuve hace poco más de un año, por una semana. Antes, también en el 95, estuve dos veces por cuestiones de salud. No, no me gustaría quedarme. La última vez fui porque, como antes de dedicarme a escribir era compositor y mantengo el gusto por la música, y habían algunos conciertos en Nueva York, quería verlos. Eran los mejores de Nueva York y tuvieron lugar en el Lincoln Center, que es el mejor lugar para la música. Sus salas son las más grandes y cómodas. Me quedé exactamente seis días, para ver los conciertos, y volví.
- ¿No le gustó Nueva York?
- Sólo por la música. En realidad no me dediqué a ver la ciudad. Iba del hotel al Lincoln Center, y de vuelta al hotel, en automóvil. Así en cada concierto. No salí a comer a ningún restaurante ni he visto nada de Nueva York.
- Habla como si no le gustara.
- No me gusta. He conocido Nueva York cuando era una buena ciudad, pero de eso hace ya muchos años.
El diálogo se interrumpe. Al dormitorio -en el que Bowles parece haber impuesto el lenguaje de los gestos, las sonrisas y los movimientos- entra Nuria, la enfermera, y con su mirada y una inclinación suave de la cabeza obliga a mirar el reloj y comprobar que los cinco minutos concedidos se han excedido largamente.
Bowles la mira como un niño al que se le acabó la hora de los juegos, pero no se queja. Todos sonreímos y cada uno sabe qué debe hacer. También Suet se dispone a dejar del departamento y, con un negro chador musulmán y gruesos anteojos esconde su cabello y su belleza. El cambio la envejece una década.
Antes de salir a la calle Campoamor, se escucha hablar en español a la enfermera y el escritor que sostenía que siempre era más feliz en un lugar donde no hubiera estado antes, pero siempre recaló en Tánger, y que hace 24 años, tras la muerte de su esposa, escribió que ya no había nada que lo retuviera en esa ciudad,"salvo la costumbre".-
ageo

Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicado en el suplemento de Cultura del diario "La Prensa", de Buenos Aires)