lunes, 30 de mayo de 2011

EL CAÑON DEL ATUEL Y SUS DOS PAISAJES

Los más de cuarenta kilómetros del Cañón del Atuel, en el sur de Mendoza, presentan dos paisajes distintos: el río sin agua en el desértico tramo superior, de rocas multicolores, numerosas geoformas y ocasional presencia humana, y el río caudaloso y habitado en el verde Valle Grande,  tras un desnivel de unos 500 metros.

lunes, 23 de mayo de 2011

EL “TANGO NUEVO” EN BUENOS AIRES

No hay abrazo sino distancia, ni miradas apasionadas u ojos cerrados con romanticismo, sino sonrisas cándidas o gestos agotados, como si bailar fuera trabajo y no placer, y tampoco la armonía social de la ronda. Es el “Tango Nuevo”. Quienes lo bailan dicen que es más fácil y creativo que el tradicional, y quienes lo enseñan ganan muy bien, porque satisface una demanda del hemisferio norte.



Dicen que todo comenzó cuando alguien -un extranjero, aseguran- cuestionó “¿por qué seguir una ronda?” Entonces cada pareja comenzó a bailar independientemente del resto. Otro planteó “¿para qué bailar con los torsos pegados, dentro de un abrazo?” Y todo contacto se limitó a manos y brazos, y el hombre dejó de guiar con el pecho... el hombre dejó de guiar. Después se perdió la postura y distribución del peso (“de la cintura para abajo, hacia la tierra; de la cintura para arriba, hacia el cielo”, sentenciaban los grandes maestros) y la caminata “punta-planta-taco”, y así llegó el día en que desaparecieron todos los códigos.
Ésta es una de las versiones más aceptadas sobre el origen del Tango Nuevo, aunque suena a la típica mitología urbana facilista con que se explican ciertos fenómenos en Buenos Aires. Otra versión habla de una apertura en el baile, la llegada de nuevas generaciones y una fusión con disciplinas como la danza contemporánea y coreografías teatrales, y asegura que no empezó con el planteo de un extranjero, pero sí en el norte, con los profesores Gustavo Naveira y Chicho Frúmboli, y continúa en Argentina con algunos de sus alumnos devenidos en profesores.
Con su aparición surgieron tremendistas que aseveraron una ruptura irreconciliable en el tango; optimistas que lo ven como un proceso de una expresión artística, que aportará elementos que revitalizarán esta danza, y escépticos (*), para quienes es sólo otra moda de una sociedad consumista que produce y vende lo que se pueda cobrar en euros o dólares y, como tal, durará algunas temporadas y luego quedará en el olvido o será reemplazada por otra exigencia del mercado exterior.
El Tango Nuevo desembarcó en Buenos Aires y ganó adeptos hasta llena algunos salones, aunque sólo una media docena de milongas sobre más de cien existentes. Muchos nuevos maestros lo aprenden e incorporan a su oferta, aunque la mayoría -por las dudas- no abandona el tango tradicional.
Estos maestros sostienen que muchos alumnos quieren aprender Tango Nuevo, pero no lo enseñan a neófitos del baile o a principiantes, sino a quienes tienen una base de tango o dominan otra danza. Los profesores de tango tradicional, aún los más jóvenes, afirman que la cantidad de gente que empieza a aprender “de cero” no ha mermado con la aparición de esta nueva danza.

EL BAILE
Desde afuera, parece simple: No hay códigos ni exigencias. El compás parece no importar y la música es sólo un fondo para el baile. Nadie sigue la ronda “en sentido inverso a las agujas del reloj” -con los mejores por el borde y los novatos al centro- y cada uno baila donde quiere, sin contemplar la existencia de los demás. Bailan distantes y con movimientos expansivos, por lo cual cada pareja parece querer adueñarse de todo lugar que no sea ocupado por otra.
En general guía el hombre, pero también la mujer, lo que a veces genera tironeos, aunque en la dinámica propia de este estilo eso pasa inadvertido. La marca no es con el pecho -no hay abrazo- sino mediante un tira y empuje con las manos. No interesa el eje ni permanecen enfrentados, sino que se mueven en vaivén en forma inversa, como esquivándose, como en la capoeira brasileña, o caminan por los laterales. A veces ambos avanzan hacia el mismo lado, en paralelo o en “cucharita”, y flexionan constantemente las rodillas, subiendo y bajando en cada paso, para dar impulso a largos enviones o para levantar los pies lo más alto posible.
Nunca cierran los ojos y generalmente bailan con las miradas perdidas en lontananza o en la nada -da lo mismo-, ajenos a su pareja, o ambos miran el piso, como para indicar uno al otro dónde pisar, o para asegurarse que el lugar donde pondrá el pie está libre. Las figuran parecen memorizadas -quizás por eso el gesto de estar cumpliendo un trabajo-, aprendidas en pareja o, al menos, con el mismo maestro, por lo que no pueden bailar Tango Nuevo con cualquiera ni en cualquier lugar.
Los que van a alguna milonga, terminan bailando sólo entre ellos y con frecuencia generan incomodidad o rechazo entre los tangueros, no por el estilo sino por no respetar los códigos sociales. Hasta en un salón de Tango Nuevo que funcionaba en Cátulo, en el barrio de Abasto, los organizadores pararon la música para pedir a las parejas mayor respeto por el espacio de los otros, luego de observar varias situaciones tensas.
Estos bailarines dicen que los tangueros que los critican -o las mujeres que no aceptan su convite- no son capaces de abandonar la rígida estructura del tango y exhibir la destreza y creatividad de ellos. Los milongueros replican que el Tango Nuevo es el consuelo de quienes nunca pudieron sentir ni aprender a caminar el tango. “No bailan en pareja; los hombres toman a las mujeres como si les dieran asco, de lejos y con la punta de los dedos, como si fueran una bolsa de excremento”, graficó indignado uno de éstos a La Cadena.

SIN PROBLEMAS
Una visita a los principales salones de Tango Nuevo -en Cátulo y en Villa Malcolm- permitió a este corresponsal comprobar que allí se mueven con comodidad bailarines que generalmente son rechazados o tienen problemas en las milongas, como un alemán con quien las mujeres no quieren bailar porque dicen que no sabe guiar y sólo las sacude con los brazos, o un joven argentino a quien en medio de un tango un hombre le sugirió que si era principiante fuera a practicar al centro de la pista, y un norteamericano que hasta fue desafiado a pelear en la milonga de la avenida Independencia, tras embestir varias veces con sus largos pasos a un joven milonguero, quien lo consideró una provocación y se enfureció. Nadie entendió que no era gente que no sabía bailar, sino bailarines de Tango Nuevo.
Para Alicia, quien recorrió Europa a principios de esta década, el Tango Nuevo no es nuevo, salvo por su nombre. “Hace unos ocho años, en las milongas europeas ya se bailaba así, porque veían cómo se bailaba en los shows de argentinos en sus escenarios e intentaban imitarlos. Ahora, algunos descubrieron que es buen negocio enseñarles a bailar como ellos ya bailaban, especialmente a los que tienen dificultad para aprender el tango argentino, y les dan clases y lugares para que practiquen y vuelvan contentos de haber aprendido tango en Argentina”, comentó sonriente.
El “Gordo” Carlos, joven organizador de una milonga y amante del tango original, señaló a La Cadena que “lo bueno de esto es que suma gente al tango, en especial chicos, que lo ven como algo fácil y que requiere sólo destreza física”. Sobre las diferencias con el baile tradicional, encogiéndose de hombros aseguró: “No hay problema, ya están adentro; cuando maduren y no sean tan ágiles y la vida les haya dado un par de golpes, van a empezar a bailar con sentimiento. El tango siempre te espera”.-

Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicada por la revista "La Cadena", de Holanda, especializada en Tango bailado.

(*) Aparentemente tenían razón "los escépticos" que se menciona en el texto. Esta nota fue publicada hace unos tres años, durante el auge del Tango Nuevo, y desde entonces hasta ahora, 2011, el entusiasmo ha declinado y todo indica que se trató de una moda que pronto quedará en el olvido o con pocos seguidores y, en el peor de los casos, será reemplazada por otra.

domingo, 17 de abril de 2011

EL BOSQUE PETRIFICADO MAS GRANDE DEL MUNDO ESTÁ EN CHUBUT


 El sur de la provincia de Chubut fue alguna vez fondo marino, luego una selva con lagos y pantanos en un clima subtropical y finalmente un desierto de rocas áridas, en el que como testimonio de ese pasado de decenas de millones de años hoy queda el bosque petrificado más grande del mundo.



 En la soledad de la meseta del sur de Chubut, a unos 150 kilómetros al oeste de Comodoro Rivadavia, la ruta provincial 26 hace una curva cerrada tras la cual surge a la vista el verde valle del río Senguer, regado por una red de canales originados en este curso de agua, en el que dos grandes lagos flanquean una de las ciudades más antiguas de la Patagonia: Sarmiento. A 30 kilómetros de allí, en un ambiente agreste, seco y pedregoso, se encuentra el mayor bosque petrificado del mundo.
La ruta corre lejos del lago Colhué Huapi y antes de bordear el Musters pasa por el acceso a Colonia Sarmiento, tal el nombre con que fue fundada en 1897 esta comuna de unos diez mil habitantes. En su valle se cultivan hortalizas y frutas, se cría ganado ovino y bovino y constituye un oasis para quien haya soportado durante horas el intenso viento seco del desértico Corredor Central de la Patagonia, especialmente si viaja sobre dos ruedas, como fue en este caso. Pero si la meta es el Bosque Petrificado José Ormaechea se debe continuar de la entrada un centenar de metros y girar a la izquierda, hacia el sur, y rodar otros 30 kilómetros por un camino de ripio.
Al alejarse del valle, el verde desaparece y nuevamente el terreno se torna rocoso, con tonos grises y amarillentos, y la escasa vegetación la conforman arbustos retorcidos y matas bajas, espinosas y polvorientas. El canto rodado obliga a bajar la velocidad para no derrapar o caer en las curvas, donde el viento acumula sobre el suelo duro varios centímetros de piedras ovales y suaves que desestabilizan cualquier vehículo.
Pronto aparecen las típicas mesetas escalonadas y sierras aisladas de la Patagonia, precedidas por un conjunto de leves lomas de estratos rojizos y ocres, con finas franjas blancas, que contrastan con el cielo azul impecable del mediodía. Cada capa fue conformada en un período geológico de duración inconcebible para los tiempos humanos, por lo que se podría decir -parafraseando a Napoleón ante las pirámides egipcias- que desde esos estratos, unos cien millones de años nos contemplan.
Al final del camino, aparece el valle que una vez fue fondo marino, donde al retirarse el océano quedaron lagos y pantanos en un clima subtropical, que albergaron una fauna variada -probada por los muchos hallazgos paleontológicos de la zona- y una selva con coníferas y palmeras que llegaban a los cien metros de altura. Al surgir la cordillera de los Andes en la Era Paleozoica o Terciaria, hace unos 70 millones de años, los vientos del Pacífico perdieron su humedad al oeste de las montañas y azotaron áridos y furiosos la región, lo que sumado a erupciones volcánicas acabó con ese vergel.

ARBOLES DE PIEDRA
En la entrada de la reserva natural se encuentra la casilla de los guardaparques, donde hay que estacionar e iniciar el recorrido a pie con un guía, que puede ser de la municipalidad o particular contratado en la ciudad. El bosque petrificado Ormaechea no es -aunque su nombre lo sugiera- un bosque, es decir un conjunto de árboles de piedra, como esculturas enhiestas, sino sus restos tras un proceso de fosilización.
El circuito turístico, de unos dos kilómetros con media docena de miradores, algunos de los cuales permiten observar en toda su amplitud el Valle Lunar, cuenta con unos carteles con referencias para autoguía. Sin prisa, se puede completar el recorrido en algo más de dos horas.
Pero el bosque es mucho más grande: Tiene unos 80 kilómetros de norte a sur por cuatro de ancho, y alberga decenas de miles de troncos, ramas, astillas, frutos y semillas fosilizados. Los millares de gruesos troncos, de tonos marrones, rojos y amarillos, descansan junto al sendero o dispersos por el valle, salvo algunos que por su tamaño o forma especial fueron colocados en puntos claves para una mejor observación.
El perfecto estado de conservación engaña la vista, ya que parecen rollizos o leños cortados y secados recientemente, en algunos casos con su corteza y ramas diminutas, pero basta tocarlos para sentir la frialdad mineral o golpearlos suavemente con una astilla para oír el sonido seco del choque entre dos piedras. En algunos troncos cortados transversalmente se ven con claridad los anillos de su crecimiento, mientras en otros la erosión horadó ventanas de variado tamaño o huecos longitudinales que los asemejan a rústicos tubos.
El fuerte viento patagónico puede convertir en pocos minutos una tarde de sol radiante en una opaca y encapotada, o llenarla de rápidas nubes que se deslizan sobre las formas del valle en un verdadero juego de sombras que magnifica la belleza del lugar.

IMPACTO AMBIENTAL
Los senderos turísticos están delimitados con pequeñas piedras o restos de los mismos fósiles y carteles, y los guías destacan que es importante no salirse de ellos aunque el terreno parezca de arena firme, porque es peligroso. No para la gente, sino para el ambiente, porque esos arenales pueden estar llenos de semillas, hojas y diminutas astillas fosilizadas, que se romperían o se perderían en los calzados de los desaprensivos visitantes. Como en el cuento de Ray Bradburry en que un hombre pisó una mariposa en el pasado y puso en riesgo el mundo presente, acá muchas pisadas en el suelo presente pueden destruir una parte importante del pasado millonario de la Patagonia.
Sin embargo, la mayor depredación sucedió en la década del 60, con el auge petrolero en Chubut, cuando los empresarios del sector descubrieron el lugar y los camiones salían cargados con grandes fósiles que iban hacia el exterior, ante la vista impotente de los lugareños. Para evitarlo, en 1970 el valle fue declarado Reserva Natural Provincial.
Pero parte del daño también es responsabilidad de los mismos patagónicos, ya que en los poblados cercanos y aun en Sarmiento, hace pocos años numerosos vecinos ostentaban en sus jardines y frentes algún trozo de madera petrificada, que ahora muchos trasladaron al patio trasero o a algún sitio oculto, y quizás unos pocos los devolvieron a donde deben estar, porque gracias a una importante campaña municipal de concientización la depredación no sólo es ilegal sino también algo vergonzoso.
En los últimos tiempos, Sarmiento incorporó un equipo de guardaparques y guías oficiales, lo que hizo disminuir en gran medida la “depredación hormiga” que practicaban muchos de sus cerca de 10 mil turistas anuales, a veces con un guiño cómplice del guía, que falto de conciencia ambiental sólo pensaba en la propina que recibiría.
También la naturaleza impacta a su manera esta reserva, ya que en invierno la escasa humedad se condensa en las grietas de las maderas petrificas, donde se transforma en hielo y a veces éstas estallan por la presión, por lo que cada año algunos troncos son convertidos en astillas.
El polvo que el viento levanta de este desolado valle se expande imperceptible por la región y genera unos hermosos crepúsculos rojo sangre, más bellos aún si se reflejan en sus lagos, donde bandadas de aves zancudas se elevan contra el sol en el momento exacto para la postal.-



Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la Revista Rumbos y, en menor tamaño, en la Agencia de Noticias Télam

sábado, 9 de abril de 2011

LIHUÉ CALEL ES UN OASIS EN EL DESIERTO DE LA PAMPA SECA

 Unas elevaciones azuladas, como una pincelada apenas más oscura que el cielo, se destacan en el lejano horizonte de la pampa seca, cubierta de bajos pajonales hasta el fin del mundo visual. Tras un largo viaje por la ruta solitaria pueden parecer otro espejismo de los que la mitología urbana adjudica a todos los desiertos, pero son reales: las sierras de Lihué Calel.




En el centro sur de La Pampa, una de las zonas más yermas del país, estas serranías lindantes con un salitral mantienen un microclima especial, una bocanada de humedad con una biósfera tan compleja como sensible que motivó la creación del Parque Nacional Lihué Calel para protegerla. Con pequeños bosques y dos arroyos que no siempre tienen agua, sus 20 mil hectáreas son hábitat de una variedad faunística insólita para la región: 173 tipos de aves, 42 de mamíferos, 25 de reptiles y cuatro de anfibios, además del 50 por ciento de las 850 especies que componen la flora de la provincia.
También hay restos arqueológicos de los primeros habitantes de esas tierras, como enterratorios y pinturas rupestres, y los que quedaron de la historia posterior, que incluye la dinastía de los Curá, las rastrilladas indígenas, la Campaña al Desierto y la estancia Santa María, expropiada en 1964 por la provincia y luego traspasada a Parques Nacionales.
Las sierras no son un espejismo, pero su imagen no está exenta de las ilusiones ópticas con que juegan todos los desiertos, porque no son tan altas como parecen desde la ruta al contrastar con la hasta entonces infinita llanura, ya que la más elevada no llega a los 600 metros. Luego, de cerca, se comprobará que tampoco son azules.

LA RUTA DE LA MUERTE
En un recorrido que para el centralismo capitalino podría ser un “viaje al revés”, esta aproximación a Lihué Calel no es la típica desde Buenos Aires, con parada en Santa Rosa -como sugiere la mayoría de las guías- sino desde el sur, entrando desde Río Negro y rodando los últimos 120 kilómetros hacia el este por una recta interminable de la ruta nacional 152.
Durante horas, el camino es una línea gris que avanza por suaves lomas entre dos llanuras simétricas de matorrales opacos, a veces cubierta por espesas nubes de polvo amarillento generadas por lo que queda del viento patagónico, que aún en esas latitudes se hace sentir con fuerza con el gentilicio de El Pampero. A la 152 todavía la llaman “la ruta de la muerte” -como a otras en varias provincias- debido a su historia de accidentes fatales  causados por la monotonía y soledad del trayecto, que derivan en sueño o entumecimiento de reflejos en los conductores, aunque también por el viento.
Tras esa recta aparece Puelches, que a pesar de su aspecto de pueblo fantasma es una parada obligada debido a su estación de servicio y su cafetería, que garantizan la continuidad del viaje hasta una próxima urbe. Los siguientes 35 kilómetros pasan rápido y luego de una seguidilla de curvas y contracurvas aparece a la izquierda una construcción semejante a una tranquera, que es la entrada al parque, al que varias cartografías y la Dirección Nacional de Vialidad Nacional se empeñan en llamar Lihuel Calel.

EL OASIS
Dentro de la reserva, un camino de ripio en suave pendiente baja hasta el pedemonte, donde junto al arroyo Namuncurá -un agonizante hilo de agua entre rocas y pastos- se encuentra el camping, con sus mesas, sanitarios y duchas, en medio de un bosque de caldenes y sombras de toro, bajo los cuales la retama y la hierba lucen un verde fresco y zumban numerosos insectos que se guarecen del calor. Sobre un promontorio cercano está la oficina de los guardaparques.
Ya en el camping las sierras pierden su tono azulado y en sus numerosas rocas de origen volcánico fragmentadas predomina el rojo oscuro, con espacios verdosos, blancos y amarillos, según los líquenes, residuos salitrosos y minerales de su superficie.
Con un poco de audacia y bastante agua de reserva, en las tardes es posible recorrer los seis kilómetros de la senda peatonal que bordea el Namuncurá, al final de la cual, siguiendo el curso del Arroyo de las Sierras hacia la izquierda, se caminará por el sendero de interpretación Valle de las Pinturas. A la derecha de éste se verán los restos del casco de la estancia Santa María.
Ese recorrido conduce a las pinturas rupestres y cuenta con carteles indicadores y explicativos sobre estas obras, que están al final de sus 600 metros, bajo un alero natural de piedra. En los petroglifos, de más de mil años de antigüedad, predominan las líneas negras sobre ocres y rojo ladrillo intenso, con figuras a veces geométricas, similares a guardas, y círculos concéntricos. 
El ascenso al cerro De la Sociedad Científica es uno de los paseos más interesantes y culmina en el mirador natural de la cima, a 590 metros de altitud, desde donde se domina con la vista todo el parque y sus alrededores. El cielo está siempre dominado por los rapaces de la región, como águilas, jotes, caranchos y halcones, que sobrevuelan en círculos en busca de alimento o simplemente flotan aprovechando las corrientes de aire cálido.
Si bien la subida demanda una caminata de mediana dificultad de unos mil metros de extensión total, es recomendable hacerlo muy temprano, porque en las horas más tórridas el visitante corre riesgo de una insolación o deshidratación, ya que difícilmente pueda portar toda el agua necesaria.
Otra opción es el recorrido circular del Valle de los Angelitos, que parte de las oficinas de los guardaparques, en el cual se pueden avistar desde muy cerca, bajo caldenes y sombras de toros, familias de guanacos, jabalíes y hasta algún ciervo colorado descansando en la quietud de la siesta, semioculto entre espinales y alpatacos. Como todos los recorridos, se puede realizar a pie, pero sus aproximadamente 15 kilómetros hacen aconsejable utilizar algún vehículo
El parque alberga otras especies que sólo se pueden ver con más paciencia o suerte, entre ellos el zorro gris, el ñandú, la mara y la iguana colorada. Otras, nunca se acercan a la zona de uso público, en especial felinos, como el puma, el gato del pajonal y el gato moro, aunque su presencia está comprobada dentro de las 20 mil hectáreas de la reserva, que con la  anexión del vecino Salitral de Levalle  serán más de 32 mil. 
A diferencia de otros parques nacionales, nadie va a Lihué Calel de vacaciones. La mayoría de las visitas son gente de paso, que ha aumentado desde que la ruta fue arreglada y muchos la utilizan para ir a San Carlos de Bariloche, o quienes lo hacen por un motivo puntual, como los fanáticos de la observación de fauna y estudiosos de la biodiversidad.
También llegan contingentes de alumnos de colegios y universidades de La Pampa, en salidas de esparcimiento y contacto con la naturaleza o como parte de su formación. 
Como el acceso y uso del camping son gratuitos, a veces paran viajeros a quienes la noche los alcanza en la Ruta de la Muerte y, aunque ahora está asfaltada, bien señalizada y más concurrida, el mote no deja de inquietarlos y prefieren no conducir y pernoctar en ese pequeño oasis.



Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la revista Rumbos y en la Agencia Télam

lunes, 7 de marzo de 2011

LA CAVERNA DE LAS BRUJAS


 Un punto oscuro resalta sobre el gris de la ladera este del cerro Moncol, en el sur de Mendoza,  y a la distancia semeja  una pequeña hendija, pero tras un ascenso de baja dificultad se llega a él y es una entrada de unos ocho metros de ancho por casi dos de alto. Se trata de la Caverna de Las Brujas, que debe su nombre a una leyenda indígena de la época de los malones y cuya red de túneles, galerías y salas lleva a sorprendentes paisajes en la profundidad de la montaña por más de cinco kilómetros.
  
Estalactitas, estalagmitas, columnas, mantos, chorreos, salas y oscuras grietas de profundidad imprecisa son allí el resultado de movimientos sísmicos, acomodamientos y otros procesos, en especial la circulación de agua y lodo, en los que la terminación fina la dan los goteos de millones de años.
Algunos hablan de “Las entrañas de la montaña”, otros de "el corazón del cerro", entre otros lugares comunes para referirse a este recorrido. En esa tendencia a antropizar la naturaleza, esos conductos naturales bien podrían compararse a las ramificaciones de un sistema capilar o a un aparato digestivo en escala gigante.
La entrada está a 1.930 metros de altitud y tras pasar ese umbral se entra en una penumbra absoluta, en especial por el contraste con la claridad de esa zona de Malargüe, con típico cielo diáfano de altura. Tras caminar pocos metros se llega a la primera sala, la de la Virgen, donde los guías hacen una parada y piden silencio para que el visitante perciba con todos los sentidos el interior de la montaña: negrura total, inmensidad, frío y lejanos sonidos del viento en el exterior o de goteos en las profundidades.
La Sala de la Virgen, que recibió es nombre por  contar con una piedra similar una imagen de la Virgen,  mide unos 30 metros por 20 y seis de alto, pero esta amplitud se acaba pronto, porque de allí, con las luces de los cascos encendidas, hay que internarse por estrechos pasadizos y hasta arrastrarse por túneles en zigzag, con pendientes ascendentes y en declive.
Tal es el caso de La Gatera, llamada así porque la única manera de atravesarla es gatear su decena de metros, en una experiencia no apta para claustrofóbicos ni gente demasiado robusta.
En la Sala de las Columnas, las estalagmitas se unieron con la estalactitas y ya no hay goteo sino un incesante y casi imperceptible correr de agua que continúa con su lento depósito de minerales que ensancha las columnas.
Cada centímetro de estas agujas que cuelgan de los techos o surgen del piso tarda en formarse unos 1.300 años, lo que habla de la millonaria antigüedad de las columnas y explica por qué está prohibido tocarlas o interrumpir el proceso de goteo.
Otras formas también llevan el nombre que su imagen sugiere, como El Chancho, La Boca del Tiburón, La Calavera y la Estalagmita Gigante, que mide 1,58 metro de alto y 1,26 de diámetro.
Afuera, el sol y la sequedad del ambiente tornan ardiente cualquier superficie de piedra, pero adentro la temperatura baja y la humedad es alta, por lo que es conveniente un abrigo liviano aún en verano.
El piso es sólido, suave y resbaloso, casi siempre húmedo, por lo que es necesario calzado con suela labrada o antideslizante. Pocos sectores tienen pedregullos sueltos y hay numerosos escalones naturales, a los que los guardaparques agregaron sogas para sostenerse, a modo de pasamanos, además de redes de contención en zonas de grietas, y un par de escaleras de metal armadas en el lugar.
Las paredes son frías, muy húmedas, algunas oscuras y otras con prevalencia de tonos amarillos y rojizos, en tanto los techos de las salas están abovedados y tienen cristales que brillan y reflectan los haces de las linternas.
Los guías acostumbran asombrar a los turistas con un experimento, que consiste en apagar todas las luces y en la oscuridad disparar un flash contra una pequeña piedra, la que luego retiene la luz, en un color naranja, durante varios segundos y se asemeja a un velador. Esta prueba, que también la hacen, con igual resultado, sobre ciertas paredes es sólo posible en los lugares donde la roca es caliza y cristalizada -carbonato de calcio-, y genera reflejos encadenados aún después que se apagó la fuente de luz.
Otras salas, vinculadas entre sí por numerosos pasadizos, galerías y túneles, son la de La Flores, donde abundan coloridos corales, y la de Los Derrumbes, sembrada de grandes bloques caídos, sobre los cuales se formaron varias estalagmitas.
Algunos espacios donde se puede descansar y relajarse después de pasar por los ajustados pasillos, son las salas de la Madre y de las Arenas, la Cámara de los Dioses y el Jardín de las Brujas.
El nombre de la caverna se remonta a una leyenda de la época de los malones, cuando los indios capturaron a varias mujeres "blancas", dos de las cuales fugaron y entraron al túnel de este cerro. Sus perseguidores esperaron en la entrada varios días, hasta que vieron salir volando dos lechuzas y creyeron que eran las cautivas que se habían convertido en pájaro  para escapar, gracias a brujerías.
Al margen de las lechuzas y algunos murciélagos que se ven en las primeras salas, la fauna de la caverna es escasa y se limita a especies que pueden vivir sin radiación solar, como los colémbolos y los opiliones (pequeños arácnidos).
La Caverna de Las Brujas se encuentra a 71 kilómetros al sur de la ciudad de Malargüe –cabecera del departamento del mismo nombre-  por la ruta 40 y caminos de montaña y está abierta todo el año, aunque en invierno con un horario reducido. Los recorridos -que no se extienden por toda su longitud sino sólo varios centenares de metros- duran aproximadamente dos horas.
Esta Reserva Natural Provincial fue declarada Área Protegida por ley en 1990 y sólo se la puede visitar en compañía de un guía autorizado, tras gestionar la visita en agencias de viajes o la Secretaría de Turismo de Malargüe.


Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado por la Agencia de Noticias Télam - Argentina

jueves, 3 de marzo de 2011

CAFAYATE: EN LA QUEBRADA DE LAS CONCHAS, EL DESTINO ES EL CAMINO


Las numerosas y curiosas figuras rojizas de la Quebrada de las Conchas, en Salta, no requieren de un viaje extra del visitante para disfrutarlas, ya que lo acompañan como en una exposición a lo largo de unos 50 kilómetros junto a la ruta desde Cafayate, aunque siempre es bueno apearse y recorrerla a fondo.



La ruta 68, que conecta esta ciudad con la capital provincial, parte de Cafayate hacia el oeste como una recta impecable que atraviesa el verde cinturón de los viñedos que generan sus famosos vinos torrontés.

Después de unos letreros que indican las distancias hasta Salta capital y una localidad con el llamativo nombre de Alemania, en pocos minutos se llega a un paisaje opaco, con arbustos bajos y al frente sólo cerros azulados y algunas delgadas nubes posadas sobre sus crestas, que a la distancia semejan un manto níveo.
Se trata del Valle de Guachiras, donde la soledad de la siesta -si el viaje es después del mediodía- sólo es alterada por algunos burros que cruzan dubitativos la cinta asfáltica y rapaces que giran buscando carroña junto a la ruta. 
El  sol pega fuerte aún en el declinante verano salteño y el buen estado de la ruta y su desolación llaman a darle gas al motor.
Tras pasar el puente sobre río de las Conchas, una serie de curvas, badenes y toboganes obligan a aminorar la velocidad, pero el principal motivo para circular lentamente es poder admirar las extrañas formas de las rojas rocas arenosas a ambos lados, porque allí comienza la Quebrada de las Conchas, o de Cafayate.
Unos carteles en la banquina indican sus nombres -algunos obvios y otros rebuscados-, como El Sapo, El Fraile, La Yesera o El Obelisco -apodo generoso éste para una roca baja y cónica, casi piramidal.
Hay que avanzar a paso de hombre y detenerse continuamente a observar también una infinidad de figuras anónimas, pero cuya morfología es tan curiosa y atractiva como las que fueron bautizadas.  
En un badén, el cauce seco de un río tienta a salir de la ruta y remontarlo por la arena blanda, salpicando piedras y ayudándose con los pies. El asfalto se pierde a lo lejos, en los  espejos, e incontables figuras conforman un paisaje que recuerda a “Planeta Rojo” –la película ambientada en Marte-, aunque aquí ese color se alterna con amarillos, violetas, blancos y azules, en variada gama, en contraste con el cielo y algunas rápidas y blancas nubes.
Es momento de apearse y trepar hasta donde se pueda, al menos hasta la famosa Ventana Grande, y desde su marco contemplar el panorama a ambos lados; una vista superior a la del mirador de Tres Cruces -a pocos kilómetros-, destinado a quienes nunca abandonan el camino.
El descenso es más difícil y al llegar a la moto unas nubes azules, casi negras, impulsados por fuertes vientos en la altura, cubren de pronto el cielo y descargan pequeñas gotas muy frías. No hay dónde guarecerse y sólo cabe ponerse el equipo de lluvia y volver lentamente a la ruta. 
Pero los mismos vientos hacen que el aguacero pase tan rápido como llegó y entonces el sol, ya en declive, ilumina de lleno las imponentes paredes naranjas de Los Castillos, bajo los últimos nubarrones oscuros.
Más adelante, la Quebrada se estrecha, sus paredones son más altos y pronto aparece la Garganta del Diablo: un embudo de decenas de metros, semejante a una faringe gigante, con estratos que forman escalones en los que todos se sienten montañistas.
Dos kilómetros más adelante, también erosionado por el agua de cataratas que existieron hace millones de años, cuando el mar comenzó a retirarse del valle, está El Anfiteatro.
Se trata de un inmenso patio interno descubierto, con paredes de un centenar de metros de altura, al que se entra por una estrecha abertura y que tiene una acústica increíble que le dio el nombre.
Al caer la noche, la temperatura baja repentinamente como en todo lugar seco y de altura, pero no es aconsejable irse sino sólo abrigarse, para retornar lentamente y disfrutar por segunda vez del paisaje, esta vez de sombras bajo la magia de la luz de la Luna.
Para quienes realicen un paseo nocturno, un lugar recomendable es la zona de Los Médanos o Dunas, pequeños arenales blancos con composición de mica calcárea, ideales para ser recorridos bajo la claridad lunar, cuyo reflejo parece iluminar desde el suelo.

Por Gustavo Espeche Ortiz
(Síntesis de  dos notas publicadas en el Suplemento Internacional de Turismo del diario La Razón y en la Agencia de Noticias Télam)



martes, 22 de febrero de 2011

EL CRUCE DE LA CORDILLERA EN MULA POR LA RIOJA


Durante enero y febrero de 1817 varias columnas de patriotas cruzaron los Andes, como parte de la estrategia del General San Martín para derrotar a los españoles en ese país, lo que finalmente concretó en la Batalla de Chacabuco. Varios cruces cordilleranos conmemoran la gesta en estos meses, como el que se hace por San Juan, del que participé hace un par de años, y el de La Rioja, que integré en enero y tras el cual escribí esta crónica.

Argentinos y chilenos se abrazaron nuevamente en el hito fronterizo de Come Caballos, a unos 5.200 metros de altitud en la cordillera, a donde llegaron en mula para homenajear a los milicianos riojanos que hace 194 años cruzaron los Andes para arrebatarle las ciudades Copiapó y Huasco a los españoles, durante la gesta libertadora sanmartiniana.          
 El encuentro, del que participaron más de 200 argentinos y un grupo menor de chilenos, se realizó bajo un caliente sol andino, atravesado por esporádicas neviscas, en una jornada que comenzó con temperaturas bajo cero y en la que también hubo fuerte viento con aguanieve. 
La marcha empezó el sábado en el refugio Barrancas Blancas, a unos 4.000 metros de altitud en la cordillera riojana, en el que no existen comunicaciones electrónicas salvo por conexión satelital. 
  Desde ese punto, ubicado sobre la ruta que lleva al paso internacional de Pircas Negras, la caravana de unas 120 mulas y algunos caballos tomó hacia el sur y recorrió el lecho del río Salado hasta el refugio Come Caballos, acompañada por algunas camionetas cuatro por cuatro desde caminos de montaña cercanos.  Este segundo cruce cordillerano que organizó el gobierno de La Rioja se realizó en memoria de los 350 milicianos que, al mando de Nicolás Zelada y Francisco Dávila, partieron el 22 de enero de 1817 de Guandacol, en La Rioja, para tomar Copiapó y Huasco, lo que concretaron en febrero siguiente. 
La denominada Expedición Auxiliar Zelada-Dávila se realizó a pedido del General San Martín, con la intención de debilitar a las fuerzas realistas y asegurar su triunfo en la Batalla de Chacabuco al mes próximo, cuando cruzó por San Juan con el Ejército Libertador. 
El cruce, que comenzó este viernes, fue encabezado por el gobernador riojano, Luis Beder Herrera, en tanto al frente de los expedicionarios chilenos estuvo el alcalde de Copiapó, Maglio Ciacardini. 
La travesía fue en gran medida simbólica, ya que la expedición histórica partió de Guandacol, varios cientos de kilómetros antes que ésta, y porque ahora los expedicionarios chilenos no fueron directamente desde su país hasta el hito, sino que entraron por Pircas Negras hasta el refugio anterior, y de allí marcharon junto a los argentinos. 
De todos modos, las dos duras jornadas de marcha, siempre cuesta arriba y soportando las polvaredas en el lecho del río casi seco, lluvias heladas, repentinas nevadas y un sol que cuando despejaba subía la temperatura a más de 40 grados, fueron una buena forma de expresar el patriotismo y el homenaje a esos héroes. 
La dureza del empredimiento también se manifestó en los numerosos cuadros de "soroche", o mal de altura, que sufrieron quienes llegaban de zonas bajas, y la cantidad de analgésicos que entregó el equipo médico que acompañó a la caravana.
El refugio de Barrancas Blancas está en un espacio protegido de los fuertes vientos, pero en una zona de muy baja presión que genera un apunamiento mayor a otras zonas más altas, lo que frustró a algunos jinetes, quienes permanecieron todo el tiempo en la enfermería con oxígeno o fueron trasladados a un refugio unos mil metros más abajo.
El jefe del equipo médico, Mario Ramón Herrera, director del hospital de la localidad de Vichina, aclaró que fueron casos leves, muchas veces por descuido de la gente, que hacía esfuerzos indebidos, por una inadecuada ingesta de alcohol o por exceso de tabaco. 
Pero la dureza del trayecto comienza mucho antes, ya en la Quebrada del Troya, un camino de cornisa sinuoso, que corre en ascenso entre cerro marrones y junto al lecho de ese río, aunque muchas veces desde muchos metros más arriba.
Una muestra de su peligrosidad fue el accidente de un camión que transportaba mulas y volcó poco antes del refugio Barrancas Blancas. Si bien el conductor salió ileso, debieron sacrificar tres animales, en tanto otros seis sufrieron lesiones y tampoco seguirán en la expedición.
Tras partir de ese refugio sobre las mulas que avanzaban con su tranco corto y duro -mucho más seguro que el de los caballos- el trayecto fue oportuno para disfrutar de un desconocido paisaje de montaña, caracterizado por cerros mayormente monocromos en tonos marrón rojizo, que contrastan con el verde y amarillo de las vegas del Salado, que corre como un delta de finos hilos de agua transparente, con pequeños saltos hacia el este. 
El cielo despejado era de un azul profundo y las sombras de las nubes que llevaba el fuerte viento dibujaban numerosas figuras en las laderas, salvo cuando un manto gris lo cubría todo y anunciaba prontas precipitaciones pluviales o níveas. 
Los expedicionarios le agregaban color al paisaje, con los oscuros trajes de los gauchos argentinos, con sus adornos plateados y bordados en tonos rojos, y los atuendos celestes de sus pares chilenos, enarbolando ambos las banderas de sus países, y las de La Rioja y Copiapó. 
También se veían los relucientes uniformes de una guardia de Granaderos a Caballo llegada desde Buenos Aires que acompañaba a Beder Herrera, algunos uniformes verdes de personal del Ejército y de Gendarmería, y a numerosos particulares que lucían los ponchos riojanos y los rojos pañuelos federales que les regalaron los organizadores. 
Además de las autoridades, participaron de la expedición numerosos invitados, organizaciones tradicionalistas, gente vinculada a la historia y el turismo y un grupo de senderistas que hizo "trekking" desde el refugio Come Caballo hasta el hito del mismo nombre. 
El acto de homenaje se realizó en ese punto fronterizo, desde el cual se ven la quebrada del Salado bordeada de las rojizas faldas en Argentina y numerosos cerros más bajos, con mayor variedad de colores, del lado chileno. 
Luego de izar ambas banderas nacionales se entonaron los himnos de los dos países, se intercambiaron ofrendas y, para el cierre, hubo una invocación religiosa a cargo de un sacerdote riojano y otro de Copiapó.

Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la Agencia de Noticias Télam - Argentina