martes, 26 de octubre de 2010

OMAR VIOLA "TRAFICAMOS EROS EN UN MUNDO DE TÁNATOS"


Un reportaje a Omar Viola es un ejercicio sanamente estresante, porque es imposible distraerse un instante, ya que este hombre hiperkinético, que armó su primera milonga cuando aún no sabía bailar tango, se expresa tanto con palabras como con gestos y manos, responde las preguntas con ejemplos, comparaciones y anécdotas, y la conversación salta en el tiempo y el espacio.

En su milonga Parakultural, en el Salón Canning, se baila, pero también hay gente que pinta un cuadro, toma fotografías, ofrece flores en las mesas o vende poemas; las paredes son una exposición permanente de cuadros y fotos, y los tangos se alternan con exhibiciones de baile árabe o folclórico, jazz o recitados de poesía.
“A mí la milonga me gusta como una expresión cultural donde se refleje la vida de nuestra sociedad y quiero que cada uno se sienta a gusto, haciendo lo que le plazca. No dejo que se convierta en un centro comercial, pero quiero que la gente se sienta como en su casa”, explica.
Así es su conducta personal: Citó a La Cadena en un café del tradicional barrio de San Telmo. Al ver llegar al cronista se levanta entusiasmado y corre a recibirlo en la puerta, lo saluda con un apretón de manos y un beso, lo acompaña entusiasmado hasta la mesa, le ofrece la silla y ordena un café, como si fuera un amigo que lo visita en su hogar.
Viola es también uno de los fundadores de la Asociación de Organizadores de Milongas, pero en su relación con el tango nada fue espontáneo, sino germinado desde su temprana adolescencia en el sur del Gran Buenos Aires, donde nació hace 55 años.
“Siempre me atrajo mucho lo artístico, lo cultural. Durante mi infancia y adolescencia vivíamos una época de cambio social, y había un mandato de compromiso social muy profundo, que inclusive llegaba hasta la lucha armada para tratar de lograr una sociedad más justa”, recuerda, y de inmediato hace un gesto como de disculpas con las manos y agrega: “pero yo siempre odié las armas y todo lo que fuera violencia”.
¿Cómo mantuvo ese compromiso, sin violencia, durante los “años de plomo” de Argentina, en los 70? Cuenta que desde lo sindical, porque trabajaba en la sección limpieza de una empresa, donde intentó armar una cooperativa. “No me fue muy bien –admite-, porque había mucha gente marginal y llegaban a las reuniones borrachos, y al final terminaron ganándome, porque yo me emborrachaba con ellos”.
Entonces intentó “armar algo desde lo independiente y me acerqué a la música y al cine”. En esos años Viola tocaba el violín: “Le puse música a una película, y sentí que hacía algo que iba mejor conmigo”.
Pero siempre fue inquieto e inconformista y “el cine no era acción directa. Yo quería algo más directo y empecé con el mimo, porque veía que ahí estaba el cuerpo y la acción”.
Estuvo unos diez años con una compañía de mimo y participó de espectáculos en Buenos Aires y Alemania, pero con la dictadura militar sufrieron la censura de varias obras.

La palabra Parakultural nació en 1986, en un espacio de música y teatro participativo que organizó en un sótano de la calle Venezuela, en San Telmo, donde no se bailaba tango y fue lugar de encuentro de artistas, algunos ahora famosos.
Le vuelve la sonrisa al recordarlo: “Era un sótano que conectaba con la red de túneles antiguos que sirvieron para el contrabando o la huida en el nacimiento de la ciudad, que por supuesto estaban cerrados. Era muy insalubre, tenía una humedad brutal pero tenía mucha magia”.
En 1990 mudó su Parakultural a la calle Chacabuco, en el mismo barrio, donde armó su primera milonga. “Ahí empecé mi compromiso mayor con el tango, junto con María Pantuso, Olcar Ramírez y Julio Balmaceda. María me convenció de organizar una milonga, aunque no le gustaba el piso, que era desparejo y roto, pero yo no entendía mucho porque todavía no bailaba”.
Los tangueros recuerdan este Parakultural y La Catedral como las dos milongas de pisos más ‘difíciles’, con grietas y pliegues, y donde el ambiente espeso mezclaba olores de tabaco, humedad y un discreto espliego de marihuana.
Viola lo admite pero aclara que “jamás hubo problema por la droga, porque lo único que se podía era fumar un porro, otra cosa no había. En realidad no se podía, porque estaba prohibido, como ahora, pero entre tanta gente alguien lo hacía y lo dejábamos, porque yo creo que las drogas no tendrían que estar prohibidas”.
Luego sostiene que “la marihuana favorece el encuentro”, pero rechaza la cocaína, porque “no me gusta a nivel estético ni por su efecto, porque el que consume se pone tenso, duro, y yo prefiero la gente que se relaja. Igual, yo no prohibiría nada”.
En esa época, comenzó a tomar a clases de tango, y confiesa “algo revelador que me pasó cuando fui a mirar a una milonga: veo una pareja que se detiene frente a mí en una pausa y quedan abrazados en un silencio, y yo entiendo que había todo un mundo sólo entre ellos. Entonces dije ‘si esto es el tango, yo quiero esto; me gusta esto que pasa entre estas dos personas, me encanta’”.
“Por eso me parece absurdo un campeonato de tango, es una aberración –expone con seriedad-. Creo que está hecho desde el punto de vista del marketing, no del punto de vista sustancial de la esencia del encuentro del tango”, y pregunta “¿Qué funcionalidad puede tener un campeón en una milonga? Ninguna”, responde.
También relata divertido su primer baile en una milonga: “Fue en el 91, en Unione e Benevolenza; tocaba la orquesta de Gigí de Angelis y el salón se llenó. Yo entré con una compañera de clases y fue un desastre, porque yo estaba acostumbrado a bailar en las clases y ahí era distinto, me cruzaba mal, chocaba, estorbaba, pero sobrevivimos. Después me agarró la adicción y quise ir siempre a la milonga”.
El Parakultural duró en Chacabuco hasta 1996, cuando cerró por presiones del dueño de un albergue transitorio vecino, quien se quejaba de la falta de privacidad que generaba el movimiento de gente a la noche, lo que la restaba clientes.
“Después, en el 97, los del Torquato Taso me dijeron que fuera con ellos, que tenían un subsidio del Estado, que yo era muy importante para la cultura, que iba a poder hacer mi proyecto y todo lo que quisiera, pero lo que les interesaba era quedarse con el público que yo convocaba, y al mes y medio me fui”.
De allí trasladó el Parakultural al ex teatro Arlequines, mientras en 1998 creaba La Catedral, en una fábrica abandonada del barrio de Almagro, y también experimentaba con una milonga callejera en La Boca. A fines de los 90 mudó el Parakultural al Salón Canning, donde aún permanece con las características descriptas.
A principios de 2005 –después del incendio de la disco Cromañón, donde murieron casi 200 personas- cerraron muchos locales bailables, entre ellos La Catedral, por falta de seguridad. Con resignación, acepta: “La Catedral fue cerrada, clausurada, y ese lugar es un emblema de algo que parecía imposible: este renacimiento verdadero del tango. Era un espacio independiente y convocaba a gente de todas partes del mundo, sin ser un sitio ‘for export’, que generalmente dan vergüenza, porque son una caricatura, con sus banderitas y lucecitas, un tango que no existe en la realidad”.
Sobre sus últimas experiencias, cuenta que tuvo durante unos meses La Nave de los Sueños, en el centro, y luego llevó esa propuesta, “Culto Orillero”, a Plasma, un local del barrio de Barracas, con la intención de retomar la idea del primer Parakultural, pero esta vez con espacio para bailar tango.
Viola es un innovador, pero desconfía de algunas innovaciones como las milongas gay y el tango electrónico: “Yo apoyo que haya una milonga gay, pero no tendría que haber una milonga gay sino milongas abiertas para todos, porque lo maravilloso es que se mezclen las nuevas tendencias y la gente tradicional”.
Del tango electrónico opina que “es muchas veces una postura conceptual y no es sustancial, porque hay mucha gente que sólo copia, mezcla algo creado por otro con otra cosa, para fabricar tango electrónico porque es algo que se vende, por oportunismo. Igual, para mí es válido, prefiero que pase eso a que no pase nada”.
Al cierre del reportaje, reflexiona sobre la violencia y las guerras y reitera: “Mi posición humilde está lejos de las armas, al contrario, está por el amor, y lo pongo en práctica gracias al tango. Quienes organizamos milongas, traficamos Eros en un mundo de Tánatos”.
Como si estuviera en su casa, acompaña al periodista hasta la puerta del café y, cuando vuelve a su mesa se despide con la frase que siempre cierra sus alocuciones ante el público tanguero: “¡Que siga la milonga!”.


Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicado en la revista La Cadena, de Holanda, especializada en Tango)
*


lunes, 7 de junio de 2010

LOS JAPONESES CAMPEONES MUNDIALES DE TANGO

“CUANDO EMPEZAMOS A BAILAR TANGO, NO CONOCÍAMOS EL ABRAZO”




Una vez le preguntaron a su maestro de tango cómo abrazarse, y éste les respondió que lo hicieran de forma natural, entonces le preguntaron qué era un abrazo natural, porque en Japón no es natural abrazarse. Aprendieron y, el año pasado, Kyoko y Hiroshi Yamao ganaron el Campeonato Mundial de Tango en la categoría Salón, donde lo importante es el abrazo.



Parecen dos adolescentes: ella, pequeña y ágil, con ojos vivaces y risueños que ocupan gran parte de su rostro; su piel es tersa y tiene una expresión fresca de estudiante secundaria. Él es espigado y usa la típica barba rala de un joven que quiere parecer mayor. Pero Kyoko tiene 35 años y Hiroshi 39, y una carrera juntos que tuvo su apogeo el 29 de agosto de 2009, en el estadio Luna Park, cuando se consagraron campeones mundiales de Tango Salón.
El reportaje con este matrimonio se realizó en dos lugares. Primero, una milonga de la calle Niceto Vega, en Palermo, a la que fueron a ver una exhibición de los campeones del año anterior, Daniel Nacucchio y Cristina Sosa. Allí Hiroshi recibió a este corresponsal con un saludo al estilo argentino: un abrazo y un beso. También Kyoko.
- ¿Qué sintieron al momento de ganar?
- Estábamos esperando, como todos -cuenta Kyoko-, nerviosos, y cuando el locutor comenzó a decir lentamente el número, “trescientos noventa y...” yo supe que éramos nosotros, porque quedaban muy pocos de 300 y el nuestro era 397.
- Yo me había olvidado nuestro número -confiesa Hiroshi- y en ese momento repetía “ojalá que sea el nuestro”. Cuando dijeron 397 nos emocionamos, lloramos, reímos, nos abrazamos y no me acuerdo mucho más porque enseguida estábamos rodeados de gente que nos felicitaba, abrazaba y besaba, y las fotos y la alegría de amigos y bailarines.
Entre tanta algarabía en el escenario, hubo un momento en que Hiroshi giró la cabeza y exclamó un larguísimo “¡Fabiiii!” y abrazó a su maestro, Fabián Peralta, campeón mundial de Tango Salón -junto a Natacha Poberaj- en


2006.





- ¿Cómo entrenaron para el campeonato?

- (Hiroshi) Nada especial, la práctica de siempre. El año pasado participamos, pero llegamos a Argentina el mismo día de la final y no estábamos bien físicamente y no pudimos hacerlo bien. Este año vinimos dos meses antes, para aclimatarnos, ensayar con nuestro maestro, Fabián, y llegar descansados.
De a ratos, la charla se interrumpe y salen a bailar como una pareja del montón, como aseguran que lo hicieron en todas las instancias del campeonato. Bailan un mesurado estilo milonguero, siguen la ronda y marcan los pasos con precisión, sin figuras ni movimientos aparatosos, aunque algo rígidos, demasiado prolijos, como si el título les pesara en los hombros y supieran que todos los miran y no pueden cometer el mínimo error.
Hiroshi es de Kawasaki pero vive en Tokio, donde abandonó su trabajo en una fábrica de autopartes por el tango, al comenzar a bailarlo hace nueve años sin práctica alguna en otra danza. Ella, que era empleada y escribía textos periodísticos, llegó a la capital japonesa desde Yokohama, con experiencia en danza contemporánea, y entró al tango un año después, con él.
“Nuestros alumnos toman el abrazo sólo como una posición para
bailar,
entonces les explicamos que debe ser con sentimiento”

Un japonés de otra mesa invita a Kyoko y van a la pista.
- ¿Acostumbran bailar con otras personas?
- En general, yo no invito a bailar a desconocidas, pero a ella a veces la sacan, y acepta, pero preferimos bailar entre nosotros. En Argentina, cuando un desconocido quiere bailar con Kyoko me pide permiso; en Japón nadie pide permiso. Eso tenemos que enseñar a nuestros alumnos japoneses: los códigos del tango en Buenos Aires.
- ¿Qué es el tango para ustedes?
- Antes era sólo baile, después fue un misterio y ahora es una herramienta de comunicación y placer. De comunicación entre nosotros, porque cuando mejor bailamos mejor es la relación de pareja, y por eso queremos siempre mejorar nuestro baile.
- ¿Es difícil enseñar tango a los japoneses?
Kyoko, de regresó a la mesa, responde:
- Es difícil enseñarlo, como nos fue a nosotros aprenderlo. A nosotros nos costó mucho el abrazo, la corta distancia, el contacto cercano, pero ahora tenemos experiencia y podemos enseñar el sentido de todo eso. Nuestros alumnos toman el abrazo sólo como una posición para bailar, entonces les explicamos que debe ser con sentimiento. Cuando empezamos, nosotros desconocíamos el abrazo; le preguntamos al maestro cómo era el abrazo y nos respondió que debía ser un abrazo natural, pero no sabíamos cómo era natural, porque allá no es natural abrazarse.


La entrevista siguió un mediodía, en un restorán de Córdoba y Callao, donde compartían un almuerzo porteño: pollo al horno con papas.
Allí contaron que después de iniciarse con Kasumi Kuwabara, una de las pocas maestras de tango salón de Tokio, viajaron a Buenos Aires en 2006, y casi un año tomaron clases con Fabián y Valentina Villarroel, quienes les armaron una coreografía con la que en 2007 obtuvieron el tercer puesto en el Mundial, categoría Escenario, además del sexto en Salón.



“Los porteños -dice Kyoko- tienen una personalidad muy particular y cada uno su pensamiento, y está orgulloso de ello; en Japón, todos imitan o no tienen su característica propia, todo es más uniforme”.

Hiroshi asegura que este título producirá cambios en el tango en su país: “En Japón no se bailaba mucho tango salón, pero desde nuestro sexto puesto en 2007 empezó a cambiar y ahora se baila. Antes se bailaba más escenario, porque el único contacto era la visita de bailarines argentinos de escenario, que mostraban sus habilidades y entonces la gente quería imitarlos y querían aprender ganchos y figuras tipo profesional, pero eso está cambiando”.
A Kyoko le gusta bailar D'Arienzo, con Echagüe, y él prefiere a Fresedo, con Roberto Rey, y sus milongas predilectas son Sunderland, la Baldosa y Glorias Argentinas. “Las tradicionales, de barrio -explica Hiroshi-. A veces, sólo cuando vienen amigos del exterior, vamos a las del centro, del circuito para extranjeros”.-


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 CAMPEONATOS Y SOSPECHAS


Para los milongueros, el Campeonato Mundial de Tango es algo poco importante, una cosa ajena y lejana, reservada para profesionales o aspirantes a serlo, que le dedican el máximo de tiempo y esfuerzo, como en una carrera universitaria.


Además, desconfían de los jueces, porque así como resultó sospechoso que en 2008 aumentaran el número de finalistas para que entrara Maxi Copello (hijo del maestro Carlos Copello), en 2009 el rumor fue que se buscó beneficiar al turismo después de una muy mala temporada, y por eso ganó una pareja de Japón, un excelente mercado emisor de turistas de buen poder adquisitivo y admiradores del tango.
“En la Secretaría de Turismo están estudiando si el año próximo conviene darle el campeonato a Australia o Israel”, ironizó un colega que cubría el campeonato.
Sobre Hiroshi y Kyoko, todos coinciden en que son simpáticos, agradables y saben bailar, pero también dicen que tienen defectos de baile que un campeón no debería tener: flexionan las rodillas, miran el piso, son rígidos y poco naturales, “parecen empalados”, comentó el amigo.
Pero la verdad es que todos los participantes del campeonato parecían bailar igual, como queriendo demostrar en cada paso, casi milimétricamente, cuán bien cumplían con las reglas de la milonga.
Algunos finalistas permanecieron en Buenos Aires después del campeonato e iban a las milongas. En la pista parecían forzados a ser perfectos, como si estuvieran siempre bajo los ojos del jurado, mientras junto a ellos otros milongueros disfrutaban de un baile cargado de la naturalidad, soltura y picardía del tango argentino, totalmente desinteresados de los campeonatos, y sobre todo pleno de la personalidad de cada uno.-



Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicada en la revista La Cadena, de Holanda, especializada en Tango)


miércoles, 19 de mayo de 2010

EL CONCIERTO MÁS LARGO DEL MUNDO

*

TOCÓ GUITARRA 100 HORAS PARA EL GUINNESS Y A BENEFICIO DE VICTIMAS DELTERREMOTO EN CHILE

Una nueva marca para el Libro Guinness de los Records estableció en Chubut el guitarrista argentino Guillermo Terraza, al tocar 100 horas seguidas, a beneficio de las víctimas del terremoto en Chile.

El fin de semana viajé a Comodoro Rivadavia, la capital del petróleo, para cubrir El Guitarrazo, que había empezado el miércoles mi amigo Terraza en esa ciudad del Atlántico. A Guillermo lo conocí en Italia en 2003, cuando dirigía la compañía en la que tuve una breve experiencia bailando tango de manera profesional durante los Festivales de Verano en ese país.
El llamado "Concierto Más Largo del Mundo” se realizó en el club de boxeo La Fábrica (en la ex planta de Kenia). Lo acompañaron en forma rotativa otros músicos, bailarines y cantantes, ante un público que también se iba renovando con el correr de las horas.

A las 23.11 del sábado sumó 73 horas y 16 minutos, con lo que destronó al indio Akashap Gupta, quien en 2009 había tocado 73 horas 15 en su país. Guillermo quería llegar a las 120 pero los médicos no le autorizaron más de 106, por lo que se conformó con completar la marca fijada en 100.

En la madrugada del sábado, cuando iban unas 55 horas, cabeceó algunas veces y parecía que su vigilia acababa, pero el público y artistas que lo acompañaban reforzaron su aliento, en tanto médicos y enfermeros le colocaban compresas frías en los músculos que comenzaban a agotarse. En la tarde y noche de ese día llegaron nuevos amigos y colegas y su ánimo pareció renovarse.
Llegada la noche nuevamente entró en una etapa que parecía de transe, como dormido con los ojos abiertos, y en los descansos de 30 segundos entre los temas, hablaba poco y me parecía que hilaba con dificultad las frases.
Después del concierto, me contó que es una técnica de concentración que usa para descansar el cuerpo y mantener la mente despierta; algo así como el "sueño blanco" de los colectiveros y camioneros, aunque menos riesgoso.
Además, acumulaba los cinco minutos de descanso por hora que permite el Guinness para tomarse una hora completa, aunque hasta la madrugada del domingo casi no había dormido y sólo recibía masajes. Después de las 4 de ese día, se tomó su primera siesta verdadera, cuando ya estaba disfónico, con unas amplias ojeras y las yemas y uñas destrozadas, pese a que sus asistentes los cubrían con bálsamos, cicatrizantes y hasta La Gotita.


El domingo a la tarde llegó a las 90 horas y la euforia del publico y amigos parecía renovar sus fuerzas a cada momento. Se levantaba, se envolvía con la bandera argentina, tocaba de pie y animaba a los otros músicos.
A la 1.54 del lunes, el reloj que contaba los segundos -que fueron coreados por el público en el último minuto- pasó de 99.59.59 al cero total, al llegar a su límite de 100 horas, pero él siguió unos minutos más, sin dejar la guitarra mientras lo felicitaban, lo abrazaban y lo besaban.
Luego el escenario y quienes estaban en él fueron regados con champán y, tras recibir el certificado del fiscal del Guinness, Mike Janeta, quien llegó desde Nueva York para el Guitarrazo, Terraza se entregó a un descanso reparador.
Sin embargo, durmió sólo cinco horas y a la noche me invitó a una cena para un reducido grupo de amigos, en la que él cocinó unos fideos con una espectacular salsa de frutos de mar. Creo que está totalmente loco, qué bueno.
Terraza nació en Comodoro y entró al Libro Guinness en 2000, al tocar 36 horas seguidas en esa ciudad. Luego se superó tres veces en Italia -donde reside- al tocar 41 horas en 2003, 42 en 2005, y 50 horas en 2008.
Para obtener fondos durante El Guitarrazo, se colocaron urnas para donaciones, se realizaron sorteos y se cobró 10 pesos la entrada, todo fiscalizado por la Federación de Comunidades Extranjeras de Comodoro, que reúne 23 grupos de inmigrantes. De todos modos, hasta ayer, la Secretaría de Cultura de Comodoro no me supo informar cuánto se recaudó.
La organización estuvo a cargo de la Municipalidad local y contó con el apoyo del gobierno de Chubut, la Federación de Comunidades Extranjeras y el Consulado de Chile.-

Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicado parcialmente por la Agencia de Noticias Télam - Argentina)


viernes, 14 de mayo de 2010

Parque Provincial TEYÚ CUARÉ


TEYÚ CUARÉ O “CUEVA DE LAGARTOS”, EN MISIONES

El camino es un tajo rojo que serpentea entre el verde y permite alejarse en pocos minutos de San Ignacio y pasar de esa isla urbana al tórrido ambiente natural de la selva.

Las calles empedradas, el incesante desfile de turistas con sombrillas y cámaras que visitan las ruinas jesuíticas y los vendedores de artesanías que los persiguen, quedan atrás y el trazado ondulante conduce al Parque Provincial Peñón del Teyú Cuaré, a ocho kilómetros de esa ciudad misionera, junto al río Paraná.
Sus 78 hectáreas son diferentes al resto de la provincia, tanto en su origen geológico como en flora y fauna. Es una zona de transición entre selvas mixtas y campos, con especies que migran de un ambiente a otro según la época, en especial una gran variedad de saurios. Por eso el nombre de Teyú Cuaré, que significa “cueva del lagarto”, en guaraní.
La tierra colorada es sólida y maciza –no como los caminos polvorientos del mismo color que quedaron atrás del lado paraguayo- y la moto se asienta en la huella soleada, aunque cuando la selva se cierra, la sombra conserva la humedad y el suelo se vuelve blando y hay que pelear con los barriales que quedan de las lluvias que se alternan casi a diario con el sol radiante.
“Imposible perderse”, dijo un lugareño, ya que el peñón es inconfundible con sus más de 150 metros de altura a pico sobre la costa, pero para los foráneos todos esos caminos son iguales y un error en una bifurcación nos lleva a Playa del Sol, un claro junto al río, con césped y zona de picnic. Muy tentador en la tarde bochornosa, pero no es la meta.
De vuelta en el camino correcto hay algunos tramos bordeados de arbustos de hojas gigantes, pasamos bajo un arco natural de troncos y ramas a escasa altura y sobre hilos de agua rojiza que cruzan la huella y, en las sombras, surgen nubes de tábanos y mosquitos, entre otros insectos voladores. Cada tanto, algún rancho solitario, con perros ladran desganados y los cebúes se alteran con el ruido del escape.
Las lomas, cada vez más frecuentes y pronunciadas, terminan en un abra verde donde el techo de ramas termina y aparece el peñón, tan grande que parece al alcance de la mano desde varios centenares de metros, cubierto de vegetación salvo del lado del río. Es como un cerro cortado al medio por el Paraná
.Los paraguayos dicen que desde su orilla ven una gran cara tallada en ese frente, que les parece el rostro de un indio; en una zona de profunda raigambre católica debido a las misiones jesuíticas, algunos aseguran que ven el rostro de Cristo.
Tras apagar el motor, sólo se oye el trinar de los pájaros –hay más de 100 especies en la zona- y comienzan a aparecer lagartos, lagartijas e iguanas desde incontables cuevas en las rocas; una víbora verde y amarilla que contrasta con el rojo del suelo se detiene un instante y luego se pierde camuflada entre los pastos. Hormigas voladoras, rojas y grandes como avispas, zumban amenazantes junto a un alto hormiguero colorado –un tacurú- donde miles de sus pares sin alas trabajan como tales.
La subida por la escalinata de bloques de piedra -250 anchos peldaños, dicen los lugareños- es agotadora y demanda varios descansos, en los que se puede apreciar, abajo, el tupido verde cambiante, como un mar embravecido que oculta los caminos de acceso y sólo se abre para dar paso al Paraná, turbulento y rojizo, aunque celeste por reflejo del cielo.
Mientras delgadas y nerviosas lagartijas huyen entre las piedras, mariposas de todos los colores revolotean en grupos y se posan en los brazos y ropas como para abrevar del sudor.
Desde la cima, coronada por una cruz hecha con troncos, se ve la costa de Santa Ana, a unos 20 kilómetros al sur; las praderas de Paraguay y, al pie del crestón, la isla conocida como “el barco hundido”, que desde arriba, efectivamente parece una nave escorada.
En la cumbre se puede recorrer el “Sendero de la Selva”, unas galerías de unos 500 metros, bordeadas de paredes de vegetación baja y cerrada que en algunos tramos lo asemejan a un laberinto.
Cuando el crepúsculo desangra sobre Paraguay, el aire se torna más fresco y se oye una infinidad de cantos de pájaros y hasta algún mono aullador. También el zumbido de remolinos de mosquitos enardecidos al caer el sol, que no huyen ante los primeros murciélagos, resulta ensoredecedor. Es momento de descender y regresar a una habitación con mosquitero en alguna posada de San Ignacio.-

Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicado en el Suplemento Internacional de Turismo del diario La Razón - Argentina)

lunes, 10 de mayo de 2010

SÁBADOS DE IDA Y VUELTA

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* CUENTO*



Entró al supermercado, como otros sábados, ya avanzada la tarde, y respiró con placer el fresco aire climatizado que la envolvió desde su ingreso al gigantesco edificio. Tomó un carrito de los más grandes y dudó si le alcanzaría para toda la mercadería, porque haría compras para toda una semana.
Los niños estaban con el padre en el club y no le causarían problemas, como aquella vez que Tomás rompió los frascos de dulce, o cuando se extravió Pamela, o el desparramo de frutas rodando por el piso que causo Facundo. Comenzó a recorrer las góndolas con tranquilidad, como si se tratara de un paseo y, como al descuido, colocaba los productos envasados en el carrito. “Tres de atún... dos de pulpos... paté de ganso... champiñones... los palmitos para Augusto... ¿dónde está la salsa golf?... algunas sopas instantáneas... las cajas de cereales importados para los chicos, los Müslix... ¡¿para qué carajo le pondrán diéresis a las palabras?!, murmuró irritada, y estrujó con fuerza una caja y la dejó en el estante. Siguió recorriendo. Tomaba los productos y los observaba haciendo girar la mano, como quien examina la superficie de una manzana antes de morderla y, si les daba el visto bueno, los colocaba en el canasto sin prestar atención al precio.
En la pescadería, mientras calculaba la capacidad del freezer para hacer el pedido de pejerreyes, surubíes y mariscos, ante la mirada expectante del vendedor, recordó los otros pescados, los que comía cuando vivía junto al río; allí sólo podía aspirar a bagres, sábalos o, en el mejor de los casos, alguna boga, que comían pese a las advertencias de las autoridades sobre la polución en esas aguas. Hizo la compra sin contemplar las cantidades, casi con apuro, como para tapar el recuerdo, y pidió que lo enviaran directamente a la caja en el momento de abonar, para que no perdiera frío. Pasó al sector lácteo y arrasó, casi indiscriminadamente, con distintos tipos de quesos, varios litros de yogur y leche vitaminizada, flanes, postres, manteca y margarina. Poco después, cuando colocó las cajas de dulces y las mermeladas, comenzó a preocuparse por acomodar bien la mercadería, porque ya había cargado más de la mitad del carrito y todavía le faltaba pasar por la panadería, elegir los vinos, carnes, pastas, fiambres, artículos de limpieza y perfumería y regalos para los niños y Augusto. Nada debía faltar en su hogar; nunca más privaciones, pensó, y esa vez no pudo evitar que regresara la imagen de El Tortuga, con sus veintidós años, más de una década atrás, y la suya, cuando pese a su apellido español era La Gringa -apodo típico para las rubias naturales de cualquier origen en los barrios suburbanos poblados de morochos criollos o inmigrantes de países vecinos-, besándose a la salida del colegio nocturno, poco antes de su inicio sexual, que se dio en un baldío durante el festejo del Año Nuevo; y el casamiento de apuro a fines de ese verano en que no se presentó a ninguno de los exámenes de las materias pendientes del cuarto año y que marcó el fin de los sueños de amor y grandeza que desde pequeña le habían alentado las telenovelas de la tarde y la pila de revistas de actualidad que dejó en su cuarto, al que nunca volvió tras el reproche y la dura pelea con sus padres, que no fueron al casamiento, y a quienes aseguró, al alejarse definitivamente del hogar, que triunfaría en la vida y nunca regresaría al humilde barrio. Y nunca lo hizo: Luego de convivir con sus suegros hasta poco después del inevitable aborto espontáneo, cuando ya la relación con éstos era insostenible, debieron ir a la incipiente villa miseria que se estaba formando junto al río. La municipalidad los obligó a dejar el puesto de venta de baratijas en la feria callejera porque no tenían habilitación, y El Tortuga se dedicó entonces al cirujeo por la costa. Sólo su orgullo y vergüenza le impidieron volver con sus padres y únicamente por eso permaneció en la casilla, junto a él, con su creciente resentimiento. En cada anochecer sentía una profunda repugnancia al ver la encorvada figura de su marido que regresaba tirando del carro de madera, que se tambaleaba sobre dos viejos y desparejos neumáticos, con desperdicios para seleccionar y vender; sensación que aumentaba más tarde, cuando esa figura se encorvaba sobre su cuerpo en medio de sus ruegos para que no la dejara nuevamente embarazada porque sería imposible mantener un hijo en medio de tanta pobreza, aunque en realidad la espantaba la sola idea de que El Tortuga pudiera ser el padre de un hijo suyo. Ella colaboraba con la economía hogareña lavando y planchando ropas de las familias adineradas de la zona alta, más allá del terraplén, cruzando la avenida; las que además les regalaban ropa vieja y algunos artículos domésticos usados. Apiló las bolsas de pan y galletitas cuidadosamente sobre otros envases y algunos pollos deshuesados que ya superaban el borde del carro, que se movía pesadamente pero con suavidad sobre los lubricados ejes, sin que ella tuviese que esforzarse para seguir recorriendo. Al pasar por la frutería hizo espacio para poner bananas, manzanas, cítricos, un ananá, higos... “¡No, higos no! -se dijo tras leer el cartel con el precio del fruto-, detesto las palabras con hache!”. Se dirigía a las cajas cuando hizo la última compra, en la góndola de artículos de tocador: su champú, con manzanilla, especial para cabellos rubios; el mismo con que se había lavado la cabeza en un balde la tarde que cambió su vida, cuando tras mirarse el espejo reflexionó que pese a todo era rubia, joven, y aún tenía buena figura, y tomó la trascendental decisión. Al día siguiente se puso un liviano vestido de verano y sandalias, se pintó con restos de cosméticos, todo -como el champú- regalado por sus clientes, y salió a buscar trabajo. Augusto, uno de los directores de la empresa que había publicado el aviso, le dijo, tras una fácil prueba de dactilografía, que el puesto era suyo; esa misma noche y las siguientes la llevó a cenar y a compartir su departamento y después la acercaba a su hogar en su moderno coche blanco, aunque sin entrar a la villa. Pocos días después, sin previo aviso, abandonó a El Tortuga para siempre y se instaló definitivamente en la casa de su ex efímero jefe y amante y se convirtió en su mujer, y desde entonces no usó más ropa regalada ni debió trabajar. Sonrió al recordar la felicidad de los nacimientos de Facundo, Pamela y Tomás, y las nuevas amistades, y los viajes, automóviles, embarcaciones y la vida lujosa con que había soñado de pequeña y que a partir de entonces era una realidad.
Se ubicó en una de las largas filas frente a las cajas y, un momento después, le pidió al joven que estaba detrás de ella que le cuidara el lugar mientras iba a buscar algo que olvidó comprar; él asintió y ella agradeció con una amable sonrisa sin separar los labios. Caminó entre varias góndolas y salió del supermercado por el otro extremo, exactamente a noventa y seis cajas de distancia. Afuera sintió que la noche, pesada y húmeda, se le pegaba al cuerpo y le preocupó, porque empezaría a transpirar. Al llegar al estacionamiento se descalzó y caminó sobre el césped que lo bordeaba; le gustaba sentir el suave verde bajo los pies, que se le mojaron al cruzar la calle; continuó varias cuadras por las veredas parquizadas aún húmedas y olientes a tierra mojada tras el riego vespertino hasta que atravesó la avenida, donde comenzaba el oscuro terraplén al final del cual se distinguían las tenues luces; allí se calzó nuevamente los zapatos blancos, porque ya no había césped sino pasto crecido, y basura, que aumentaban a medida que descendía hacia el caserío junto al río; eran preferibles los zapatos que le regaló la viuda de Estévez, que le apretaban, antes que alguna cortadura infecciosa; se olió las axilas y temió haber transpirado la blusa de la señora de Suárez, o la falda, que debía entregar al día siguiente, lavadas y planchadas, como lo venía haciendo desde hacía muchos años. Se apresuró porque Susana, la hija mayor, quizás habría salido como siempre, por ahí, y el más pequeño, Juancito, estaría mojado y sucio, llorando solo en la casilla, y si El Tortuga había regresado con los dos del medio, que los sábados lo acompañaban en la recorrida por los basurales, y no la encontraba en la casa se pondría furioso, como había ocurrido un mes antes, y le pegaría nuevamente, aunque nunca tanto como aquella vez cuando descubrió que varios días había salido a escondidas a buscar trabajo y sospechó algo sobre su relación con alguien que una noche, tarde, la acercó hasta la avenida en un moderno coche blanco, y entonces la golpeó por primera vez, la llamó puta y le escupió en la cara en medio de la paliza en la que ella perdió un diente que le borró para siempre su anterior sonrisa abierta. Afortunadamente no se enteró que después ella quiso irse con Augusto, quien la esquivó varias veces y luego ni siquiera accedió a incorporarla a la empresa, como se lo había prometido, porque "mentiste, nena, no terminaste el colegio secundario, como pusiste en la ficha, y además yo no puedo tener una secretaria que es mala dactilógrafa, se come las haches y no sabe qué son las diéresis".-

Por Gustavo Espeche Ortiz
(1r. Premio Concurso Literario Canal Literatura - España)