viernes, 14 de mayo de 2010

Parque Provincial TEYÚ CUARÉ


TEYÚ CUARÉ O “CUEVA DE LAGARTOS”, EN MISIONES

El camino es un tajo rojo que serpentea entre el verde y permite alejarse en pocos minutos de San Ignacio y pasar de esa isla urbana al tórrido ambiente natural de la selva.

Las calles empedradas, el incesante desfile de turistas con sombrillas y cámaras que visitan las ruinas jesuíticas y los vendedores de artesanías que los persiguen, quedan atrás y el trazado ondulante conduce al Parque Provincial Peñón del Teyú Cuaré, a ocho kilómetros de esa ciudad misionera, junto al río Paraná.
Sus 78 hectáreas son diferentes al resto de la provincia, tanto en su origen geológico como en flora y fauna. Es una zona de transición entre selvas mixtas y campos, con especies que migran de un ambiente a otro según la época, en especial una gran variedad de saurios. Por eso el nombre de Teyú Cuaré, que significa “cueva del lagarto”, en guaraní.
La tierra colorada es sólida y maciza –no como los caminos polvorientos del mismo color que quedaron atrás del lado paraguayo- y la moto se asienta en la huella soleada, aunque cuando la selva se cierra, la sombra conserva la humedad y el suelo se vuelve blando y hay que pelear con los barriales que quedan de las lluvias que se alternan casi a diario con el sol radiante.
“Imposible perderse”, dijo un lugareño, ya que el peñón es inconfundible con sus más de 150 metros de altura a pico sobre la costa, pero para los foráneos todos esos caminos son iguales y un error en una bifurcación nos lleva a Playa del Sol, un claro junto al río, con césped y zona de picnic. Muy tentador en la tarde bochornosa, pero no es la meta.
De vuelta en el camino correcto hay algunos tramos bordeados de arbustos de hojas gigantes, pasamos bajo un arco natural de troncos y ramas a escasa altura y sobre hilos de agua rojiza que cruzan la huella y, en las sombras, surgen nubes de tábanos y mosquitos, entre otros insectos voladores. Cada tanto, algún rancho solitario, con perros ladran desganados y los cebúes se alteran con el ruido del escape.
Las lomas, cada vez más frecuentes y pronunciadas, terminan en un abra verde donde el techo de ramas termina y aparece el peñón, tan grande que parece al alcance de la mano desde varios centenares de metros, cubierto de vegetación salvo del lado del río. Es como un cerro cortado al medio por el Paraná
.Los paraguayos dicen que desde su orilla ven una gran cara tallada en ese frente, que les parece el rostro de un indio; en una zona de profunda raigambre católica debido a las misiones jesuíticas, algunos aseguran que ven el rostro de Cristo.
Tras apagar el motor, sólo se oye el trinar de los pájaros –hay más de 100 especies en la zona- y comienzan a aparecer lagartos, lagartijas e iguanas desde incontables cuevas en las rocas; una víbora verde y amarilla que contrasta con el rojo del suelo se detiene un instante y luego se pierde camuflada entre los pastos. Hormigas voladoras, rojas y grandes como avispas, zumban amenazantes junto a un alto hormiguero colorado –un tacurú- donde miles de sus pares sin alas trabajan como tales.
La subida por la escalinata de bloques de piedra -250 anchos peldaños, dicen los lugareños- es agotadora y demanda varios descansos, en los que se puede apreciar, abajo, el tupido verde cambiante, como un mar embravecido que oculta los caminos de acceso y sólo se abre para dar paso al Paraná, turbulento y rojizo, aunque celeste por reflejo del cielo.
Mientras delgadas y nerviosas lagartijas huyen entre las piedras, mariposas de todos los colores revolotean en grupos y se posan en los brazos y ropas como para abrevar del sudor.
Desde la cima, coronada por una cruz hecha con troncos, se ve la costa de Santa Ana, a unos 20 kilómetros al sur; las praderas de Paraguay y, al pie del crestón, la isla conocida como “el barco hundido”, que desde arriba, efectivamente parece una nave escorada.
En la cumbre se puede recorrer el “Sendero de la Selva”, unas galerías de unos 500 metros, bordeadas de paredes de vegetación baja y cerrada que en algunos tramos lo asemejan a un laberinto.
Cuando el crepúsculo desangra sobre Paraguay, el aire se torna más fresco y se oye una infinidad de cantos de pájaros y hasta algún mono aullador. También el zumbido de remolinos de mosquitos enardecidos al caer el sol, que no huyen ante los primeros murciélagos, resulta ensoredecedor. Es momento de descender y regresar a una habitación con mosquitero en alguna posada de San Ignacio.-

Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicado en el Suplemento Internacional de Turismo del diario La Razón - Argentina)

lunes, 10 de mayo de 2010

SÁBADOS DE IDA Y VUELTA

*
*

* CUENTO*



Entró al supermercado, como otros sábados, ya avanzada la tarde, y respiró con placer el fresco aire climatizado que la envolvió desde su ingreso al gigantesco edificio. Tomó un carrito de los más grandes y dudó si le alcanzaría para toda la mercadería, porque haría compras para toda una semana.
Los niños estaban con el padre en el club y no le causarían problemas, como aquella vez que Tomás rompió los frascos de dulce, o cuando se extravió Pamela, o el desparramo de frutas rodando por el piso que causo Facundo. Comenzó a recorrer las góndolas con tranquilidad, como si se tratara de un paseo y, como al descuido, colocaba los productos envasados en el carrito. “Tres de atún... dos de pulpos... paté de ganso... champiñones... los palmitos para Augusto... ¿dónde está la salsa golf?... algunas sopas instantáneas... las cajas de cereales importados para los chicos, los Müslix... ¡¿para qué carajo le pondrán diéresis a las palabras?!, murmuró irritada, y estrujó con fuerza una caja y la dejó en el estante. Siguió recorriendo. Tomaba los productos y los observaba haciendo girar la mano, como quien examina la superficie de una manzana antes de morderla y, si les daba el visto bueno, los colocaba en el canasto sin prestar atención al precio.
En la pescadería, mientras calculaba la capacidad del freezer para hacer el pedido de pejerreyes, surubíes y mariscos, ante la mirada expectante del vendedor, recordó los otros pescados, los que comía cuando vivía junto al río; allí sólo podía aspirar a bagres, sábalos o, en el mejor de los casos, alguna boga, que comían pese a las advertencias de las autoridades sobre la polución en esas aguas. Hizo la compra sin contemplar las cantidades, casi con apuro, como para tapar el recuerdo, y pidió que lo enviaran directamente a la caja en el momento de abonar, para que no perdiera frío. Pasó al sector lácteo y arrasó, casi indiscriminadamente, con distintos tipos de quesos, varios litros de yogur y leche vitaminizada, flanes, postres, manteca y margarina. Poco después, cuando colocó las cajas de dulces y las mermeladas, comenzó a preocuparse por acomodar bien la mercadería, porque ya había cargado más de la mitad del carrito y todavía le faltaba pasar por la panadería, elegir los vinos, carnes, pastas, fiambres, artículos de limpieza y perfumería y regalos para los niños y Augusto. Nada debía faltar en su hogar; nunca más privaciones, pensó, y esa vez no pudo evitar que regresara la imagen de El Tortuga, con sus veintidós años, más de una década atrás, y la suya, cuando pese a su apellido español era La Gringa -apodo típico para las rubias naturales de cualquier origen en los barrios suburbanos poblados de morochos criollos o inmigrantes de países vecinos-, besándose a la salida del colegio nocturno, poco antes de su inicio sexual, que se dio en un baldío durante el festejo del Año Nuevo; y el casamiento de apuro a fines de ese verano en que no se presentó a ninguno de los exámenes de las materias pendientes del cuarto año y que marcó el fin de los sueños de amor y grandeza que desde pequeña le habían alentado las telenovelas de la tarde y la pila de revistas de actualidad que dejó en su cuarto, al que nunca volvió tras el reproche y la dura pelea con sus padres, que no fueron al casamiento, y a quienes aseguró, al alejarse definitivamente del hogar, que triunfaría en la vida y nunca regresaría al humilde barrio. Y nunca lo hizo: Luego de convivir con sus suegros hasta poco después del inevitable aborto espontáneo, cuando ya la relación con éstos era insostenible, debieron ir a la incipiente villa miseria que se estaba formando junto al río. La municipalidad los obligó a dejar el puesto de venta de baratijas en la feria callejera porque no tenían habilitación, y El Tortuga se dedicó entonces al cirujeo por la costa. Sólo su orgullo y vergüenza le impidieron volver con sus padres y únicamente por eso permaneció en la casilla, junto a él, con su creciente resentimiento. En cada anochecer sentía una profunda repugnancia al ver la encorvada figura de su marido que regresaba tirando del carro de madera, que se tambaleaba sobre dos viejos y desparejos neumáticos, con desperdicios para seleccionar y vender; sensación que aumentaba más tarde, cuando esa figura se encorvaba sobre su cuerpo en medio de sus ruegos para que no la dejara nuevamente embarazada porque sería imposible mantener un hijo en medio de tanta pobreza, aunque en realidad la espantaba la sola idea de que El Tortuga pudiera ser el padre de un hijo suyo. Ella colaboraba con la economía hogareña lavando y planchando ropas de las familias adineradas de la zona alta, más allá del terraplén, cruzando la avenida; las que además les regalaban ropa vieja y algunos artículos domésticos usados. Apiló las bolsas de pan y galletitas cuidadosamente sobre otros envases y algunos pollos deshuesados que ya superaban el borde del carro, que se movía pesadamente pero con suavidad sobre los lubricados ejes, sin que ella tuviese que esforzarse para seguir recorriendo. Al pasar por la frutería hizo espacio para poner bananas, manzanas, cítricos, un ananá, higos... “¡No, higos no! -se dijo tras leer el cartel con el precio del fruto-, detesto las palabras con hache!”. Se dirigía a las cajas cuando hizo la última compra, en la góndola de artículos de tocador: su champú, con manzanilla, especial para cabellos rubios; el mismo con que se había lavado la cabeza en un balde la tarde que cambió su vida, cuando tras mirarse el espejo reflexionó que pese a todo era rubia, joven, y aún tenía buena figura, y tomó la trascendental decisión. Al día siguiente se puso un liviano vestido de verano y sandalias, se pintó con restos de cosméticos, todo -como el champú- regalado por sus clientes, y salió a buscar trabajo. Augusto, uno de los directores de la empresa que había publicado el aviso, le dijo, tras una fácil prueba de dactilografía, que el puesto era suyo; esa misma noche y las siguientes la llevó a cenar y a compartir su departamento y después la acercaba a su hogar en su moderno coche blanco, aunque sin entrar a la villa. Pocos días después, sin previo aviso, abandonó a El Tortuga para siempre y se instaló definitivamente en la casa de su ex efímero jefe y amante y se convirtió en su mujer, y desde entonces no usó más ropa regalada ni debió trabajar. Sonrió al recordar la felicidad de los nacimientos de Facundo, Pamela y Tomás, y las nuevas amistades, y los viajes, automóviles, embarcaciones y la vida lujosa con que había soñado de pequeña y que a partir de entonces era una realidad.
Se ubicó en una de las largas filas frente a las cajas y, un momento después, le pidió al joven que estaba detrás de ella que le cuidara el lugar mientras iba a buscar algo que olvidó comprar; él asintió y ella agradeció con una amable sonrisa sin separar los labios. Caminó entre varias góndolas y salió del supermercado por el otro extremo, exactamente a noventa y seis cajas de distancia. Afuera sintió que la noche, pesada y húmeda, se le pegaba al cuerpo y le preocupó, porque empezaría a transpirar. Al llegar al estacionamiento se descalzó y caminó sobre el césped que lo bordeaba; le gustaba sentir el suave verde bajo los pies, que se le mojaron al cruzar la calle; continuó varias cuadras por las veredas parquizadas aún húmedas y olientes a tierra mojada tras el riego vespertino hasta que atravesó la avenida, donde comenzaba el oscuro terraplén al final del cual se distinguían las tenues luces; allí se calzó nuevamente los zapatos blancos, porque ya no había césped sino pasto crecido, y basura, que aumentaban a medida que descendía hacia el caserío junto al río; eran preferibles los zapatos que le regaló la viuda de Estévez, que le apretaban, antes que alguna cortadura infecciosa; se olió las axilas y temió haber transpirado la blusa de la señora de Suárez, o la falda, que debía entregar al día siguiente, lavadas y planchadas, como lo venía haciendo desde hacía muchos años. Se apresuró porque Susana, la hija mayor, quizás habría salido como siempre, por ahí, y el más pequeño, Juancito, estaría mojado y sucio, llorando solo en la casilla, y si El Tortuga había regresado con los dos del medio, que los sábados lo acompañaban en la recorrida por los basurales, y no la encontraba en la casa se pondría furioso, como había ocurrido un mes antes, y le pegaría nuevamente, aunque nunca tanto como aquella vez cuando descubrió que varios días había salido a escondidas a buscar trabajo y sospechó algo sobre su relación con alguien que una noche, tarde, la acercó hasta la avenida en un moderno coche blanco, y entonces la golpeó por primera vez, la llamó puta y le escupió en la cara en medio de la paliza en la que ella perdió un diente que le borró para siempre su anterior sonrisa abierta. Afortunadamente no se enteró que después ella quiso irse con Augusto, quien la esquivó varias veces y luego ni siquiera accedió a incorporarla a la empresa, como se lo había prometido, porque "mentiste, nena, no terminaste el colegio secundario, como pusiste en la ficha, y además yo no puedo tener una secretaria que es mala dactilógrafa, se come las haches y no sabe qué son las diéresis".-

Por Gustavo Espeche Ortiz
(1r. Premio Concurso Literario Canal Literatura - España)

miércoles, 5 de mayo de 2010

TANGO Y TURISMO

LOS FUNCIONARIOS DESCONOCEN EL PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD QUE DEBEN PRESERVAR

A raíz de un reciente debate en Facebook sobre tango y turismo, traigo el tema, con esta foto que tomé en la Feria Internacional de Turismo (FIT) en la Rural de Palermo, y que oportunamente publiqué en FB con el título "LAMENTABLE EXHIBICIÓN DE TANGO EN EL STAND DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES".

En la FIT, en el stand de San Juan daban a probar al público su mejor dulce de membrillo; Córdoba, sus mejores chacinados; La Rioja, sus mejores aceitunas; Misiones, unos mates espectaculares, y de El Calafate hasta trajeron trozos de hielo del glaciar. Es decir, cada uno ofrecía lo más auténtico y representativo que tenía en su rubro. Entonces ¿por qué la Ciudad de Buenos Aires mostró un tango artificial y desabrido que nada tiene que ver con lo que baila la gente en las milongas?
Pusieron a un pareja de buenísimos bailarines de contemporáneo o clásico, a los que supongo que les pidieron que armaran una coreografía con música de tango e hicieran lo que sabían, y salió lo de la foto. Pero el tema es ¿El gobierno porteño (y lo hago extensivo al Nacional y a los embajadores en sus promociones turísticas en el exterior) no tiene algún funcionario que haya pisado alguna vez una milonga?
Para colmo, si bien la cultura tanguera cala fuerte en cuanto a música y letras en el grueso de  la gente, muchos de los asistentes a la feria que no lo bailan, y algunos cuando ven esa caricatura, creen que es así, y aplauden.
Pero lo más lamentable es que después de ver eso, muchos de quienes querrían aprender a bailar no lo hacen, porque suponen que deberán hacer todas esas acrobacias y no se animan a empezar y se convierten en milongueros frustrados.
No digo que lleven cualquier tipo que va a la milonga, porque no todos bailan como para exhibición. Pero podrían, por ejemplo, llamar a los ganadores del primer Campeonato Mundial 2004, Coca y Osvaldo (ojo, porque ahora los campeonatos también están bajo sospecha de acomodos y objetivos turísticos más que tangueros, y de eso también escribiré).
Coca y Osvaldo son una pareja mayor con aspecto de viejitos piola de barrio. Ella, petisa y caderona, siempre con ropas de ama de casa que sale una noche al centro, tacos apenas lo necesario de altos para ser zapatos de tango; él, flaquito y consumido, camisa chingada y agitado, porque sólo le funciona un pulmón y no puede bailar más de 2 ó 3 tangos seguidos. Pero cómo lo bailan: caminadito, al compás, sensuales, con pausas, armonía y mucho sentimiento.
Pero claro, eso no es espectacular para los turistas y la gilada se aburre. Y ahí está la cuestión: el tango no es un producto turístico ni un entretenimiento, es un sentimiento. La expresión vertical de un sentimiento horizontal, como dijo alguien. Y eso, los polìticos, empresarios y burócratas, nunca van a entenderlo.
 El Tango fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Bien, cuando la ONU declara Patrimonio de la Humanidad (Cultural, Histórico, Natural, etc.) a algo, la intención es preservarlo. En Colonia, Uruguay, no se puede alterar la arquitectura de la ciudad antigua; en Península Valdés está prohibido construir nuevos edificios; en la Quebrada de Humahuaca no se puede hacer una autopista para recorrerla ni poner elevadores en los cerros, y así con todos los Patrimonios de la Humanidad, se los puede ver y disfrutar pero no alterarlos. Entonces ¿por qué no tratar de la misma manera al Tango? Conservar su tradición y códigos de origen desde el Estado, y me refiero a los gobiernos de Buenos Aires y Montevideo, que reciben cientos de miles de dólares de la ONU, como responsables de ese patrimonio. Los particulares, que enseñen como quieran en sus escuelas (tango nuevo, fantasía, acrobacia o bailado sobre las manos si se les canta), pero desde el Estado, que se lo cuide como es y como lo siente la gente que lo mantiene vivo.-

Por Gustavo Espeche Ortiz

lunes, 3 de mayo de 2010

PATO VAPOR

EN EL PARQUE COSTERO MARINO "PATAGONIA AUSTRAL" (CHUBUT)

El “pato vapor”, que menciono en mi artículo sobre el Parque Costero Marino, en Chubut, generó curiosidad de varios lectores, quienes me preguntaron qué tipo de animal era y porqué ese nombre. Va la información y una fotito no muy buena.
En principio, aclaro que hasta que llegué a la isla donde los vi por primera vez durante mi recorrido en lancha del parque, yo también ignoraba su existencia. Algo que me enteré que ocurría con unos cuantos amigos, incluidos varios patagónicos. Como le contesté a uno de éstos, Francisco Espinosa Chaina (Maragato1), admito que como periodista debí haber averiguado más antes de publicarlo. Mea Culpa, pero lo que ocurre es que para mí era un nombre más, como el de la Gaviota Cocinera, por ejemplo. Pero me enteré que gente vinculada a la naturaleza y el ambiente en esa región sureña también manifestó haberlos visto muy pocas veces.
Bueno, el pato vapor es, para empezar, un pato, que habita en América del Sur. Su nombre científico es Tachyeres (que significa poseedor de remos o paletas) y se divide en cuatro subespecies, de las cuales la única que puede volar es la patagónica (Tachyeres patachonicus), que supongo que es la que yo conocí en Chubut, ya que los vi hacer cortos vuelos, aunque en otros lugares de Chubut también se ha visto al Tachyeres Leucocephalus, que es el Pato Vapor Cabeza Blanca.
Su tamaño es el normal de un pato, con plumaje gris oscuro en el lomo y las alas, blanco en la panza y gris claro o blanco en los lados de la cabeza y la nuca. Me llamó la atención el fuerte amarillo de sus patas y paletas, que además parecían más gruesas que las de otros patos, aunque del mismo largo.
En cuanto al nombre, tiene origen inglés (“flying steamer duck”, es decir “pato vapor volador”). Se lo llama así porque cuando está en el agua, para levantar vuelo se impulsa un buen trecho con sus paletas y genera la imagen de los antiguos barcos a vapor con rueda de paletas en sus laterales.
Sobre la “gaviota cocinera”, que puedo identificar visualmente, no tengo idea del origen de su nombre, y le agradezco al que pueda decírmelo. Estimo que como es carroñera come lo que desechan las cocinas de los barcos, ya que no creo que se dedique a cocinar. Pero esto es sólo una presunción mía. Gracias.
Por Gustavo Espeche Ortiz

martes, 27 de abril de 2010

PARQUE NATURAL "PATAGONIA AUSTRAL"


COSTA DE CHUBUT 

El Parque Interjurisdiccional Costero Marino “Patagonia Austral” es la primera reserva natural del país que abarca continente y mar, incluidas 42 islas y el lecho. Cuenta con una nutrida fauna avícola y de mamíferos acuáticos y terrestres, está ubicado al norte del golfo San Jorge, en Chubut, y es administrado entre Parques Nacionales y esa provincia.


Esta flamante reserva natural de unos 200 kilómetros cuadrados en tierra y 600 en el mar, creada por la Administración de Parques Nacionales y Chubut, es la primera del país que incluye espacios continentales y marinos, con una nutrida fauna avícola –con más de 50 especies- y de mamíferos acuáticos y terrestres, además de la flora característica de ambos espacios. Comodoro Rivadavia, lo incluyó en 2009 a sus nuevas opciones turísticas, con la posibilidad de recorrer la reserva natural, partiendo de esta ciudad, por aire, tierra y mar.
En el aeroclub local se puede contratar una avioneta para sobrevolar el parque y observar a baja altura los farallones en sus más de 100 kilómetros de costa y las islas rojizas de bordes amarillentos, que contrastan con el azul único del mar patagónico.
Desde el aire también se pueden ver el poblado de Camarones, cuya principal actividad es la pesca del salmón –tanto, que tiene un monumento a este pez-, y el caserío de la estancia alguera Bahía Bustamante –casi tan grande como Camarones-, que quedaron dentro del parque. Los únicos animales que es posible divisar desde la altura son las ballenas y orcas cuando la atmósfera está diáfana.
Otra opción es hacer una travesía en 4x4 desde Comodoro, por el difícil camino de ripio y rocas de la ruta provincial 1, con tramos que se pueden recorrer por la playa junto a acantilados, pero sólo cuando la marea está baja, por lo que es conveniente ser acompañado por un guía vaqueano.
También es posible trasladarse a Camarones por la Ruta Nacional 3 y, desde allí, recorrer su archipiélago y accidentes costeros en lancha, junto a las grandes aves marinas patagónicas que sobrevuelan las embarcaciones y las toninas y algún delfín que las acompañan con sus piruetas desde el agua.
Éste es el paseo que permite observar más de cerca la variada fauna marina, que incluye petreles, gaviotas, gaviotines, cormoranes y patos, entre otras aves que surcan el cielo a baja altura en busca de alimento en las 38 especies de peces que habitan las aguas. En las costas de islas, islotes y puntas hay colonias de pingüinos magallánicos y flamencos.
La mayor concentración avícola se registra en la llamada Isla Blanca, un promontorio rocoso que toma ese nombre debido a estar su superficie virtualmente teñida de ese color por el guano de las aves. En este islote también hay una importante colonia de lobos marinos, que es una de las 10 especies de mamíferos de mar que habitan la reserva.
El mamífero terrestre que más abunda en las islas grandes y en profundas puntas de la costa –o al menos el más visible- es el guanaco. En algunos lugares se los ve caminando junto a los pingüinos, cormoranes y “patos vapor”.
Camarones es un típico pueblo pesquero. Tiene unas 20 manzanas pobladas, con un embarcadero y algunas construcciones de principios del siglo pasado, del estilo portuario inglés. Una de sus principales atracciones es la Casa Museo de Juan Domingo Perón, donde vivió de niño el ex presidente, que guarda muebles y algunos recuerdo de esa época, más numeroso material de cuando se convirtió en el líder del Justicialismo.
Además de este parque natural único en el país, Comodoro Rivadavia es punto de partida hacia balnearios, lagos y bosques petrificados de Chubut y su propuesta turística incluye, dentro de su casco urbano, las tradicionales visitas a los museos del petróleo, ferroviario y arqueológico, o un recorrido por su parque eólico, en el ejido de la ciudad.-

Por Gustavo Espeche ortiz

(Publicado por la Agencia de Noticias Télam - Argentina)




martes, 20 de abril de 2010

METAMORFOSIS EN LA MILONGA


Hay quienes aseguran que el tango iguala a la gente, porque en la pista desaparecen las diferencias sociales, económicas o intelectuales de la vida cotidiana. Es cierto, pero a algunos el tango sólo los transforma y en la milonga ostentan valores distintos a los que poseen en el mundo exterior.

El hombre entró a la milonga con expresión temerosa y desde sus gruesos anteojos miraba en derredor con rápidos y cortos movimientos de cabeza, como descubriendo un ambiente desconocido. De estatura media y unos kilos de más, era uno “del montón”, quizás empleado bancario o burócrata de ministerio; pero ojo: calzaba unos cuidados zapatos bicolor de tanguero.
Pasaron varias tandas y no bailó, hasta que sonaron los dos Angeles (D’Agostino y Vargas); entonces se quitó los anteojos, se levantó y cabeceó a una mujer. No era una joven de las más bonitas y apetecibles, sino una milonguera adulta, quizás la que mejor bailaba esa noche. Entonces, el tímido burócrata se transformó en un milonguero de postura firme y mirada segura, con un gesto desafiante que parecía decir “acá estoy yo”; Clark Kent porteño que dejó su traje gris y sus gafas y volaba glorioso con su capa roja. Sus pasos coincidían con cada compás, como si la orquesta respetara el movimiento de sus pies, y ella (la veterana) se apilaba segura, cerrando los ojos, sobre el pecho confiable que la guiaba marcándole ochos, giros y ganchos y la hacía pisar en el lugar exacto para ni siquiera rozar a otras parejas, en una pista difícil.
Quizás era un oficinista, con un jefe autoritario que lo hostigaba y bellas secretarias que lo ignoraban o despreciaban, pero en la milonga le bastó una tanda para ganarse el respeto de los hombres y la ansiosa mirada de las mujeres que deseaban que las bailara.
Hay quienes durante el día llevan una vida miserable, con problemas económicos, laborales, familiares o de vivienda, y descubren que todo eso se queda en la puerta de la milonga y, si son buenos en la pista, allí pueden convertirse en alguien “importante”. Por ello, muchos hacen del tango su vida, como un Mr. Hyde que quiere que nunca amanezca para no volver a ser el doctor Jekyll.
Si uno espía la intimidad de quienes cada noche van a una o dos milongas -salvo los bailarines profesionales- puede encontrar historias tristes o dramáticas, que podrían ser trágicas si el tango no les diera esa vía de escape de la realidad.
Algunos profesores alientan ese cambio. Raúl Cabral decía en una clase que “si un hombre llega a la milonga agobiado por problemas, con los hombros caídos y la mirada cansada, ninguna mujer siquiera lo mirará; por eso el tanguero, unos metros antes de entrar a la milonga, automáticamente toma aire, saca pecho, levanta la cabeza y entra imponente y pisando firme, hecho un ganador”.
La maestra Graciela González explica a sus alumnas que la dama debe ser “una leona, dominante y soberbia”, cuya mirada no debe suplicar al hombre que la invite a bailar, sino que, como una orden, debe generar el deseo de abrazarla que desemboque en el cabeceo. Por algo a la Negra la llaman "La Leona del Tango".
Esos cambios son posibles en la milonga debido a su origen y ambiente casi clandestino, reservado-, donde no se hacen preguntas personales, como apellido, estado civil o domicilio. Y quien pregunte, no investigará la veracidad de las respuestas, por lo que cualquiera puede inventarse una vida ideal.
Quienes más lo hacen son los hombres, quizás porque en promedio tienen -en la milonga- un nivel socio intelectual, y a veces económico, inferior al de las mujeres, cuya mayoría es de clase media, profesional o autónoma. El machismo los hace mentir para no sentirse inferiores a ellas.
ALGUNOS CASOS
Fabián no terminó el secundario y a los 25 años trabaja en un lavadero de automóviles. Un día, cuando una clienta bajó del coche para que lo limpiara comprobó que era una médica, algo mayor que él, a la que siempre sacaba a bailar en La Viruta y con quien sólo conversaba en los entretangos, sin hablar nunca de su trabajo. “Por suerte no me vio -contó aliviado-; me hubiera dado vergüenza y no sé si me hubiera animado a invitarla a bailar de nuevo, o si hubiera vuelto a La Viruta”·
Algo similar le ocurrió a una profesora de tango -de segundo nivel- cuyos ingresos reales obtenía como empleada doméstica por hora, aunque en la milonga siempre vestía a la última moda. Era su secreto, hasta que un día la llamaron para hacer la limpieza de una casa, que resultó ser de una de sus alumnas. La historia la relató la alumna -sin hacer nombres-, quien ante el ataque de vergüenza y llanto de su maestra le prometió que guardaría por siempre el secreto, ya que ésta parecía dispuesta a abandonar el tango.
Ivanna es psicóloga y contó que varias veces fue a desayunar tras la milonga con Francisco -conocido como “Charles Aznavour”, por su parecido con el cantante-, quien vestía siempre de elegante sport y le había dicho que vivía en un “loft”.
Una mañana ella aceptó conocer el loft, con la íntima intención de quedarse con él. Tomaron un taxi y le extrañó cuando se detuvo frente a un taller mecánico en un barrio humilde. Francisco abrió una estrecha puerta metálica y entraron al taller, donde vio a dos mecánicos durmiendo en sendos automóviles en reparación; la hizo subir por una escalera caracol de hierro a un pequeño cuarto, donde lo esperaba su perro. Minutos después, antes que comenzara la actividad laboral abajo, Ivanna tomó otro taxi a su casa.
“No me decepcionó que fuera un hombre humilde de un humilde barrio del sur, sino que tantos meses aparentara tener una vida acomodada, como debe fingir desde hace años en las milongas”, lamentó ella, y aclaró: “Si me hubiera dicho la verdad, yo le hubiera propuesto ir a mi casa, en Palermo, que es más grande y confortable; pero parece que hasta él terminó creyendo su propia mentira y suponía que ahí estaríamos cómodos y en intimidad”.
Un maestro famoso que exhibe su estilo en giras por Europa, durante muchos años no pudo salir de Argentina porque no le otorgaban pasaporte debido a su prontuario -estuvo en prisión- hasta que gracias a un colega con contactos en el Ministerio del Interior obtuvo el documento. Durante los años de pobreza no podía pagar sus tragos y llevaba a las milongas una botella de agua mineral vacía que llenaba en el baño y mantenía sobre la mesa toda la noche. Caminaba decenas de cuadras hasta las milongas porque no tenía ni para el colectivo y quizás no compraba comida en su casa, pero siempre lució trajes costosos y finas corbatas, zapatos nuevos, peinado de peluquería y uñas tratadas por manicura.
Karina se destaca en las milongas por sus largas piernas -que luce mediante brevísimas minifaldas- amplios escotes que dejan al aire llamativos espacios de piel y prendas ajustadas que dibujan su generoso y erguido busto. Este cronista la encontró un mediodía y casi no la reconoció: Iba dentro de una gran camisola que caía floja sobre unos anchos pantalones oscuros, el cabello desordenado y zapatos bajos. Ni una curva, alguna prominencia o un pedacito de piel que recordara a la despampanante milonguera.
Ella confesó que ése era su vestir habitual. Que vive sola y su familia y amigos del día ignoran que tiene las prendas que viste para el tango. “Me daría vergüenza usar esa ropa fuera de la milonga, además mi familia es judía bastante ortodoxa y se escandalizaría -explicó-, pero en la milonga me siento cómoda y me gusta mostrarme bien femenina; si no, me sentiría un paso detrás de las otras, como me sentía antes de ‘hacerme las tetas’”. Doble confesión, claro que con la condición de no ser identificada.
Esta metamorfosis en la milonga puede ser espontánea y, por lo tanto, inofensiva, o intencional, basada en la vergüenza y el engaño, y hasta convertirse en mitomanía. Algunos lo saben y otros no, pero casi nadie está libre de este fenómeno, que se suma a las tantas aristas mágicas del tango.-
Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicado en la revista "La Cadena", de Holanda, especializada en Tango)

martes, 13 de abril de 2010

UN LARGO Y TRISTE BOSTEZO


* (minicuento)
* A las cinco de la tarde de cada viernes, minutos más, minutos menos, el fin de semana comienza a gotear su tristeza sobre mi vida.
Es en ese momento cuando todos cerramos los cajones presurosos y levantamos nuestros campamentos burocráticos de papeles, fórmica y ordenadores.
Mientras los otros se despiden de la oficina con las sonrisas más amplias de la semana, ansiosos por llegar hasta los suyos, nosotros nos quedamos sin los nuestros. Cada uno sin el otro durante esos interminables dos días. Porque tú vas a los brazos de tu marido y yo a los de mi mujer.
Por Gustavo Espeche Ortiz
(1ª Mención Concurso de Microrrelatos "Viernes de Papel" - España 2007
Finalista I Concurso de Microrrelatos "Obra Social Caja de Ávila" - Publicado en libro del mismo nombre - España 2008)

viernes, 9 de abril de 2010

LA CUMBRECITA (Córdoba)



*El primer pueblo peatonal de Argentina*
El camino de tierra, marrón y polvoriento, aunque firme como para sostener la moto en marcha, parte hacia el oeste desde Villa General Belgrano y sube a más de 1.500 metros sobre el nivel del mar entre los pastizales agrestes de las Sierras Grandes del sur de Córdoba. Luego desciende un centenar de metros en suaves zigzags en los últimos cinco kilómetros que lo separan del río Del Medio, que atraviesa la pequeña aldea. Allí, el puente está bloqueado por un caballete con un cartel en la entrada del pueblo. El viajero desprevenido puede pensar que se trata de un piquete, aún en esa apacible y aislada comuna, pero el letrero dice “Peatonal”, porque es la entrada a La Cumbrecita, donde desde hace siete años no se puede ingresar en vehículo a motor.
Al llegar a ese punto de depresión entre los cerros se percibe en el aire un dejo de humedad, el paisaje ha cambiado y las laderas escarpadas están cubiertas por una variada vegetación de diversa altura, que para el otoño presenta un prisma que varía del verde musgo al ocre, pasando por tonalidades amarillas, rojizas y marrones -según las especies- con el fondo de grandes rocas grises, lilas y blanquecinas, y el río siempre azul, como el cielo que en él se refleja, con sus numerosas cascadas espumosas y varios arroyos.
La Cumbrecita es un típico pueblo tirolés, nacido de la mano de inmigrantes alemanes, y en 2003 se constituyó en la primera comuna peatonal del país. Para entrar hay que dejar el vehículo en una playa junto al puente, salvo los que van a algún hospedaje, a quienes se les permite pasar por un vado de cemento, pero sólo hasta el garaje de su hotel, de donde no pueden mover el automotor hasta abandonar la comarca. El pueblo está el final del camino sin nombre ni número que sale de Villa General Belgrano, a unos40 kilómetros, por lo que no vale la excusa –para entrar con vehículo- de tener que seguir hacia otro destino, ya que la calle principal que nace del puente cruza el vecindario y se desintegra después de unas diez cuadras en arterias menores que se bifurcan o convierten en senderos entre los cerros. Al recorrer esos caminos se encuentran opciones para todos los gustos: lugares históricos, como el hotel La Cumbrecita, que fue el primer edificio del pueblo, construido en 1935, o la iglesia, un típico templo de las aldeas bávaras; circuitos para cabalgatas, ciclismo de montaña y senderismo de diversa dificultad, que conducen a cascadas, arroyos, bosques y fuentes, y por ellos también se pueden subir cerros, como el Wank, con su monolito de piedra en la cima. Los más expertos pueden hacer rappel o escalada en varias paredes rocosas.
Quienes buscan relax tienen la opción de la pesca, que es “diferenciada” y obliga a devolver las piezas al agua, o pueden simplemente sentarse sobre una roca a contemplar el paisaje o descubrir que la superficie planchada de sus cursos de agua también se mueve, y es placentero tirarse sobre el pasto a contemplar ese lento paso.
Aunque en temporada baja hay pocos turistas y resulta ideal para aliviar el estrés o ir de Luna de Miel, los lugareños cuentan que en verano llegan hasta 30.000 visitantes por fin de semana, la mayoría sólo a pasar el día, ya que la capacidad hotelera de La Cumbrecita es de poco más de medio millar de camas.
Ése fue uno de los motivos que llevaron a las autoridades a vedar el acceso de vehículos, ya que generaban gran polución ambiental y sonora en sus estrechas y sinuosas calles y además impedían el movimiento de ambulancias o bomberos en casos de emergencias, en una zona de alto riesgo de incendio forestal. Ahora sólo circulan, en horarios restringidos, los vehículos de servicios públicos, de proveedores y de habitantes del pueblo.
Dentro de la villa, el lugar común de los turistas es un recorrido por la avenida Helmut Cabjolsky -el pionero, que llegó en 1934- y visitas a las típicas casas de té y masas estilo alemán; a los negocios naturistas, de los que emanan los aromas de los yuyos serranos, o a locales con recuerdos del lugar. Pese estos variados servicios y posibilidades a la vista, en el pueblo todos aseguran que nunca se propusieron crear un centro de turismo.
Después de varios días, hasta el más citadino se acostumbra sin nostalgia –aunque vale admitir que la experiencia duró menos de una semana- a caminar por la aldea y sus alrededores, intercambiar saludos con vecinos como si uno también fuera un lugareño y oír en el exterior sólo los sonidos de la naturaleza, originados tanto por animales, como por las aguas, las plantas o el viento.
Al momento de partir y retirar la moto de su letargo en el garaje, también uno se sobresalta con el primer rugido del escape y siente un poco de vergüenza cuando todos los transeúntes se dan vuelta a mirarlo.-
ageo
Por Gustavo Espeche Ortiz

(Publicado en el Suplemento Internacional de Turismo del diario La Razón - Argentina)