lunes, 31 de enero de 2011

LA PAYUNIA: EL MAYOR PARQUE VOLCANICO DEL MUNDO

 El parque de volcanes de La Payunia, en Mendoza, es el de mayor concentración de conos en el mundo. Sus arenales negros, las colinas de origen ferroso, los ríos de lava y el viento como única fuente de sonido lo asemejan a un mundo en extinción o en nacimiento, pero sin presencia humana.


Un pequeño puente llamado La Pasarela, que surge de un desvío de la Ruta Nacional 40, cruza la parte más angosta y correntosa del río Grande. Tras recorrer sus quince metros entre dos altos paredones de lava basáltica, uno siente que atravesó un umbral en el tiempo hacia un mundo perdido, que podría ser de antes de la existencia de los humanos o –como en las películas futuristas post hecatombe- de cuando ya nada queda de ellos. Es como trasladarse a cualquiera de esas dos eternidades, previa o posterior a un chispazo de vida humana en la Tierra, y hallarse en un extenso desierto de arena y piedras, en el que conos volcánicos afloran hasta el horizonte de sus valles y colinas, donde predominan el ocre, el rojo y el negro.
Al margen de la imaginación, La Pasarela es un portal, pero sólo en el espacio, que a unos 180 kilómetros al sur de Malargüe conduce a la reserva provincial de La Payunia, la mayor concentración de volcanes del planeta.
 En sus 450 mil hectáreas hay unos 800 conos, arenales negros, colinas de origen ferroso, inmensos cráteres y extensos ríos de lava y escoriales, lo que con el viento como única fuente de sonido puede semejar el génesis o un mundo en extinción. Este parque -candidato a ser declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por Naciones Unidas-, tiene una densidad de 10,6 volcanes cada 100 kilómetros cuadrados, que lo convierten en el de mayor concentración en el mundo.
 Aunque algunos guías tremendistas o poco informados alertan a los turistas sobre “volcanes en erupción”, los de la Payunia están todos apagados desde hace milenios y a lo sumo existe alguna actividad mínima muy por debajo de la superficie, sólo detectable con equipos sumamente sensibles, sin posibilidades de erupción. La fumarola sobre los conos, que completaría el paisaje prehistórico, ya no es posible.
Al ingreso hay varios volcanes menores, en un relieve de baja dificultad para las caminatas; después el suelo se torna áspero y dificultoso y se llega a las Pampas Negras, un arenal oscuro, de lava erosionada y desparramada por el fuerte viento, formadas por la erupción de los dos Morados. La negritud de ese manto de finos granos llamados “lapilli” brilla hasta encandilar bajo el sol, pero cuando el cielo se nubla genera una noche diurna en la que todo es umbrío y opaco.
Todo en la Payunia es resultado de una intensa actividad volcánica que inundó de lava los amplios y sinuosos valles y de la que quedan sus cráteres, los farallones que bordean al río Grande, las Pampas Negras y los escoriales y coladas de las erupciones.
Sus dos volcanes más altos son el Payén Liso y el Payún Matru, de los que deriva el nombre del lugar, con 3.838 metros y 3.715, respectivamente. La forma cónica del Liso, con su pico cortado por el cráter, hacen que parezca mucho más alto que el Matru, y es visible desde cualquier punto del parque y aun desde afuera.
Una de las típicas postales es el Payún Liso visto desde los cerros Pintura, unas elevaciones menores con laderas cruzadas por franjas de minerales rojos, ocres y negros como grandes pinceladas, a las que se suma el amarillo de los coirones.
El Payún Matru está rodeado de unos pintorescos volcanes más bajos llamados “Adventicios” y su caldera tiene unos nueve kilómetros de diámetro, ya que al erupcionar colapsó sobre sí mismo y en su interior se formó una laguna de aguas quietas y transparentes, de fondo negro y profundidad imprecisa.
En el norte está el "campo de las bombas", unas grandes esferas que fueron magma disparado en las erupciones, que se apagó y endureció antes de estrellarse o durante su rodada, algunas de las cuales tienen un "peinado", un lampazo generado por la fricción durante su efímero vuelo de bolas de fuego.
El Escorial de la Media Luna o La Herradura del volcán Santa María es el mayor de La Payunia y se formó cuando este volcán vertió todo su magma sobre el valle y formó una colada semicircular de casi 18 kilómetros de longitud, que se puede admirar en toda su extensión desde la cima del Payún Matru.
  Más al norte, tras vencer una pendiente muy pronunciada de ripio rojo a fuerza de motor y muñeca del conductor, se llega al cráter de uno de los Morado, cuyos bordes perdieron filo con la erosión y semeja una abrupta depresión sobre la cima. Durante la erupción, una de las paredes del cráter se abrió y por allí fluyó el magma que ahora, convertido en lava y visto desde la cúspide, parece un negro y meandroso río de piedra.
Este desierto –como cualquier otro- también encierra vida y en ese mar negro y rojizo se ven franjas amarillentas que parecen lenguas de arena común, pero son bajísimos matorrales de colimaliles (o leñas amarillas) y coirones que crecen en las suaves hendiduras de las fallas del suelo que concentran la escasa humedad del lugar y avanzan sobre las piedras lentamente, con el tesón de la flora del desierto.
También hay pastizales de montaña y de la estepa patagónica, como melosas, solupes negros, retamillos, pichanillos y algarrobos, que crecen gracias a la arena eólica acumulada en las grietas de la escoria, entre los 500 y 1.300 metros de altura, mientras de los 1.800 hacia arriba sólo se ven pataguillas, molles y jarillas.
Según textos de las agencias de turismo, la fauna registrada en la zona incluye unas 70 especies, de las cuales 37 son de alta posibilidad de avistamiento, pero en este recorrido sólo se vieron numerosos guanacos y algunos armadillos, lagartijas, choiques e insectos como escarabajos del desierto, además de los restos de un zorro, que aunque muerto certificaba su existencia en la zona, y excrementos de puma descubiertos por la guía.
También cruzaban el cielo jotes y águilas, aunque en este caso eran ellos quienes observaban a los visitantes. Otras especies documentadas son vívoras como la yarará ñata, el lagarto cola de piche, la calandria patagónica, el chinchillón y la ranita de cuatro ojos, según los nombres populares.
La única forma autorizada para recorrer el parque, declarado Reserva Total provincial en 1988, es con un guía autorizado, tanto para preservar el ambiente como para seguridad de los visitantes, ya que no hay infraestructura vial en su interior sino una compleja telaraña de huellas que sólo los baqueanos saben transitar.
El tiempo mínimo requerido para conocerlo es unas 12 horas -son más de 400 kilómetros, incluido el tramo desde Malargüe- que pueden extenderse a un día o más si se incluyen trepadas a las bocas de los volcanes más altos y el ingreso a los cráteres. También se pueden contratar excursiones con campamento y cabalgatas nocturnas.
Ciertos atardeceres, unas nubes rojizas y oscuras se concentran sobre el cono del Payén Liso y toman formas circulares que, vistas desde muy lejos, semejan una fumarola volcánica, como un nostálgico capricho de la naturaleza por revivir imágenes de un pasado lejano.


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EN LA PAYUNIA AVANZA LA FLORA Y LA FAUNA ES HUIDIZA

La flora en el parque volcánico La Payunia es escasa, pero lentamente gana espacio entre las piedras, en tanto que la fauna presenta unas 70 especies registradas, aunque durante una excursión de una jornada es posible que no se aviste más de una docena, incluidos insectos.
A los tonos oscuros y rojizos del paisaje se han sumado unas franjas amarillentas que a lo lejos parecen lenguas de arena, pero son bajísimos matorrales de colimaliles (o leñas amarillas) y coirones, que aprovechan la escasa humedad del lugar para sobrevivir. 
También hay pastizales de montaña y de la estepa patagónica, como melosas, solupes negros, retamillos, pichanillos y algarrobos, que crecen entre la arena eólica acumulada en las grietas de la escoria, entre los 500 y 1.300 metros de altitud, mientras de los 1.800 hacia arriba sólo se ven pataguillas, molles y jarillas. El popularmente llamado “asiento de suegra” es un matorral compacto y bajo, compuesto de espinas amarillas, duras y filosas como agujas.

Según Miguel Espolsin, uno de los mayores baqueanos en la zona y vicepresidente de la Asociación de Guías de Turismo de Malargüe, los amarillos coirones se expanden lentamente, pero con el tesón de la flora del desierto llegarán a cubrir las Pampas Negras y buena parte del parque. 
De las cerca de 70 especies de fauna registradas, 37 son de alta posibilidad de avistamiento, aunque en nuestra excursión vimos sólo guanacos -varias veces-, un par de armadillos, lagartijas, choiques e insectos, como el típico escarabajo del desierto.
También encontramos restos de un zorro, que aunque muerto certificaba su existencia en la zona, lo mismo que excrementos de puma descubiertos por el guía, en tanto cruzaban el cielo jotes y águilas, aunque eran ellos quienes observaban a los visitantes.
Otras especies documentadas son víboras como la yarará ñata, el lagarto cola de piche, la calandria patagónica, el chinchillón y la ranita de cuatro ojos, según los nombres populares.
Espolsin explicó que muchas especies son huidizas y realizó un truco para demostrar que aunque no se dejan ver, están ahí: Nos llevó hasta unos matorrales que ocultaban cuevas de lagartijas, a las que decidió exponer a nuestra vista, para lo que aprovechó la sequedad del desierto y la avidez de agua de los animales: derramó unas gotas junto a las cuevas y acumuló una cantidad mayor en la palma de su mano. 
Pronto, asomó una lagartija que lamió las piedras mojadas y, lentamente, se acercó a la mano del guía y comenzó a subir por sus dedos hasta llegar a la pequeña fuente, que Miguel seguía alimentando con gotas cuando disminuía. Otro ejemplar la imitó y hasta disputaron el líquido que de a gotas volcaba Espolsin en su palma, pero en cuanto otra persona se acercó huyeron velozmente hasta su refugio, aunque antes de irse una de ella en un movimiento casi imperceptible por la velocidad con que se movió, se engulló una mosca que se había posado en el brazo del hombre.


Por Gustavo Espeche Ortiz

Versión unificada de dos artículos publicados en la revista Rumbos y la agencia de noticias Télam, en 2007 y 2011, tras sendas visitas al lugar.



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