lunes, 18 de julio de 2011

EL TANGO REPRESENTÓ A ARGENTINA EN LOS FESTIVALES DE VERANO DE DANZAS TÍPICAS EN ITALIA



Un grupo de tango de la Patagonia me invitó hace unos años a sumarme a una gira de dos meses por Italia, por falta de uno de sus titulares. Nunca diría que fui bailarín profesional de tango siquiera por un rato -aunque eso garparía en las milongas- sino que sólo compartí una gira con profesionales para vivir la experiencia desde adentro. Habíamos acordado que sólo bailaría milonguero, ya que no me gusta el tango espectáculo ni lo sé bailar, pero las circunstancias me obligaron a aprender y bailar varias coreografías, entre ellas una para "Libertango", que estaba de moda en Europa y lo bailábamos todos los días, a veces repetido. Ahora, cada vez que oigo su característico "pará papárapara..." quiero taparme los oídos. 
Para ir, tomé unas vacaciones extras en Télam y al volver habían cambiado las autoridades. Uno de los nuevos jefes me conocía y, enterado de la caradurez que me había mandado, me dijo "escribite una nota contando todo eso". Así surgió este artículo.

El tango estuvo presente en los festivales de verano de Italia, junto a otras danzas típicas de América, Europa y Asia, donde se destacó no sólo como expresión artística por la aceptación del público y el interés que despertó aún en bailarines de otros países, sino también como reflejo de una cultura.
Los festivales comenzaron en forma simultánea en numerosos pueblos y durante las dos primeras semanas Argentina era representada por sólo los músicos del grupo "Petrotango", nombre que para los italianos era algo así como "Tango de piedra", pero en realidad se refiere a su ciudad de origen, Comodoro Rivadavia, capital argentina del petróleo.
La primera pareja de bailarines de Argentina llegó cuando la compañía estaba en el festival de Castiglione del Lago, en Peruggia, pero después de viajar en medio día desde el invierno porteño a uno de los veranos más calurosos de Europa en las últimas décadas, no actuó esa noche sino que se dedicó a aclimatarse y ensayar tras la cena, mientras se desarrollaba la función en el centro del pueblo. Practicaban en un estrecho pasillo junto a las escaleras del hospedaje común, hasta avanzada la madrugada, en un horario increíble para los otros participantes, para quienes la noche -o la trasnoche- es sólo para descansar,  y entonces los miraban asombrados al regresar de la función rumbo a sus dormitorios.
Nacida en un país de inmigrantes que concentra la tercera comunidad itálica del mundo, con muchos de ellos entre sus más reconocidos creadores e intérpretes, la danza porteña -aunque representada por una compañía patagónica- jugaba casi de local en cualquier rincón de la península.
Quizás por esos antecedentes, el tango sorprendía o resultaba más extraño a los otros grupos musicales invitados que al público italiano, que lo conoce desde sus inicios y entiende su esencia, y por eso no resultó raro que la argentina fuera la única compañía extranjera que incluyó bailarines locales.
Al día siguiente de ese ensayo nocturno, muchos comentaban sobre el hombre y la mujer que en la madrugada, con música casi inaudible, se abrazaban muy juntos, rozaban sus piernas, brazos y caras, caminaban y giraban como un solo cuerpo, se despegaban, se miraban desafiantes y ansiosos y volvían a unirse para culminar en una caída controlada o un deslizamiento que parecía fundirlos.
El próximo ensayo, en un caluroso mediodía, fue con los músicos, y entonces por todo el predio se corrió la voz: "Hay argentinos bailando tango". Pronto, el lugar donde la pareja en pantalones cortos y musculosas ajustaba sus movimientos con la banda, se llenó de curiosos de diversos países, que tomaban fotos y filmaban cada paso y cada figura, como si no fuese un ensayo que se interrumpía por momentos y recomenzaba, sino una función, y hasta les brindaban un cerrado aplauso al final de cada tango.
Con amigos de Colombia, Sry Lanka y Paraguay
Los latinoamericanos ya conocía el tango, pero serbios, rusos, mongoles, letones o chechenos miraban con asombro a ambos y tras el ensayo hasta los seguían intrigados, como para entender qué había sucedido entre ellos en cada tango y que podía ocurrir después. Algunos de los que hablaban castellano, durante el almuerzo se acercaron a compartir la mesa con los argentinos.
Con el correr de días y pueblos -de Calabria, Abruzzo, Sicilia, Friuli y Roma, entre otras regiones- donde se compartía escenarios con variados países, en algunos casos con reencuentros, nació una camaradería con pocos idiomas en común y un gran lenguaje de gestos. Percusionistas, tecladistas o guitarristas de distintos países se prestaban sus a veces "sagrados" instrumentos y tocaban juntos en los ratos libres. 
Los ballets, en cambio, se limitaban a lo suyo, con disciplina, concentrados y desentendidos de los otros, aunque finalizados los ensayos y funciones el lugar común para muchos era intentar algunos pasos de tango con los argentinos. Esto ocurría generalmente luego de la cena, cuando los músicos de diversas compañías alegraban la sobremesa con sus ritmos, pero a medida que la mayoría se retiraba a los dormitorios sólo los acordes del tango persistían para cerrar la noche. 
Los únicos que trasnochaban junto a los argentinos eran los polacos, acompañando con sus violines, acordeones y una increíble cantidad de vodka que cargaron en el ómnibus que los trasladó desde su país. La fiesta seguía a veces tan tarde, que los trasnochadores se cruzaban con los primeros en levantarse cuando iban por su desayuno o desayunaban junto a ellos antes de ir a dormir ya con el sol.
Isaías, director de la compañía colombiana, comentaba que "las danzas latinoamericanas son siempre más sensuales que las europeas; en éstas prevalecen la acrobacia o la destreza en escenas marciales, por su tradición guerrera, pero cuando muestran una relación de pareja se vuelven más cortesanas y distantes".
Rusos de altas botas daban saltos espectaculares, mongoles con arcos y flechas entraban amenazantes al escenario, serbios cubiertos con pieles manifestaban la antigua vida rural de su pueblo, morenos semidesnudos de Sry Lanka lanzaban fuego por la boca y los chechenos se batían a duelo de espadas que lanzaban chispas en la noche.
Los latinoamericanos movían caderas, pelvis y hombros en escenas de procesiones y ritos paganos o imitaban a las fieras, en danzas de origen africano. Los tangueros desplazaban suavemente su peso, con los pies a ras del piso, mezclando el aliento en llamativas pausas y sentadas, apurando alguna corrida  o giro con un sobrepaso y enredando las piernas en "sanguchitos", "sacadas" y "ganchos".
La coreógrafa de Polonia, Margarita Mitrenka, confesó que la primera vez que los vio "no me gustó, no veía gran destreza física ni coreografías exigentes y además cada pareja bailaba un mismo tema de manera distinta a las otras; y al día siguiente, el mismo tango lo bailaban con pasos y figuras diferentes. Me parecía indisciplinado, como que cada uno hacía lo que quería".
Cuando a su mirada profesional le agregó corazón entendió este baile que la intrigaba: "ustedes no bailaban una danza, se estaban seduciendo en el escenario, es magnífico hacer eso siguiendo la música; ahora veo porqué ensayan tan poco, si es algo natural", comentó entre asombrada y maravillada.
En el desfile inaugural que recorría cada pueblo, los grupos iban con sus ropas tradicionales. Ahí, los tangueros se destacaban pero por poco originales: sin plumas, pieles ni coloridas telas artesanales, eran los únicos vestidos "a la europea", con trajes oscuros en los que sólo resultaban llamativos algún lengue, un funyi o los zapatos bicolores. Una policía de Corropoli comentó divertida que cuando veía a esos hombres de negro y con anteojos oscuros, con paso firme y sacando pecho, pensaba en un grupo mafioso que llegaba para ajustar cuentas con alguno de pueblo.
También la misa con que se bendecía cada festival marcaba una diferencia, casi un problema, para las tangueras, ya que se debía asistir con ropas típicas, pero las ropas femeninas típicas del tango eran más dignas de un cabaré que de una iglesia. Entonces iban al templo con tacos altos, llamativos vestidos rojos o negros con tajos pronunciados, amplios escotes, brillos, flecos y medias de red, y aunque cubrían sus hombros no se salvaban de la severa mirada de devotos y de señoras que estiraban sus cuellos para verlas de arriba a abajo.
Bailes y atuendos de países de una misma región variaban con el paso de las fronteras pero resultaban parecidos en esa transición, como rusos, letones, polacos y serbios; peruanos, ecuatorianos y colombianos, o españoles y portugueses, pero el tango también en ese aspecto estaba solitario; era distintos a todo, ya que no se asemejaba a sus vecinos latinoamericanos ni a sus ancestros europeos. Sus raíces, muy cortas en el tiempo aunque lejanas y variadas en el espacio, lo hacen totalmente diferente aún de los bailes de las provincias argentinas.
La danza más joven de esos festivales, nacida en los suburbios y conventillos, fuera de templos y cuarteles, representaba sin embargo algo mucho más antiguo -y hasta superior- a las guerras, religiones y costumbres que mostraban los otros bailes típicos:  los sentimientos entre un hombre y una mujer.
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(Recuadro)
UNA COMPAÑÍA PATAGÓNICA FUE INVITADA A LOS FESTIVALES


Los Festivales de Verano de Italia se desarrollan en forma simultánea en pueblos de provincias de todas sus regiones, coordinados por la Confederación Internacional de Organizaciones de Festivales Folclóricos (CIOFF). 
Los municipios sede se encargan de la infraestructura para los espectáculos y alojamiento  -generalmente en escuelas o universidades convertidas en hospedajes-, alimentación, mantenimiento, limpieza y seguridad, mientras la CIOFF selecciona las compañías extranjeras a invitar cada año.  Cada compañía actúa en una media docena de festivales, junto a otros cuatro o cinco países -además de un grupo italiano de la ciudad anfitriona-, a los que puede volver a encontrar en siguientes festivales. 
En esta oportunidad, la mayoría de las compañías invitadas fueron de América Latina y Europa del este, aunque también hubo representantes de Asia y de Portugal y España.
 La CIOFF tiene delegaciones en todo el mundo y este año invitó a la compañía argentina "Petrotango", dirigida por el guitarrista de Comodoro Rivadavia Guillermo Terraza e integrada mayormente por patagónicos, aunque fue la única que luego incorporó bailarines de tango de  Italia.
Entre los grupos con los cuales Argentina compartió escenarios figuraron ballets de Colombia, Paraguay, Ecuador, México, Chile, España, Portugal, Letonia, Serbia, Montenegro, Rusia, Sry Lanka, Polonia y las repúblicas rusas de Chechenia y Kalmykia.



Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la Agencia de Noticias Télam

viernes, 8 de julio de 2011

POBRE AGUSTÍN - Cuento


POBRE AGUSTÍN

Rocío parecía dormida cuando la deslicé por la ventana. Unos segundos después yo también me desmayaba sobre el césped, para despertar en la ambulancia poco más tarde, mucho antes que ella, que despertó en el hospital, donde alguien le contó sobre Agustín, pobre. Desde entonces nada pudimos reconstruir, ni siquiera el chalé o las pinturas, que hubiera sido lo más fácil. 

Ahora, el doctor Morales dice que por el momento lo mejor es decirle que sí y darle la razón en todo y esperar, que en algún momento el tratamiento puede empezar a dar resultados. Pero él no sabe lo que es estar de este lado y tener que fingir, como una rutina, que cada uno de nosotros es lo que ella supone. Para él es simple: Me pide que imagine qué sucedería en mi cabeza si la situación fuese a la inversa, qué sentiría yo si de repente me dijeran que yo no soy quien creo ser, que no soy quien yo sé que soy y que quienes me rodean tampoco son lo que yo pienso. "Si usted fuera el afectado, el confundido, el que sufrió el shock ¿eh? haga la prueba y entenderá por qué es mejor avanzar de a poco y por el momento contenerla. Haga como el resto de la familia, que lo hace muy bien". Muy fácil para ellos mantener estable la relación con Rocío. Mamá la trata como si fuera su hija, con total naturalidad, y a Alicia le es más fácil aún comportarse como si estuviera con su hermana menor y no su cuñada, pero yo no puedo seguir fingiendo que soy su hermano Agustín, pobre; yo soy el marido, yo la amo como mujer, no como hermana, yo necesito su mirada apasionada, sus brazos, su piel y su calor por las noches.

A mi cada vez me cuesta más contenerme cuando me dice "hasta mañana Agustín, que duermas bien", y sólo lo hago por la mirada preocupada y suplicante de mamá. Morales es licenciado y doctor y tiene muchos años de estudios y de carrera, pero a veces pienso que lo mejor sería seguirla al dormitorio, abrazarla con fuerza y suavidad otra vez hasta sentir crujir sus huesos y acariciarla nuevamente rodando entre las sábanas y mientras nos amamos hacerle recordar quiénes somos, y creo que quizás entonces ella sonreiría y me reconocería y le parecería increíble haberme confundido. Pero él siempre que no, que así empeorarían las cosas, que "imagínese si a usted alguien le revelara una verdad así; sería capaz de cualquier cosa ¿no? bueno, no juguemos con fuego, Mauro... oh, perdón, no quise decir...", agrega arrepentido cuando se le escapa esa muletilla.

Fuego es mala palabra en casa de mamá, donde vivimos todos desde hace más de un año, exactamente desde un día después que Agustín, pobre, no pudo salir de la casa, el chalé que siempre había querido Rocío y que habíamos elegido prácticamente entre los tres, tan amigos; tan amantes ella y yo y tan hermanos los tres; tanto, que casi lo teníamos de huésped permanente, durmiendo en el dormitorio contiguo varios días a la semana o quedándose hasta la madrugada en mi taller del altillo, ensayando mamarrachos sobre alguna tela que yo le dejaba en el atril para que practicara. Mis pinturas no eran tan buenas como para convertirme en un artista de renombre, pero sí para exponer de vez en cuando y además me habían servido para atraer a Rocío, deslumbrada por el arte cuando nos conocimos, todavía adolescentes los tres. Agustín, pobre, creo que la celaba al principio y por eso se acercó a mí, para protegerla, para espiarnos, para cuidarla. Y se acercó tanto que terminamos amigos, y luego cuñados.

Pero ahora Rocío está muy lejos de todo eso. Creo que terminaré por hacerle caso a Morales y aceptar que quizás no tiene cura, que quizás debo empezar a pensar que, como mamá y Alicia, me veré en la obligación, en la resignación, de cumplir el rol de hermano de Rocío con la misma entrega que ellas hacen de madre y de hermana, tanto que a veces hasta cuando están solas actúan sin necesidad, por simple inercia, como si realmente creyeran esta comedia, a tal punto que a veces hasta hablan de mí como si fuera Agustín, pobre. Pero a ellas poco les interesa que la realidad sea otra, si casi no les hace diferencia. Yo soy el único que se niega a sumarse a la farsa, a meterse la farsa en la piel como lo hicieron ellas. A lo sumo me limito a asentir ante las mentiras y a desearla, y aunque no se lo digo sé que mi mirada me delata, porque noto su preocupación, fastidio y hasta un poco de miedo. Claro, si para ella soy el hermano que se volvió loco; para ella su marido murió aquella noche. Aún recuerdo que cuando nos reencontramos en el hospital todos creían que era yo el shockeado, el confundido; yo, que había llegado consciente tras un breve desmayo, sólo golpeado tras la caída desde la ventana por la que salté al jardín después de descolgarla a ella envuelta en una sábana, ya sin sentido y al borde de la asfixia, sin poder hacer nada por Agustín, pobre, seguro que encerrado en el taller, sin otra salida que la escalera imposible de atravesar. Fue en el hospital donde alguien se lo contó y entonces algo se quebró dentro de ella y cambió los roles y cuando entré a su sala me miró confundida y sólo aceptó un abrazo fraternal, para de inmediato preguntar desesperada por Mauro, por mí, que estaba a su lado, confundiéndome para siempre con su hermano Agustín, pobre, antes de volver a desmayarse. La dejé en manos de los médicos y ya no pude verla hasta el día siguiente, en el funeral, al que fue con luto de viuda.

Luego vinieron los meses de letargo, de virtual autismo, en casa de mamá, sin querer hablar del tema, esquivando mis acercamientos, comportándose como si fuera mi hermana y después aceptando, a regañadientes, más enojada con mamá y con Alicia que conmigo, la presencia de Morales, con su terapia familiar, sus charlas grupales e individuales, diciendo una cosa a todo el grupo y luego algo distinto a ella y a cada uno de nosotros, pero sin resultados hasta ahora. Supongo que a mamá y a Alicia también les pedirá que se imaginen cada una en la situación de Rocío, como siempre me lo reitera. Pero para ellas es fácil, porque da casi lo mismo una nueva y repentina hermana que una cuñada, o que la nuera se transforme en una hija adoptiva, especialmente si no se ha perdido a nadie. Pero a mí no me da lo mismo una hermana que nunca había tenido a cambio de la mujer amada que me niego a perder.

Amaba a Rocío desde nuestra adolescencia, cuando Agustín se las arreglaba para estar siempre entre nosotros, para cuidarla, porque parecía no aceptar que su hermana se volviese mujer y deseara a un hombre como cualquier otra joven. El suponía que ella podía vivir al margen del deseo y trataba de conservarla, porque cuando ella amara a alguien lo dejaría, entregaría su cuerpo y sus sentimientos y entonces él se quedaría sólo; porque Agustín, pobre, parecía incapaz de vivir con otra mujer; pero ella, irremediablemente, gustaba de los hombres, y entonces él se veía obligado a estar siempre con ellos, a hacerse amigo de sus novios, para no perderla; hasta que ella terminó por acostumbrarse, hasta que ellos tuvieran que acostumbrarse, o irse, que era lo que siempre ocurría. Pero yo no me fui, acepté su compañía, compartí salidas con él, vacaciones con él, mi coche con él, mi cuarto de soltero, luego mi casa y mis pinturas con él, y Agustín, pobre, aceptaba todo gustoso, aunque sentía que a cambio compartía y perdía, inevitablemente, la mujer que había en su hermana. Sin embargo, en esa competencia implícita yo resulté perdedor mucho después, la noche de la tragedia, cuando él, pobre, no pudo salir de la casa y entonces ella me transformó en su hermano y empezó a llamarme Agustín y mamá y Alicia me convencieron que aceptara que ellas, delante de Rocío, hicieran lo mismo.

Desde entonces, nada pudimos reconstruir. El chalé, hubiera sido fácil, pero siento que no tiene sentido; con las pinturas lo intenté pero es como si el fuego que consumió el altillo hubiera quemado también parte de mi talento, y las nuevas pinturas no son comparables a las que se perdieron, algo que escuché comentar a mamá y Alicia las pocas veces que entran al nuevo taller, en su casa. Rocío nunca entró a verlas y creo que ya no se deslumbraría como con las anteriores.

Quizás aquella noche, en el taller del altillo, Agustín intentaba imitar mi técnica para impresionar a su hermana como lo había hecho yo; quizás esa noche que se quedó más tarde que nunca supuso que con lo que había aprendido era suficiente, que ya podía reemplazarme y entonces, al escucharme salir del dormitorio hacia el baño se asomó y me llamó en silencio para que Rocío no despertara, y Mauro subió la estrecha escalera alfombrada apoyando suavemente la planta de los pies, para no hacer ruidos, apenas un crujir de la madera, y con los ojos entrecerrados por el sueño preguntó qué quería, y cuando vio la pintura que acaba de terminar lo felicitó por compromiso, como para sacárselo de encima a esa hora de la madrugada, con el gesto soberbio y comprensivo del experto profesional ante el aprendiz, la hipocresía complaciente del que se siente superior, del que sabe que puede hacerlo mejor, del que ha desplazado al prójimo del único lugar que tenía en el mundo, de quien le quita la mujer amada a otro hombre y lo palmea para consolarlo. Entonces Agustín supo que tampoco así lo conseguiría, que de nada le serviría haber copiado su técnica en el lienzo, que de ninguna manera lo lograría, porque Rocío, dormida, esperaba a su hombre junto al espacio tibio que había dejado en la cama ese hombre que miraba con suficiencia y hasta con piedad sus pinturas; entonces se enfureció y tomó el único camino que le quedaba y lo golpeó desde atrás con la botella de aguarrás que se rompió derramando el líquido inflamable por la escalera mientras Mauro se desvanecía al pie del atril; y al verlo caído supe que ésa era la solución, que ya no competiría con él, que no sería necesario, porque ocuparía su lugar e iría al baño como él iba a hacerlo unos minutos antes, pero no subiría al altillo donde Agustín se entretenía con sus mamarrachos, sino que regresaría a acostarme junto a Rocío, que me esperaba para que ocupara ese espacio tibio, donde yo me deslizaría mientras ella, en medio de su sueño pesado apenas se movería para hacerme lugar y acomodarse a mi cuerpo, quizás con algún murmullo incomprensible, y yo la abrazaría hundiendo mi cara entre sus cabellos cálidos para continuar el sueño compartido, hasta despertarme sobresaltado por los golpes en el altillo, donde Agustín, pobre, se habría dormido, quizás con un cigarrillo encendido junto a los diluyentes, que son tan volátiles. Entonces sentí el ardor del humo en los ojos, el olor irritante y el ruido del incendio que consumía las maderas del chalé y lo intenté, por supuesto, pero la escalera era una sola llamarada que yo tampoco podía atravesar. Entonces lo único que pude hacer fue salvar a Rocío, ya desmayada por el humo, y saltar para salvarme yo también, para seguir cuidándola, porque nos quedábamos nuevamente solos, como en la adolescencia, cuando Mauro no existía y yo era todavía Agustín, pobre, que intentaba inútilmente escapar de las llamas en el altillo.-


Por Gustavo Espeche Ortiz
Tercer puesto en el X Premio Internacional Julio Cortázar
Santa Cruz de Tenerife - España
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miércoles, 6 de julio de 2011

ALUMINÉ: SNOWBOARD EN SOLEDAD Y SOBRE LAS NIEVES VÍRGENES DEL CERRO NEGRO



Las laderas del cerro Negro, en la localidad neuquina de Aluminé, son un blanquísimo manto de nieves vírgenes, sobre las cuales pequeños grupos de turistas son llevados para abrir camino hacia arriba después de las nevadas, para luego deslizarse con tablas de snowboard y también disfrutar de la paz de esas inmensidades de desierto y cielo, que en esas alturas se unen casi al alcance de la mano.


Pocos principiantes en deportes invernales tienen la oportunidad de deslizarse con una tabla sobre nieves vírgenes, en virtual soledad pero asistidos por guías expertos, como en la comuna en Aluminé, que abrió al público esta actividad como una alternativa a las de los concurridos y conocidos centros de turismo de invierno.
Es una excursión, pero no un "paseo", porque si bien no se requiere experiencia sí es un desafío a la resistencia, ya que se trata de "snowboard" fuera de pista y en nieves profundas y vírgenes, a más de 1.500 metros de altura y a las que se llega luego de una prolongada caminata, o "trekking" duro, de casi dos kilómetros.
Los guías de este poblado, ubicado a unos 340 kilómetros al oeste de la capital provincial, arman pequeños grupos, a los que llevan a aprender o a practicar este deporte casi en la cima del cerro Negro, que paradójicamente es un desierto blanco en estos días.
Las camionetas llegan por un camino de ripio nevado y barroso hasta un punto desde donde se debe seguir a pie, con la tabla a cuestas y, en días como el de la ocasión, posteriores a recientes nevadas, a través de un fino polvo níveo que llega al metro de altura y reclama un esfuerzo similar al de caminar con el agua hasta la cintura.
La nieve es virgen, por lo que no hay huella y se debe abrir camino. Entonces, quienes encabezan la marcha se calzan raquetas y dejan una brecha sobre la que el paso de sus seguidores hará un sendero sólido para futuros caminantes, si no hay nuevas precipitaciones. El quiebre del frágil manto blanco bajo las primeras botas parece un sacrilegio a la perfección de la naturaleza, que deja una grieta oscura y despareja, como una extensa herida en la ladera. 
Debajo de la nieve puede haber pastos, piedras, pozos, turba o hilos de agua, por lo que es posible alguna caída o golpe leve, y por eso los guías son acompañados por bomberos de Rescate de la dotación de Aluminé, con equipo de primeros auxilios y una camilla de traslado. 
 La caminata es por territorio de una comunidad mapuche, con la cual las autoridades de turismo acordaron la realización de estas excursiones. Si alguno de ellos anda por la zona durante la actividad, puede que se sume al grupo y colabore con su baquía, ya sea sólo para conocer gente o a cambio de una práctica de snowboard.
También es posible hallar algún grupo de mapuches con su jauría en una cacería de liebres, quienes no tendrán problemas en que los turistas los acompañen para ver la caza.
En esta oportunidad, se sumaron al grupo dos indígenas que iban con media docena de perros -que son los verdaderos cazadores, ya que sus dueños no usan armas y sólo toman la pieza capturada por el animal-, quienes ayudaron a abrir camino, ya que también iban a la zona alta, donde están los refugios de las liebres.
Sin embargo, luego de caminar con una envidiable naturalidad por la nieve, abandonaron la jornada de caza y se quedaron a aprender a "surfear", en este caso con la misma torpeza y dificultad de los turistas principiantes.
Algunos mapuches son buenos esquiadores, pero el snowboard es algo nuevo para ellos. Por eso, junto a los visitantes se cayeron rodaron y volvieron a subir decenas de veces y se divirtieron toda la tarde.
Al cabo de una hora ya era un grupo homogéneo, al que se agregaron otros tres mapuches, entre ellos una joven "huerque" (algo así como una vocera y guía espiritual).
Todos armaban un pequeño y bullicioso grupo humano que profanaba la quietud y el silencio primordial que reina entre las inmensidades de los cerros y del cielo, observados sólo por los perros cazadores y, de vez en cuando, por algunos cóndores que sobrevolaban las cimas.
Cristian, uno de los guías e instructor, explicó a Télam que Aluminé apuesta a actividades invernales de aventura como ésta, de bajo riesgo pero de alta dificultad en lo que hace a resistencia.
Otras opciones son el trekking por los bosques del circuito Ruca Choroi, en tierras mapuches, y a lo largo del río del mismo nombre, que cambia su colorido paisaje de fondo verde y aguas transparentes del verano por otro agreste y nevado en invierno, cuya travesía también demanda un gran esfuerzo físico y conocimiento del lugar.
En estas actividades, el turista no está rodeado de gente y bullicio, sino que se encuentra sólo o con su propio grupo y puede disfrutar del silencio y la paz del lugar, algo que muchos buscan en la Patagonia.



Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado por la Agencia de Noticias Télam

lunes, 20 de junio de 2011

LAS PAREJAS EN EL TANGO - Cómo sobrevivir.

La supervivencia de una relación de pareja en el ambiente del tango es todo un desafío que cada uno -o cada dos- intenta sobrellevar de diversas maneras. Algunos eligen actuar como desconocidos, otros sólo bailan entre ellos, aislados del resto; están los que se juntan con otras parejas y también quienes desaparecen del circuito mientras dura la relación y retornan cuando vuelven a estar solos.

  
Él se sentó solo en un rincón y, cual un cazador solitario, eligió con tranquilidad cada mujer que invitó a bailar, a las cuales conversó, galanteó, acompañó hasta la mesa y quizás entregó con disimulo una tarjeta personal o intercambió teléfonos o correos. Ella compartió una mesa con amigas, sobre el borde de la pista; bailó cuanto quiso porque en toda tanda algún caballero la cabeceó, cosechó piropos, halagos, invitaciones y otras propuestas. Ambos bailaron juntos sólo dos tandas en toda la noche -una de ellas, la última- y poco antes del amanecer, con disimulo aunque para sorpresa de algunos, partieron juntos, porque llevaban más de un año en pareja.
Es el caso de quienes tienen un relación en la milonga, pero quieren seguir sintiendo que cada tango es una seducción de tres minutos y no un mero baile en el que sólo vibra el cuerpo. Ejercen la seducción y hasta siembran ilusiones en desconocidos durante cada tanda a lo largo de las noches milongueras. Luego, como quien exhibe figuritas, se contarán anécdotas que olvidarán al salir el sol y tendrán el resto del día para su propio placer conjunto.
No podrían disfrutar esas situaciones si compartieran una mesa y evidenciaran su relación, porque se lo impedirían los tradicionales códigos del tango, tan vigentes en Buenos Aires, según los cuales no se invita a una mujer que está acompañada en la mesa por un solo hombre y las damas no miran proponiendo el cabeceo de un señor que se sabe que está en pareja (Ver recuadro “En carne propia”).
Esta forma de sobrellevar la vida en pareja y la milonga requiere un alto nivel de seguridad y confianza, ya que no hay espacio para los celos. Cuando alguno de los dos comienza a controlar al otro y hacer preguntas sobre cuántas tandas bailó con la misma persona, si conversó mucho tiempo entre un tango y otro o después de la tanda y si la charla siguió en la mesa, el sistema habrá fracasado o, en el peor de los casos, habrá fracasado la pareja.
Otros prefieren permanecer juntos desde que llegan a la milonga hasta que se van y bailar sólo entre ellos. Nunca él cabeceará a otra mujer ni ella buscará la mirada de otro hombre para ir a la pista y muy pronto el resto de los concurrentes, como un acto reflejo colectivo, también los ignorará. Este sistema es más simple y claro, y si alguno rompiera esas reglas podría ser motivo de ruptura o, al menos, de un grave deterioro de la relación.
Estas parejas generalmente están solas o acompañadas por otros en situación similar. Si la relación se termina, cada uno volverá a ser uno más de los tantos “solos y solas” de las milongas -que son mayoría-, y se sentará solo o con otros grupos, hasta que un día formará nuevamente pareja y volverá a aislarse del resto.
Están también quienes buscan un supuesto equilibrio entre la relación de pareja y la posibilidad de compartir esta sensual danza con otro. Llegan juntos y se sientan a la misma mesa, pero no solos sino que se rodean de amigos y se alternan bailando con gente del grupo. El ambiente que conforman se asemeja más a una picnic o una fiesta familiar que a una milonga, ya que todos se conocen y no existe el juego de miradas previo al baile ni la seducción ni los mensajes tácitos entre desconocidos que caracteriza a este ambiente.
El inicio de una relación de pareja puede generar bajas en la milonga, ya que hay muchos que desaparecen del circuito al entrar en esa situación. Algunos lo hacen porque están con alguien ajeno a la milonga que no tolera que su pareja se interne en el noche en un ambiente tan sórdido como misterioso y camine pegada al pecho y la cara a otra persona en tandas de casi un cuarto de hora, o quizás porque es sólo alguien absorbente que no le deja tiempo para bailar. Si los dos son del ambiente y al menos uno es muy celoso y no quiere que el otro siga bailando, es posible que ambos dejen de frecuentar las pistas.
Otros que desaparecen al ponerse de novios son los que comenzaron a bailar tango sólo para acabar con su soledad. La mayoría de éstos son principiantes a quienes las sensaciones que flotan en la milonga no llegaron a embrujarlos y para quienes el tango no fue más que una herramienta para involucrarse con alguien, y una vez logrado ese objetivo deciden alejarse. Pero también desaparecen los que viven profundamente la seducción en el tango y, cuando forman pareja sienten que bailar sin seducir, sin comprometer esa pasión durante una tanda puede ser algo vacío y fútil, como fumar sin tragar el humo, una traición a los principios de la milonga, y por lo tanto prefieren dejar de hacerlo, aunque luego viven en la nostalgia de quien perdió un amigo o al amor de su vida.
También hay encuentros pasionales que duran una o dos noches, que son muchos menos conflictivos, relaciones esporádicas y hasta eventuales, con otras características, por lo que quedan afuera de este artículo, que trata de las situaciones en pareja.
La milonga, se dice, es un viaje de ida, no hay boleto de regreso. Por eso, salvo pocas excepciones, todos los enamorados que desaparecen del ambiente, cuando se acaba el romance vuelven a la vieja pasión. Allí estará su grupo de amigos que lo recibirá con una sonrisa comprensiva y hará un lugar para que vuelva a colocar la silla en torno a una mesa, sin hacer preguntas, como corresponde al discreto ambiente milonguero. También es seguro que habrá una persona desconocida, o no tanto, esperándolo para compartir una seducción de tres minutos, de una temporada o para toda la vida.-


(Recuadro)

“EN CARNE PROPIA”

En muchas milongas que mantienen los códigos del tango, uno de los que conserva más vigencia es el de no bailar con alguien en pareja –lo que veda el cabeceo masculino o la mirada insinuante de la mujer-, algo que vivió este corresponsal “en carne propia”, como dice el tango homónimo, una noche que acompañó a una amiga extranjera a conocer una milonga porteña y cometió el “error” de ingresar con ella y compartir una mesa a solas.
Fue en la milonga de los martes de  la calle Riobamba, que recién comenzaba cuando llegó con la belga Therèse, quien por primera vez visitaba la capital Argentina y un local de tango. Había poca gente y todos los vieron entrar y caminar por el borde de la pista hasta el sector destinado a parejas, guiados por el organizador Osvaldo.
Luego de explicarle y describirle algunos detalles de la milonga a su amiga, le anunció con suficiencia que sacaría a bailar a alguna de las tantas mujeres solas que había esa noche, con varias de las cuales ya se había abrazado otras veces.
Caminó por el borde de la pista, esperando la habitual mirada oferente con que la mujer pide al hombre que la cabecee, pero las damas parecían ignorarlo. Recorrió todo el salón hasta completar una vuelta y retornó a su mesa sin lograr su cometido. Confundido, esperó otra tanda, pero la frustrante situación se repitió.
Sospechó que el motivo de la indiferencia femenina era la presencia de su amiga, entonces le avisó que se quedaría en la barra, desde donde muchos hombres solos invitan a las mujeres. Estuvo allí otra tanda, pero ellas seguían sin mirarlo. Entonces entraron más damas y cuando una de éstas, desde su asiento, le hizo llegar la mirada, la cabeceó y tuvo el debut de esa noche y la visitante belga lo vio bailar.
Después de esa tanda, otras mujeres comenzaron a mirarlo, aún las que al principio lo ignoraban y la situación volvió a la normalidad de cualquier noche de milonga.
Todo estuvo claro: Las mujeres que estaban desde temprano lo vieron llegar acompañado y supusieron que Therèse era su pareja, por lo tanto -como luego le confesó una de ellas- no lo tendrían en cuenta para bailar y ni siquiera lo miraron aunque lo conocían y habían bailado con él incontables tangos.
Luego, cuando observaron que él se alejó de la mesa y permaneció sentado a la barra y -además de no bailar con su presunta pareja- invitó a una desconocida, les quedó claro que el hombre, aunque llegó acompañado, estaba tan solo y disponible para milonguear como cualquier otra noche.-


Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la revista "La Cadena", de Holanda, especializada en Tango

lunes, 30 de mayo de 2011

EL CAÑON DEL ATUEL Y SUS DOS PAISAJES

Los más de cuarenta kilómetros del Cañón del Atuel, en el sur de Mendoza, presentan dos paisajes distintos: el río sin agua en el desértico tramo superior, de rocas multicolores, numerosas geoformas y ocasional presencia humana, y el río caudaloso y habitado en el verde Valle Grande,  tras un desnivel de unos 500 metros.

lunes, 23 de mayo de 2011

EL “TANGO NUEVO” EN BUENOS AIRES

No hay abrazo sino distancia, ni miradas apasionadas u ojos cerrados con romanticismo, sino sonrisas cándidas o gestos agotados, como si bailar fuera trabajo y no placer, y tampoco la armonía social de la ronda. Es el “Tango Nuevo”. Quienes lo bailan dicen que es más fácil y creativo que el tradicional, y quienes lo enseñan ganan muy bien, porque satisface una demanda del hemisferio norte.



Dicen que todo comenzó cuando alguien -un extranjero, aseguran- cuestionó “¿por qué seguir una ronda?” Entonces cada pareja comenzó a bailar independientemente del resto. Otro planteó “¿para qué bailar con los torsos pegados, dentro de un abrazo?” Y todo contacto se limitó a manos y brazos, y el hombre dejó de guiar con el pecho... el hombre dejó de guiar. Después se perdió la postura y distribución del peso (“de la cintura para abajo, hacia la tierra; de la cintura para arriba, hacia el cielo”, sentenciaban los grandes maestros) y la caminata “punta-planta-taco”, y así llegó el día en que desaparecieron todos los códigos.
Ésta es una de las versiones más aceptadas sobre el origen del Tango Nuevo, aunque suena a la típica mitología urbana facilista con que se explican ciertos fenómenos en Buenos Aires. Otra versión habla de una apertura en el baile, la llegada de nuevas generaciones y una fusión con disciplinas como la danza contemporánea y coreografías teatrales, y asegura que no empezó con el planteo de un extranjero, pero sí en el norte, con los profesores Gustavo Naveira y Chicho Frúmboli, y continúa en Argentina con algunos de sus alumnos devenidos en profesores.
Con su aparición surgieron tremendistas que aseveraron una ruptura irreconciliable en el tango; optimistas que lo ven como un proceso de una expresión artística, que aportará elementos que revitalizarán esta danza, y escépticos (*), para quienes es sólo otra moda de una sociedad consumista que produce y vende lo que se pueda cobrar en euros o dólares y, como tal, durará algunas temporadas y luego quedará en el olvido o será reemplazada por otra exigencia del mercado exterior.
El Tango Nuevo desembarcó en Buenos Aires y ganó adeptos hasta llena algunos salones, aunque sólo una media docena de milongas sobre más de cien existentes. Muchos nuevos maestros lo aprenden e incorporan a su oferta, aunque la mayoría -por las dudas- no abandona el tango tradicional.
Estos maestros sostienen que muchos alumnos quieren aprender Tango Nuevo, pero no lo enseñan a neófitos del baile o a principiantes, sino a quienes tienen una base de tango o dominan otra danza. Los profesores de tango tradicional, aún los más jóvenes, afirman que la cantidad de gente que empieza a aprender “de cero” no ha mermado con la aparición de esta nueva danza.

EL BAILE
Desde afuera, parece simple: No hay códigos ni exigencias. El compás parece no importar y la música es sólo un fondo para el baile. Nadie sigue la ronda “en sentido inverso a las agujas del reloj” -con los mejores por el borde y los novatos al centro- y cada uno baila donde quiere, sin contemplar la existencia de los demás. Bailan distantes y con movimientos expansivos, por lo cual cada pareja parece querer adueñarse de todo lugar que no sea ocupado por otra.
En general guía el hombre, pero también la mujer, lo que a veces genera tironeos, aunque en la dinámica propia de este estilo eso pasa inadvertido. La marca no es con el pecho -no hay abrazo- sino mediante un tira y empuje con las manos. No interesa el eje ni permanecen enfrentados, sino que se mueven en vaivén en forma inversa, como esquivándose, como en la capoeira brasileña, o caminan por los laterales. A veces ambos avanzan hacia el mismo lado, en paralelo o en “cucharita”, y flexionan constantemente las rodillas, subiendo y bajando en cada paso, para dar impulso a largos enviones o para levantar los pies lo más alto posible.
Nunca cierran los ojos y generalmente bailan con las miradas perdidas en lontananza o en la nada -da lo mismo-, ajenos a su pareja, o ambos miran el piso, como para indicar uno al otro dónde pisar, o para asegurarse que el lugar donde pondrá el pie está libre. Las figuran parecen memorizadas -quizás por eso el gesto de estar cumpliendo un trabajo-, aprendidas en pareja o, al menos, con el mismo maestro, por lo que no pueden bailar Tango Nuevo con cualquiera ni en cualquier lugar.
Los que van a alguna milonga, terminan bailando sólo entre ellos y con frecuencia generan incomodidad o rechazo entre los tangueros, no por el estilo sino por no respetar los códigos sociales. Hasta en un salón de Tango Nuevo que funcionaba en Cátulo, en el barrio de Abasto, los organizadores pararon la música para pedir a las parejas mayor respeto por el espacio de los otros, luego de observar varias situaciones tensas.
Estos bailarines dicen que los tangueros que los critican -o las mujeres que no aceptan su convite- no son capaces de abandonar la rígida estructura del tango y exhibir la destreza y creatividad de ellos. Los milongueros replican que el Tango Nuevo es el consuelo de quienes nunca pudieron sentir ni aprender a caminar el tango. “No bailan en pareja; los hombres toman a las mujeres como si les dieran asco, de lejos y con la punta de los dedos, como si fueran una bolsa de excremento”, graficó indignado uno de éstos a La Cadena.

SIN PROBLEMAS
Una visita a los principales salones de Tango Nuevo -en Cátulo y en Villa Malcolm- permitió a este corresponsal comprobar que allí se mueven con comodidad bailarines que generalmente son rechazados o tienen problemas en las milongas, como un alemán con quien las mujeres no quieren bailar porque dicen que no sabe guiar y sólo las sacude con los brazos, o un joven argentino a quien en medio de un tango un hombre le sugirió que si era principiante fuera a practicar al centro de la pista, y un norteamericano que hasta fue desafiado a pelear en la milonga de la avenida Independencia, tras embestir varias veces con sus largos pasos a un joven milonguero, quien lo consideró una provocación y se enfureció. Nadie entendió que no era gente que no sabía bailar, sino bailarines de Tango Nuevo.
Para Alicia, quien recorrió Europa a principios de esta década, el Tango Nuevo no es nuevo, salvo por su nombre. “Hace unos ocho años, en las milongas europeas ya se bailaba así, porque veían cómo se bailaba en los shows de argentinos en sus escenarios e intentaban imitarlos. Ahora, algunos descubrieron que es buen negocio enseñarles a bailar como ellos ya bailaban, especialmente a los que tienen dificultad para aprender el tango argentino, y les dan clases y lugares para que practiquen y vuelvan contentos de haber aprendido tango en Argentina”, comentó sonriente.
El “Gordo” Carlos, joven organizador de una milonga y amante del tango original, señaló a La Cadena que “lo bueno de esto es que suma gente al tango, en especial chicos, que lo ven como algo fácil y que requiere sólo destreza física”. Sobre las diferencias con el baile tradicional, encogiéndose de hombros aseguró: “No hay problema, ya están adentro; cuando maduren y no sean tan ágiles y la vida les haya dado un par de golpes, van a empezar a bailar con sentimiento. El tango siempre te espera”.-

Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicada por la revista "La Cadena", de Holanda, especializada en Tango bailado.

(*) Aparentemente tenían razón "los escépticos" que se menciona en el texto. Esta nota fue publicada hace unos tres años, durante el auge del Tango Nuevo, y desde entonces hasta ahora, 2011, el entusiasmo ha declinado y todo indica que se trató de una moda que pronto quedará en el olvido o con pocos seguidores y, en el peor de los casos, será reemplazada por otra.

domingo, 17 de abril de 2011

EL BOSQUE PETRIFICADO MAS GRANDE DEL MUNDO ESTÁ EN CHUBUT


 El sur de la provincia de Chubut fue alguna vez fondo marino, luego una selva con lagos y pantanos en un clima subtropical y finalmente un desierto de rocas áridas, en el que como testimonio de ese pasado de decenas de millones de años hoy queda el bosque petrificado más grande del mundo.



 En la soledad de la meseta del sur de Chubut, a unos 150 kilómetros al oeste de Comodoro Rivadavia, la ruta provincial 26 hace una curva cerrada tras la cual surge a la vista el verde valle del río Senguer, regado por una red de canales originados en este curso de agua, en el que dos grandes lagos flanquean una de las ciudades más antiguas de la Patagonia: Sarmiento. A 30 kilómetros de allí, en un ambiente agreste, seco y pedregoso, se encuentra el mayor bosque petrificado del mundo.
La ruta corre lejos del lago Colhué Huapi y antes de bordear el Musters pasa por el acceso a Colonia Sarmiento, tal el nombre con que fue fundada en 1897 esta comuna de unos diez mil habitantes. En su valle se cultivan hortalizas y frutas, se cría ganado ovino y bovino y constituye un oasis para quien haya soportado durante horas el intenso viento seco del desértico Corredor Central de la Patagonia, especialmente si viaja sobre dos ruedas, como fue en este caso. Pero si la meta es el Bosque Petrificado José Ormaechea se debe continuar de la entrada un centenar de metros y girar a la izquierda, hacia el sur, y rodar otros 30 kilómetros por un camino de ripio.
Al alejarse del valle, el verde desaparece y nuevamente el terreno se torna rocoso, con tonos grises y amarillentos, y la escasa vegetación la conforman arbustos retorcidos y matas bajas, espinosas y polvorientas. El canto rodado obliga a bajar la velocidad para no derrapar o caer en las curvas, donde el viento acumula sobre el suelo duro varios centímetros de piedras ovales y suaves que desestabilizan cualquier vehículo.
Pronto aparecen las típicas mesetas escalonadas y sierras aisladas de la Patagonia, precedidas por un conjunto de leves lomas de estratos rojizos y ocres, con finas franjas blancas, que contrastan con el cielo azul impecable del mediodía. Cada capa fue conformada en un período geológico de duración inconcebible para los tiempos humanos, por lo que se podría decir -parafraseando a Napoleón ante las pirámides egipcias- que desde esos estratos, unos cien millones de años nos contemplan.
Al final del camino, aparece el valle que una vez fue fondo marino, donde al retirarse el océano quedaron lagos y pantanos en un clima subtropical, que albergaron una fauna variada -probada por los muchos hallazgos paleontológicos de la zona- y una selva con coníferas y palmeras que llegaban a los cien metros de altura. Al surgir la cordillera de los Andes en la Era Paleozoica o Terciaria, hace unos 70 millones de años, los vientos del Pacífico perdieron su humedad al oeste de las montañas y azotaron áridos y furiosos la región, lo que sumado a erupciones volcánicas acabó con ese vergel.

ARBOLES DE PIEDRA
En la entrada de la reserva natural se encuentra la casilla de los guardaparques, donde hay que estacionar e iniciar el recorrido a pie con un guía, que puede ser de la municipalidad o particular contratado en la ciudad. El bosque petrificado Ormaechea no es -aunque su nombre lo sugiera- un bosque, es decir un conjunto de árboles de piedra, como esculturas enhiestas, sino sus restos tras un proceso de fosilización.
El circuito turístico, de unos dos kilómetros con media docena de miradores, algunos de los cuales permiten observar en toda su amplitud el Valle Lunar, cuenta con unos carteles con referencias para autoguía. Sin prisa, se puede completar el recorrido en algo más de dos horas.
Pero el bosque es mucho más grande: Tiene unos 80 kilómetros de norte a sur por cuatro de ancho, y alberga decenas de miles de troncos, ramas, astillas, frutos y semillas fosilizados. Los millares de gruesos troncos, de tonos marrones, rojos y amarillos, descansan junto al sendero o dispersos por el valle, salvo algunos que por su tamaño o forma especial fueron colocados en puntos claves para una mejor observación.
El perfecto estado de conservación engaña la vista, ya que parecen rollizos o leños cortados y secados recientemente, en algunos casos con su corteza y ramas diminutas, pero basta tocarlos para sentir la frialdad mineral o golpearlos suavemente con una astilla para oír el sonido seco del choque entre dos piedras. En algunos troncos cortados transversalmente se ven con claridad los anillos de su crecimiento, mientras en otros la erosión horadó ventanas de variado tamaño o huecos longitudinales que los asemejan a rústicos tubos.
El fuerte viento patagónico puede convertir en pocos minutos una tarde de sol radiante en una opaca y encapotada, o llenarla de rápidas nubes que se deslizan sobre las formas del valle en un verdadero juego de sombras que magnifica la belleza del lugar.

IMPACTO AMBIENTAL
Los senderos turísticos están delimitados con pequeñas piedras o restos de los mismos fósiles y carteles, y los guías destacan que es importante no salirse de ellos aunque el terreno parezca de arena firme, porque es peligroso. No para la gente, sino para el ambiente, porque esos arenales pueden estar llenos de semillas, hojas y diminutas astillas fosilizadas, que se romperían o se perderían en los calzados de los desaprensivos visitantes. Como en el cuento de Ray Bradburry en que un hombre pisó una mariposa en el pasado y puso en riesgo el mundo presente, acá muchas pisadas en el suelo presente pueden destruir una parte importante del pasado millonario de la Patagonia.
Sin embargo, la mayor depredación sucedió en la década del 60, con el auge petrolero en Chubut, cuando los empresarios del sector descubrieron el lugar y los camiones salían cargados con grandes fósiles que iban hacia el exterior, ante la vista impotente de los lugareños. Para evitarlo, en 1970 el valle fue declarado Reserva Natural Provincial.
Pero parte del daño también es responsabilidad de los mismos patagónicos, ya que en los poblados cercanos y aun en Sarmiento, hace pocos años numerosos vecinos ostentaban en sus jardines y frentes algún trozo de madera petrificada, que ahora muchos trasladaron al patio trasero o a algún sitio oculto, y quizás unos pocos los devolvieron a donde deben estar, porque gracias a una importante campaña municipal de concientización la depredación no sólo es ilegal sino también algo vergonzoso.
En los últimos tiempos, Sarmiento incorporó un equipo de guardaparques y guías oficiales, lo que hizo disminuir en gran medida la “depredación hormiga” que practicaban muchos de sus cerca de 10 mil turistas anuales, a veces con un guiño cómplice del guía, que falto de conciencia ambiental sólo pensaba en la propina que recibiría.
También la naturaleza impacta a su manera esta reserva, ya que en invierno la escasa humedad se condensa en las grietas de las maderas petrificas, donde se transforma en hielo y a veces éstas estallan por la presión, por lo que cada año algunos troncos son convertidos en astillas.
El polvo que el viento levanta de este desolado valle se expande imperceptible por la región y genera unos hermosos crepúsculos rojo sangre, más bellos aún si se reflejan en sus lagos, donde bandadas de aves zancudas se elevan contra el sol en el momento exacto para la postal.-



Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la Revista Rumbos y, en menor tamaño, en la Agencia de Noticias Télam

sábado, 9 de abril de 2011

LIHUÉ CALEL ES UN OASIS EN EL DESIERTO DE LA PAMPA SECA

 Unas elevaciones azuladas, como una pincelada apenas más oscura que el cielo, se destacan en el lejano horizonte de la pampa seca, cubierta de bajos pajonales hasta el fin del mundo visual. Tras un largo viaje por la ruta solitaria pueden parecer otro espejismo de los que la mitología urbana adjudica a todos los desiertos, pero son reales: las sierras de Lihué Calel.




En el centro sur de La Pampa, una de las zonas más yermas del país, estas serranías lindantes con un salitral mantienen un microclima especial, una bocanada de humedad con una biósfera tan compleja como sensible que motivó la creación del Parque Nacional Lihué Calel para protegerla. Con pequeños bosques y dos arroyos que no siempre tienen agua, sus 20 mil hectáreas son hábitat de una variedad faunística insólita para la región: 173 tipos de aves, 42 de mamíferos, 25 de reptiles y cuatro de anfibios, además del 50 por ciento de las 850 especies que componen la flora de la provincia.
También hay restos arqueológicos de los primeros habitantes de esas tierras, como enterratorios y pinturas rupestres, y los que quedaron de la historia posterior, que incluye la dinastía de los Curá, las rastrilladas indígenas, la Campaña al Desierto y la estancia Santa María, expropiada en 1964 por la provincia y luego traspasada a Parques Nacionales.
Las sierras no son un espejismo, pero su imagen no está exenta de las ilusiones ópticas con que juegan todos los desiertos, porque no son tan altas como parecen desde la ruta al contrastar con la hasta entonces infinita llanura, ya que la más elevada no llega a los 600 metros. Luego, de cerca, se comprobará que tampoco son azules.

LA RUTA DE LA MUERTE
En un recorrido que para el centralismo capitalino podría ser un “viaje al revés”, esta aproximación a Lihué Calel no es la típica desde Buenos Aires, con parada en Santa Rosa -como sugiere la mayoría de las guías- sino desde el sur, entrando desde Río Negro y rodando los últimos 120 kilómetros hacia el este por una recta interminable de la ruta nacional 152.
Durante horas, el camino es una línea gris que avanza por suaves lomas entre dos llanuras simétricas de matorrales opacos, a veces cubierta por espesas nubes de polvo amarillento generadas por lo que queda del viento patagónico, que aún en esas latitudes se hace sentir con fuerza con el gentilicio de El Pampero. A la 152 todavía la llaman “la ruta de la muerte” -como a otras en varias provincias- debido a su historia de accidentes fatales  causados por la monotonía y soledad del trayecto, que derivan en sueño o entumecimiento de reflejos en los conductores, aunque también por el viento.
Tras esa recta aparece Puelches, que a pesar de su aspecto de pueblo fantasma es una parada obligada debido a su estación de servicio y su cafetería, que garantizan la continuidad del viaje hasta una próxima urbe. Los siguientes 35 kilómetros pasan rápido y luego de una seguidilla de curvas y contracurvas aparece a la izquierda una construcción semejante a una tranquera, que es la entrada al parque, al que varias cartografías y la Dirección Nacional de Vialidad Nacional se empeñan en llamar Lihuel Calel.

EL OASIS
Dentro de la reserva, un camino de ripio en suave pendiente baja hasta el pedemonte, donde junto al arroyo Namuncurá -un agonizante hilo de agua entre rocas y pastos- se encuentra el camping, con sus mesas, sanitarios y duchas, en medio de un bosque de caldenes y sombras de toro, bajo los cuales la retama y la hierba lucen un verde fresco y zumban numerosos insectos que se guarecen del calor. Sobre un promontorio cercano está la oficina de los guardaparques.
Ya en el camping las sierras pierden su tono azulado y en sus numerosas rocas de origen volcánico fragmentadas predomina el rojo oscuro, con espacios verdosos, blancos y amarillos, según los líquenes, residuos salitrosos y minerales de su superficie.
Con un poco de audacia y bastante agua de reserva, en las tardes es posible recorrer los seis kilómetros de la senda peatonal que bordea el Namuncurá, al final de la cual, siguiendo el curso del Arroyo de las Sierras hacia la izquierda, se caminará por el sendero de interpretación Valle de las Pinturas. A la derecha de éste se verán los restos del casco de la estancia Santa María.
Ese recorrido conduce a las pinturas rupestres y cuenta con carteles indicadores y explicativos sobre estas obras, que están al final de sus 600 metros, bajo un alero natural de piedra. En los petroglifos, de más de mil años de antigüedad, predominan las líneas negras sobre ocres y rojo ladrillo intenso, con figuras a veces geométricas, similares a guardas, y círculos concéntricos. 
El ascenso al cerro De la Sociedad Científica es uno de los paseos más interesantes y culmina en el mirador natural de la cima, a 590 metros de altitud, desde donde se domina con la vista todo el parque y sus alrededores. El cielo está siempre dominado por los rapaces de la región, como águilas, jotes, caranchos y halcones, que sobrevuelan en círculos en busca de alimento o simplemente flotan aprovechando las corrientes de aire cálido.
Si bien la subida demanda una caminata de mediana dificultad de unos mil metros de extensión total, es recomendable hacerlo muy temprano, porque en las horas más tórridas el visitante corre riesgo de una insolación o deshidratación, ya que difícilmente pueda portar toda el agua necesaria.
Otra opción es el recorrido circular del Valle de los Angelitos, que parte de las oficinas de los guardaparques, en el cual se pueden avistar desde muy cerca, bajo caldenes y sombras de toros, familias de guanacos, jabalíes y hasta algún ciervo colorado descansando en la quietud de la siesta, semioculto entre espinales y alpatacos. Como todos los recorridos, se puede realizar a pie, pero sus aproximadamente 15 kilómetros hacen aconsejable utilizar algún vehículo
El parque alberga otras especies que sólo se pueden ver con más paciencia o suerte, entre ellos el zorro gris, el ñandú, la mara y la iguana colorada. Otras, nunca se acercan a la zona de uso público, en especial felinos, como el puma, el gato del pajonal y el gato moro, aunque su presencia está comprobada dentro de las 20 mil hectáreas de la reserva, que con la  anexión del vecino Salitral de Levalle  serán más de 32 mil. 
A diferencia de otros parques nacionales, nadie va a Lihué Calel de vacaciones. La mayoría de las visitas son gente de paso, que ha aumentado desde que la ruta fue arreglada y muchos la utilizan para ir a San Carlos de Bariloche, o quienes lo hacen por un motivo puntual, como los fanáticos de la observación de fauna y estudiosos de la biodiversidad.
También llegan contingentes de alumnos de colegios y universidades de La Pampa, en salidas de esparcimiento y contacto con la naturaleza o como parte de su formación. 
Como el acceso y uso del camping son gratuitos, a veces paran viajeros a quienes la noche los alcanza en la Ruta de la Muerte y, aunque ahora está asfaltada, bien señalizada y más concurrida, el mote no deja de inquietarlos y prefieren no conducir y pernoctar en ese pequeño oasis.



Por Gustavo Espeche Ortiz
Publicado en la revista Rumbos y en la Agencia Télam