martes, 20 de abril de 2010

METAMORFOSIS EN LA MILONGA


Hay quienes aseguran que el tango iguala a la gente, porque en la pista desaparecen las diferencias sociales, económicas o intelectuales de la vida cotidiana. Es cierto, pero a algunos el tango sólo los transforma y en la milonga ostentan valores distintos a los que poseen en el mundo exterior.

El hombre entró a la milonga con expresión temerosa y desde sus gruesos anteojos miraba en derredor con rápidos y cortos movimientos de cabeza, como descubriendo un ambiente desconocido. De estatura media y unos kilos de más, era uno “del montón”, quizás empleado bancario o burócrata de ministerio; pero ojo: calzaba unos cuidados zapatos bicolor de tanguero.
Pasaron varias tandas y no bailó, hasta que sonaron los dos Angeles (D’Agostino y Vargas); entonces se quitó los anteojos, se levantó y cabeceó a una mujer. No era una joven de las más bonitas y apetecibles, sino una milonguera adulta, quizás la que mejor bailaba esa noche. Entonces, el tímido burócrata se transformó en un milonguero de postura firme y mirada segura, con un gesto desafiante que parecía decir “acá estoy yo”; Clark Kent porteño que dejó su traje gris y sus gafas y volaba glorioso con su capa roja. Sus pasos coincidían con cada compás, como si la orquesta respetara el movimiento de sus pies, y ella (la veterana) se apilaba segura, cerrando los ojos, sobre el pecho confiable que la guiaba marcándole ochos, giros y ganchos y la hacía pisar en el lugar exacto para ni siquiera rozar a otras parejas, en una pista difícil.
Quizás era un oficinista, con un jefe autoritario que lo hostigaba y bellas secretarias que lo ignoraban o despreciaban, pero en la milonga le bastó una tanda para ganarse el respeto de los hombres y la ansiosa mirada de las mujeres que deseaban que las bailara.
Hay quienes durante el día llevan una vida miserable, con problemas económicos, laborales, familiares o de vivienda, y descubren que todo eso se queda en la puerta de la milonga y, si son buenos en la pista, allí pueden convertirse en alguien “importante”. Por ello, muchos hacen del tango su vida, como un Mr. Hyde que quiere que nunca amanezca para no volver a ser el doctor Jekyll.
Si uno espía la intimidad de quienes cada noche van a una o dos milongas -salvo los bailarines profesionales- puede encontrar historias tristes o dramáticas, que podrían ser trágicas si el tango no les diera esa vía de escape de la realidad.
Algunos profesores alientan ese cambio. Raúl Cabral decía en una clase que “si un hombre llega a la milonga agobiado por problemas, con los hombros caídos y la mirada cansada, ninguna mujer siquiera lo mirará; por eso el tanguero, unos metros antes de entrar a la milonga, automáticamente toma aire, saca pecho, levanta la cabeza y entra imponente y pisando firme, hecho un ganador”.
La maestra Graciela González explica a sus alumnas que la dama debe ser “una leona, dominante y soberbia”, cuya mirada no debe suplicar al hombre que la invite a bailar, sino que, como una orden, debe generar el deseo de abrazarla que desemboque en el cabeceo. Por algo a la Negra la llaman "La Leona del Tango".
Esos cambios son posibles en la milonga debido a su origen y ambiente casi clandestino, reservado-, donde no se hacen preguntas personales, como apellido, estado civil o domicilio. Y quien pregunte, no investigará la veracidad de las respuestas, por lo que cualquiera puede inventarse una vida ideal.
Quienes más lo hacen son los hombres, quizás porque en promedio tienen -en la milonga- un nivel socio intelectual, y a veces económico, inferior al de las mujeres, cuya mayoría es de clase media, profesional o autónoma. El machismo los hace mentir para no sentirse inferiores a ellas.
ALGUNOS CASOS
Fabián no terminó el secundario y a los 25 años trabaja en un lavadero de automóviles. Un día, cuando una clienta bajó del coche para que lo limpiara comprobó que era una médica, algo mayor que él, a la que siempre sacaba a bailar en La Viruta y con quien sólo conversaba en los entretangos, sin hablar nunca de su trabajo. “Por suerte no me vio -contó aliviado-; me hubiera dado vergüenza y no sé si me hubiera animado a invitarla a bailar de nuevo, o si hubiera vuelto a La Viruta”·
Algo similar le ocurrió a una profesora de tango -de segundo nivel- cuyos ingresos reales obtenía como empleada doméstica por hora, aunque en la milonga siempre vestía a la última moda. Era su secreto, hasta que un día la llamaron para hacer la limpieza de una casa, que resultó ser de una de sus alumnas. La historia la relató la alumna -sin hacer nombres-, quien ante el ataque de vergüenza y llanto de su maestra le prometió que guardaría por siempre el secreto, ya que ésta parecía dispuesta a abandonar el tango.
Ivanna es psicóloga y contó que varias veces fue a desayunar tras la milonga con Francisco -conocido como “Charles Aznavour”, por su parecido con el cantante-, quien vestía siempre de elegante sport y le había dicho que vivía en un “loft”.
Una mañana ella aceptó conocer el loft, con la íntima intención de quedarse con él. Tomaron un taxi y le extrañó cuando se detuvo frente a un taller mecánico en un barrio humilde. Francisco abrió una estrecha puerta metálica y entraron al taller, donde vio a dos mecánicos durmiendo en sendos automóviles en reparación; la hizo subir por una escalera caracol de hierro a un pequeño cuarto, donde lo esperaba su perro. Minutos después, antes que comenzara la actividad laboral abajo, Ivanna tomó otro taxi a su casa.
“No me decepcionó que fuera un hombre humilde de un humilde barrio del sur, sino que tantos meses aparentara tener una vida acomodada, como debe fingir desde hace años en las milongas”, lamentó ella, y aclaró: “Si me hubiera dicho la verdad, yo le hubiera propuesto ir a mi casa, en Palermo, que es más grande y confortable; pero parece que hasta él terminó creyendo su propia mentira y suponía que ahí estaríamos cómodos y en intimidad”.
Un maestro famoso que exhibe su estilo en giras por Europa, durante muchos años no pudo salir de Argentina porque no le otorgaban pasaporte debido a su prontuario -estuvo en prisión- hasta que gracias a un colega con contactos en el Ministerio del Interior obtuvo el documento. Durante los años de pobreza no podía pagar sus tragos y llevaba a las milongas una botella de agua mineral vacía que llenaba en el baño y mantenía sobre la mesa toda la noche. Caminaba decenas de cuadras hasta las milongas porque no tenía ni para el colectivo y quizás no compraba comida en su casa, pero siempre lució trajes costosos y finas corbatas, zapatos nuevos, peinado de peluquería y uñas tratadas por manicura.
Karina se destaca en las milongas por sus largas piernas -que luce mediante brevísimas minifaldas- amplios escotes que dejan al aire llamativos espacios de piel y prendas ajustadas que dibujan su generoso y erguido busto. Este cronista la encontró un mediodía y casi no la reconoció: Iba dentro de una gran camisola que caía floja sobre unos anchos pantalones oscuros, el cabello desordenado y zapatos bajos. Ni una curva, alguna prominencia o un pedacito de piel que recordara a la despampanante milonguera.
Ella confesó que ése era su vestir habitual. Que vive sola y su familia y amigos del día ignoran que tiene las prendas que viste para el tango. “Me daría vergüenza usar esa ropa fuera de la milonga, además mi familia es judía bastante ortodoxa y se escandalizaría -explicó-, pero en la milonga me siento cómoda y me gusta mostrarme bien femenina; si no, me sentiría un paso detrás de las otras, como me sentía antes de ‘hacerme las tetas’”. Doble confesión, claro que con la condición de no ser identificada.
Esta metamorfosis en la milonga puede ser espontánea y, por lo tanto, inofensiva, o intencional, basada en la vergüenza y el engaño, y hasta convertirse en mitomanía. Algunos lo saben y otros no, pero casi nadie está libre de este fenómeno, que se suma a las tantas aristas mágicas del tango.-
Por Gustavo Espeche Ortiz
(Publicado en la revista "La Cadena", de Holanda, especializada en Tango)

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