viernes, 9 de abril de 2010

LA CUMBRECITA (Córdoba)



*El primer pueblo peatonal de Argentina*
El camino de tierra, marrón y polvoriento, aunque firme como para sostener la moto en marcha, parte hacia el oeste desde Villa General Belgrano y sube a más de 1.500 metros sobre el nivel del mar entre los pastizales agrestes de las Sierras Grandes del sur de Córdoba. Luego desciende un centenar de metros en suaves zigzags en los últimos cinco kilómetros que lo separan del río Del Medio, que atraviesa la pequeña aldea. Allí, el puente está bloqueado por un caballete con un cartel en la entrada del pueblo. El viajero desprevenido puede pensar que se trata de un piquete, aún en esa apacible y aislada comuna, pero el letrero dice “Peatonal”, porque es la entrada a La Cumbrecita, donde desde hace siete años no se puede ingresar en vehículo a motor.
Al llegar a ese punto de depresión entre los cerros se percibe en el aire un dejo de humedad, el paisaje ha cambiado y las laderas escarpadas están cubiertas por una variada vegetación de diversa altura, que para el otoño presenta un prisma que varía del verde musgo al ocre, pasando por tonalidades amarillas, rojizas y marrones -según las especies- con el fondo de grandes rocas grises, lilas y blanquecinas, y el río siempre azul, como el cielo que en él se refleja, con sus numerosas cascadas espumosas y varios arroyos.
La Cumbrecita es un típico pueblo tirolés, nacido de la mano de inmigrantes alemanes, y en 2003 se constituyó en la primera comuna peatonal del país. Para entrar hay que dejar el vehículo en una playa junto al puente, salvo los que van a algún hospedaje, a quienes se les permite pasar por un vado de cemento, pero sólo hasta el garaje de su hotel, de donde no pueden mover el automotor hasta abandonar la comarca. El pueblo está el final del camino sin nombre ni número que sale de Villa General Belgrano, a unos40 kilómetros, por lo que no vale la excusa –para entrar con vehículo- de tener que seguir hacia otro destino, ya que la calle principal que nace del puente cruza el vecindario y se desintegra después de unas diez cuadras en arterias menores que se bifurcan o convierten en senderos entre los cerros. Al recorrer esos caminos se encuentran opciones para todos los gustos: lugares históricos, como el hotel La Cumbrecita, que fue el primer edificio del pueblo, construido en 1935, o la iglesia, un típico templo de las aldeas bávaras; circuitos para cabalgatas, ciclismo de montaña y senderismo de diversa dificultad, que conducen a cascadas, arroyos, bosques y fuentes, y por ellos también se pueden subir cerros, como el Wank, con su monolito de piedra en la cima. Los más expertos pueden hacer rappel o escalada en varias paredes rocosas.
Quienes buscan relax tienen la opción de la pesca, que es “diferenciada” y obliga a devolver las piezas al agua, o pueden simplemente sentarse sobre una roca a contemplar el paisaje o descubrir que la superficie planchada de sus cursos de agua también se mueve, y es placentero tirarse sobre el pasto a contemplar ese lento paso.
Aunque en temporada baja hay pocos turistas y resulta ideal para aliviar el estrés o ir de Luna de Miel, los lugareños cuentan que en verano llegan hasta 30.000 visitantes por fin de semana, la mayoría sólo a pasar el día, ya que la capacidad hotelera de La Cumbrecita es de poco más de medio millar de camas.
Ése fue uno de los motivos que llevaron a las autoridades a vedar el acceso de vehículos, ya que generaban gran polución ambiental y sonora en sus estrechas y sinuosas calles y además impedían el movimiento de ambulancias o bomberos en casos de emergencias, en una zona de alto riesgo de incendio forestal. Ahora sólo circulan, en horarios restringidos, los vehículos de servicios públicos, de proveedores y de habitantes del pueblo.
Dentro de la villa, el lugar común de los turistas es un recorrido por la avenida Helmut Cabjolsky -el pionero, que llegó en 1934- y visitas a las típicas casas de té y masas estilo alemán; a los negocios naturistas, de los que emanan los aromas de los yuyos serranos, o a locales con recuerdos del lugar. Pese estos variados servicios y posibilidades a la vista, en el pueblo todos aseguran que nunca se propusieron crear un centro de turismo.
Después de varios días, hasta el más citadino se acostumbra sin nostalgia –aunque vale admitir que la experiencia duró menos de una semana- a caminar por la aldea y sus alrededores, intercambiar saludos con vecinos como si uno también fuera un lugareño y oír en el exterior sólo los sonidos de la naturaleza, originados tanto por animales, como por las aguas, las plantas o el viento.
Al momento de partir y retirar la moto de su letargo en el garaje, también uno se sobresalta con el primer rugido del escape y siente un poco de vergüenza cuando todos los transeúntes se dan vuelta a mirarlo.-
ageo
Por Gustavo Espeche Ortiz

(Publicado en el Suplemento Internacional de Turismo del diario La Razón - Argentina)

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